En nuestra convulsionada sociedad son numerosos los hechos lamentables que podrían evitarse, de estar presentes los procederes imprescindibles ejecutados por quienes tienen la obligación indelegable de hacerlo. Por ejemplo, muchos actos de agresión, robos, asaltos y asesinatos cometidos por menores no sucederían si ellos tuvieran la firme dirección tutelar de la familia; y no estoy haciendo referencia sólo a la de condición marginal. También disminuirían los accidentes laborales si se tomaran las precauciones indicadas y los controles necesarios. En otro orden, son recurrentes los casos en que perros de los llamados de "raza peligrosa", atacan personas o a otros perros indefensos. Algunas veces, dada la envergadura de los daños, el ataque llega a los medios; pero otras (las más numerosas) queda en el cerrado ámbito de familiares, amigos y vecinos. Hace unos días en Alberdi, un simpático e inofensivo caniche fue agredido salvajemente por un ejemplar de la raza pit bull que llevado quién sabe por qué atávico instinto, apareció como un rayo y con verdadera furia casi destroza al perrito. Entre varios hombres pudieron separarlo luego de ingentes esfuerzos, no antes que la dueña de la mascota agredida sufriera algunas heridas en sus brazos. Felizmente, el caniche salvó su vida gracias a la prolongada y eficiente intervención de un médico veterinario del barrio. El pit bull había escapado al control de su amo. Este relato podría ser la crónica de una tragedia anunciada si el objetivo del enfurecido animal hubiese sido un niño. El temido rottweiler, el legendario dobermán, el famoso Dogo y hasta el popular "Ovejero alemán", suelen cada tanto ser crueles protagonistas de estremecedoras noticias. El conocido doctor Juan Enrique Romero siempre afirma que no hay razas peligrosas sino que el peligro radica en la negligencia con que algunos ejemplares son conducidos por sus amos. Esta aseveración plantea una polémica que se reedita una y otra vez; en tanto, queda claro que el eje del problema gira exclusivamente sobre el sentido común de cada dueño de un perro grande, aunque no sea de los considerados temibles. Los municipios tratan de implementar ordenanzas para prevenir el ataque de un perro supuestamente "bravo" en la calle y hasta en las viviendas. Las ordenanzas contemplan la utilización obligatoria de bozales y correas como elementos de seguridad. Son accesorios elementales, prácticos y económicos. Pero es cuestión de ponérselos a los canes, especialmente a los potencialmente peligrosos; todo radica final y excluyentemente, en la instransferible responsabilidad humana.































