La ley de Salud Mental sancionada en la Argentina hace ya tres años impone un cambio de paradigma. Promueve la autonomía de personas con problemas psíquicos e impide la creación de nuevos manicomios o instituciones con características de asilo, recomendando además las interacciones por lapsos mucho más breves. Los objetivos, válidos sin lugar a dudas, chocan muchas veces con los prejuicios, los estigmas y los modos de acción instalados culturalmente que tienden a ver a los usuarios de los servicios de salud mental no como sujetos de derecho sino como personas incapaces de tomar decisiones, alejados de toda posibilidad de desear, gozar, sentir.
¿En este contexto, es posible la verdadera integración? La Capital habló con el psiquiatra Lucas Raspall, coordinador de áreas profesionales del Neuropático de Rosario (una entidad casi centenaria que asiste a personas con discapacidad mental), quien se refirió a la necesidad de que haya más información y más compromiso para lograr esos cambios, tanto a nivel de la sociedad en general como entre los familiares de la persona con problemas de salud mental, los médicos y los terapeutas.
—¿Cuál es hoy la mirada que tiene la sociedad respecto de las personas con discapacidad mental?
—En general es desde el temor, debido a un evidente desconocimiento de los padecimientos severos de salud mental. La gente se muestra mayormente tensa frente a la presencia de una persona con discapacidad, expectante sobre lo que pueda pasar, y fundamentalmente con miedo a la posibilidad de resultar agredidos. Aquí está puesto el acento en la mirada de la sociedad, pero no se puede señalar a nadie, no es una cuestión de echar culpas o mirar qué hace el otro: sin una instancia previa de educación no se puede pretender que la gente piense, sienta y actúe de otro modo.
—¿Por qué considera que está tan instalado que la persona con discapacidad es siempre aniñada, sin sexualidad e incapaz de tomar decisiones?
—En el caso de nuestros residentes, pensando mayormente en aquellos con patologías severas o en instancias de internación, sucede que el familiar confunde la necesidad de supervisión o complementación, en la que se espera un acompañamiento en determinada tarea, con la suplementación, en la que directamente se hace por el paciente. Muchas veces no se le da el tiempo necesario a la persona para hacer esa actividad o no se consideran los recursos necesarios para construir el andamio que le facilite la tarea. Entre otras consecuencias de este accionar, la sensación resultante es la de que es un niño que depende de los adultos de la familia, encontrándose en este mismo sitio la invasión a la privacidad, la incapacidad para tomar decisiones, la falta de consideración de su deseo por formar una pareja o de llevar adelante una vida sexual acorde a sus posibilidades.
—¿Qué suele suceder en una familia donde se convive con este tipo de discapacidad? ¿Predomina la negación o hay aceptación?
—A pesar de existir hoy mayor información sobre los padecimientos mentales, el mensaje suele no llegar de la manera adecuada al paciente y su familiar; por esto seguimos observando en las familias, y en la sociedad, mucho temor, vergüenza, falta de inclusión y hasta desprecio. A partir de estos sentimientos es muy difícil construir los caminos acertados para la aceptación, la inclusión y la reinserción social.
—En las instituciones, ¿las personas con discapacidad suelen tener contacto con sus familias o en general no los visitan ni contienen?
—La realidad respecto de cada persona es muy variable: existen familias muy presentes así como otras completamente ausentes. En muchos casos observamos padres sobreinvolucrados, más invasivos que presentes; en tantos otros, abandónicos, ajenos, desinteresados por lo que sucede a su ser querido. A pesar de esto vale decir que la situación viene cambiando en el último tiempo, desde la instalación de una forma de trabajo interdisciplinaria centrada en la reinserción. En estos casos, el trabajo en psicoeducación desde las distintas disciplinas convoca fuertemente a la familia en el proceso de recuperación de la persona con discapacidad mental. El saber es compartido con ellos, entendiendo el profesional que son los familiares el vehículo para potenciar el cambio. Distinta es la suerte de quienes ya llevan internados muchos años, en los que la red de sostén se ha debilitado tanto que es difícil conseguir el apoyo y seguimiento de la familia. Y aquí es necesario que los profesionales hagamos un mea culpa, no para castigarnos sino para aprender de los errores.
—¿Qué cambios considera que deben producirse para que “miremos” a la discapacidad mental desde otro lugar?
—Creo que vamos en buen camino: la clave está en la educación, en no señalar a nadie, ni a quien tiene el problema de salud mental ni al familiar; en comprender la situación que vive cada uno, validando y legitimando las experiencias de todos. La aceptación de que todos sufrimos y el desarrollo de una mirada compasiva frente a las necesidades tanto de las personas con discapacidad como de sus familiares es la llave para alcanzar todos los corazones. La discapacidad, en el fondo, no habla sino de una forma más de diversidad.
—¿Se podrá lograr la integración verdadera en algún momento? ¿De qué depende?
—Seguramente se puede; depende en una enorme medida del rol que asuma el Estado en este tema, no en el discurso o en las leyes sino en los hechos. También de la generación de consensos sociales, de la manera en que se comunica todo lo relativo a la discapacidad, del cambio de visión de los que trabajamos en salud. En definitiva, depende de cada uno de nosotros, de todos.