Tres niños resultaron gravemente heridos frente a la Escuela 1319 por un tiroteo entre dos motociclistas. No sé la edad de quienes se perseguían en moto pero me los imagino jóvenes. Jóvenes son, a veces todavía niños, los protagonistas violentos de tantas circunstancias cotidianas cada vez más frecuentes. Cuando hechos horrorosos como este trascienden, pareciera haber una sola propuesta general que se esgrime desde distintos sectores sociales: es necesaria más seguridad, es necesario más policía. Creo que la sociedad se debe una pregunta previa a cualquier aseveración de este tipo: ¿Qué políticas de Estado se están implementando para que los niños no sean los próximos jóvenes delincuentes? ¿Qué políticas de Estado se están implementando para que los jóvenes aspiren a otras sustancias de vida más saludables que la droga? ¿Con qué instituciones contamos —además de la escuela que ya no puede sola — en términos de inclusión? ¿Cuántos psicólogos, asistentes sociales, médicos, abogados, hay en los barrios a disposición de esa infancia que crece con toda orfandad? ¿Qué otras instituciones trabajan en los barrios por la inclusión? ¿Qué políticas integrales existen para fundar “civilidad”? ¿Qué mejoras en la calidad de vida de la población de los barrios están pensadas para no repetir y repetir la exclusión? Barrios en “emergencia”, días tras días sin luz, sin agua, sin transportes, sin dispensarios, conforman un inocultable y violento escenario de vida. ¿Cuántos jóvenes caben en el universo laboral planteado para las mayorías? ¿Cuántos de esas posibles ocupaciones, pueden acercar a los jóvenes a las cada vez más sofisticadas ofertas de consumo? ¿Por qué tantos jóvenes no ven otra alternativa que la droga y sus caminos de violencia (incluida la que ejercen para sí mismos)? ¿Qué resultado social cabe esperar de este contexto?
Carlos Alberto Parachú,
LE. 6.012.558



























