Enfoque

Plaza López, un símbolo que perdura

Los lugares que sostienen el alma de las ciudades deben ser valorados y cuidados. De lo contrario, se pierde la identidad urbana. Un texto que rescata la ternura

Martes 23 de Febrero de 2021

1981. Yo tengo solo diecisiete años, pero a la chica que me gusta le miento y le digo que tengo diecinueve (el problema se produce cuando hay que entrar al cine y en la boletería te piden el documento). Ella es mayor que yo, tiene veintiuno, ojos de un azul profundo y una sonrisa que aún recuerdo. Estudiamos juntos y como fondo suena “Menta y limón”, de Roque Narvaja. Fumamos, conversamos, caminamos. Y así, como quien no quiere la cosa, una tarde de otoño llegamos, despacito, hasta la plaza López. Allí nos quedamos. Se convertirá en nuestro refugio, en nuestro puerto.

2021. Han pasado cuatro décadas de aquellas caminatas y me bajo del 143-136-137 (uff, se hace largo) con mi hija de cinco años en la esquina de Buenos Aires y Pellegrini. Tras el obligatorio paso por una heladería, y haberle limpiado concienzudamente las huellas de chocolate de la cara, es ella la que me pide volver sobre nuestros pasos e ir hacia la plaza colmada de árboles. Entra corriendo, mira con curiosidad la fuente clausurada y no demora en detenerse frente a la calesita. Se sube primero a un cisne, aunque de inmediato opta por un caballito. Vuelta tras vuelta estira el brazo para golpear mi mano derecha con la suya y se ríe. Después vendrán las hamacas y nuestro juego de siempre: “como un colibrí”; “como un jilguero”; “como un cardenal”; “como un halcón”; “como un cóndor”, grito mientras la empujo para que con las puntas de los pies imagine rozar la copa de la araucaria, acariciar la luna, tocar el cielo. Los mosquitos me torturan y un colega padre me alcanza, solidario, un frasco de repelente.

Las ciudades no son meras acumulaciones de edificios: tienen alma. El alma de las ciudades vive en su paisaje. Pero en estos tiempos de cambio vertiginoso, donde nada permanece, ya casi no quedan sitios que hayamos recorrido en la infancia, adolescencia o juventud. Los bares, los cines, las librerías de ayer se han ido, y se siguen yendo. Y lo que llega, como llega se va: lo efímero gobierna, lo fugaz es norma (así ocurre, también, en las relaciones humanas: se consumen con la tenue velocidad de un fósforo). La pandemia, madre de una crisis feroz, parece haber acelerado el ritmo de la extinción. ¿Dónde está la ciudad que fue? ¿O ya no está?

No intenta este texto convertirse en un himno a la nostalgia, sino advertir sobre la pérdida de identidad que trae aparejado cada zarpazo de destrucción sobre los ámbitos urbanos emblemáticos. Plaza López, ese oasis de verdor entre el bullicio comercial de Pellegrini, aunque averiada continúa en pie y permite, como hacen los lugares amados, unir generaciones en su duración luminosa. Acaso mi pequeña hija vuelva a ella algún día y recuerde los lejanos paseos con su padre, y hasta lleve allí, quién sabe, a sus propios hijos. En esa perdurabilidad se atan los nudos del sentido. Las ciudades se pueden compartir cuando se cuidan a sí mismas y, a la vez, se reinventan. De lo contrario corren el riesgo de convertirse en desiertos gobernados por el dinero, que –como bien sabemos– es indiferente a la vida.

Sin que nos diéramos cuenta, ya ha anochecido. La nena que recién giró con la calesita y voló feliz a bordo de una hamaca juega ahora con otros chicos a la popa. Sobre plaza López brillan las estrellas. La ciudad no se rinde, pese a los malos tiempos. Tampoco el amor.

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