Apabullado mediáticamente por la actualidad que imponen los medios, actuando a modo de cachiporra de la democracia, obviando los graves daños colaterales. En la esperanza de verlos calmados una vez conseguido el cambio de personajes políticos, elecciones mediante, único fin comercial que persiguen sin lugar a dudas, para ver terminado el actual picoteo psicológico al que somos sometidos. A la espera de ver minimizadas tantas muertes y violencia televisiva, conste que digo minimizada periodísticamente y de ninguna manera eliminada, mientras nos resignamos a seguir padeciendo tanta inconsciencia informática, y la proliferación de personajes farandulescos, e improvisados especialistas. Ejemplo de predicadores de la desvinculación moral, intentando dar clases de rectitud y justicia, incluyendo temeraria e irresponsablemente el término “pena de muerte”. Implantando el reinado de su real ganas por sobre la tumba del deber, y lo que resulta peor aún terminando asociados a la mala conciencia. Recuerdo al atribulado Hamlet diciendo: “Que mi afilado puñal oculte la herida que se va a abrir, y que el cielo espiándome a través de la abertura de las tinieblas, no pueda gritarme, basta…basta”. Hamlet, exponiendo una fina conciencia aliada con una pésima voluntad continúa: “Soy muy soberbio, ambicioso y vengativo, con más pecados sobre mi cabeza que pensamientos para concebirlos, fantasía para darle forma o tiempo para llevarlos a ejecución… ¿Por qué han de existir individuos como yo capaces de arrastrase entre los cielos y la tierra?” El juicio moral de Hamlet es correcto, pero su voluntad y su individualismo no consiguen rectificar su desubicado deseo de venganza. Allí radica el asentado sentimiento de mala conciencia, que confunde a tantos falsos jueces sociales de la actualidad. Dice Nietzsche : “En el futuro mi nombre estará ligado al recuerdo de una crisis como jamás hubo sobre la tierra, el más hondo conflicto de conciencia, a una voluntad que se proclama contraria a todo lo que hasta ahora se había creído, pedido y consagrado. No soy un hombre, soy una carga de dinamita.” Basado en una inversión de los valores, como es observable actualmente, proclama su obsesión por decretar la muerte de Dios. “Ahora es cuando la montaña del acontecer humano se agita con dolores de parto. ¡Dios ha muerto…viva el superhombre!” Luego Dostoievsky proclama su personal formula “Si Dios no existe… todo está permitido”. Finalmente contra la libertad de asesinar existe sólo un argumento de carácter religioso, ya que la imposibilidad de matar a un hombre no es física, sino una imposibilidad moral. Viendo aterrado esta propuesta de imponer al superhombre, MacIntyre denuncia claramente: “Los ácidos del individualismo han corroído nuestras estructuras morales”. A su vez Lipovetsky deduce: “Construimos una sociedad donde se desprecia la abnegación y se estimulan los deseos inmediatos, donde la obligación ha sido reemplazada por la seducción, el bienestar se ha convertido en Dios y la publicidad en su profeta”. Humildemente agrego “Se está induciendo al pueblo a una inconsciencia colectiva, causante de un daño moral que costará mucho tiempo desterrar”.


























