Cuando se habla de contaminación o política ambiental, casi nadie tiene en cuenta los millones de partículas de caucho que las cientos de miles de cubiertas producen y esparcen al aire que respiramos junto al humo de sus escapes en su cotidiano rodar por calles caminos o autopistas. En este sistema, en el que veneramos al “dios automotor”, invertimos millones de dólares en generar “armas” de destrucción masiva como son los parques automotores, capaces de producir entre 8.000 a 8.500 víctimas fatales por año y generar entre 12.000 a 15.000 lesionados en ese mismo lapso por la siniestralidad de calles, rutas y autopistas. Las bandas de rodamientos de las cubiertas, que según tipo y modelo deben tener determinada profundidad de dibujos, tienen una vida útil limitada al cabo de la que se convierten en barricadas de piquetes, reservorios de agua de lluvia e insectos y larvas o simplemente montañas de pestilentes y contaminantes montículos diseminados en toda nuestra geografía urbana y rural. Sobre este tema, la manipulación informativa hace que se minimicen los daños inferidos al conjunto de la sociedad y los pocos que defendemos sistemas de transporte terrestre de ínfimo impacto en el medio ambiente, como el ferrocarril, seamos recibidos apenas por alguna aislada FM, en un programa de los pocos que se ocupan de estos temas y que incluso nuestra propia sociedad rechaza como “aburridos”. Se han copado y deformado tantos cerebros de dirigentes, profesionales y hasta de funcionarios, que hoy plantearles soluciones de transportes prescindiendo de los automotores suena a “ladridos a la luna”, y una prueba de ello está en los folletos, estudios y programas de acciones gubernamentales del gobierno de la ciudad y la provincia en Santa Fe. En uno de ellos, denominado “transporte de cargas con destino a las terminales portuarias de la provincia de Santa Fe”, encargado por el Consejo Federal de Inversiones y con fecha junio de 2004, los “profesionales” del Instituto de Estudios de Transporte de la Facultad de Ciencias Exactas, Ingeniería y Agrimensura de la Universidad Nacional de Rosario, sugiere entre otras aberraciones, duplicar la capacidad de carga de los camiones y pasar de las 27 toneladas actuales a las 54 en supercamiones, modificando el peso por eje como forma de preservar rutas y autopistas, como si ese fuera el problema central del transporte terrestre por vía automotor. Esta propuesta, sólo cabe dentro de la lógica de los neoliberalismos impuesta en nuestros claustros académicos por la dictadura militar y el menemismo continuista, responsables de la destrucción del sistema ferroviario, con todas las secuelas que implicara para el desarrollo de nuestras economías regionales, el empobrecimiento del interior y la migración interna producida en sus poblaciones, hoy nutriendo de “cabecitas negras” los cinturones de pobreza denominados asentamientos irregulares y que conocimos como “las villas” de las últimas décadas. Ha sido tan avasallante la política de destrucción de nuestros ferrocarriles que casi toda nuestra dirigencia política partidaria ha optado por ignorar el tema y responder con el silencio a todo planteo de búsqueda de soluciones al problema del transporte, sumergido ya en una profunda crisis que incluye la representación sindical de los principales referentes del gremialismo PJ, tan pegado a las estructuras de este gobierno que ya no sabe como frenar la influencia de un Moyano o como la coloca en el debe o haber de su propio balance de gestión. Mientras esto ocurre, los medios de comunicación siguen desinformando y los dirigentes de las fuerzas “progresistas” confundidas, buscan protagonismo mediático visitando la muestra rural y admitiendo fotos que comprometen el futuro de sus estructuras partidarias a muy escasos meses del proceso de renovación de legislaturas y ejecutivos para todos los gustos. ¿Será por eso que CFK tiene tanto optimismo y se permite dar consejos?































