La muerte no es un tema de sobremesa. Incluso suele resultar antipático que alguien quiera hablar de esto.
Cuando los niños preguntan sobre el final de la vida, los adultos ponen excusas y recurren a pensamientos mágicos para evitar el diálogo. Son pautas culturales, difíciles de modificar. La próxima sanción de la ley de muerte digna expone la problemática. La Capital preguntó a los rosarinos qué piensan al respecto. La mayoría de los consultados admitió que no se habían puesto a pensar en ello.
María Victoria, 41 años, maestra jardinera y madre de dos nenas, dijo que “dejaría por escrito que no insistan con procedimientos extremos si no tengo chances de seguir viviendo” y agregó: “Me aterra pensar en un sufrimiento prolongado, no tanto por mí sino por mi familia. Ahora, si debo determinar sobre cómo es el final de la vida de otros, no sé si me atrevería a tomar una decisión. Es un tema muy delicado y sensible ...”
Juan M., médico, 50 años, expresó que está de acuerdo con la ley y que dejaría por escrito su voluntad de no ser sometido a terapias extremas, y planteó que “el verdadero dilema es en qué momento tenemos la certeza de que no hay más oportunidades”.
El profesional destacó que “si bien tenemos diagnósticos cada vez más exactos suele haber muchas opiniones involucradas sobre todo en los primeros momentos de esa etapa final”. También señaló que “soy totalmente enemigo del ensañamiento terapéutico y siempre trato de que no se prolonguen agonías con medidas de sostén injustificadas. Para mí y para los míos pediría lo mismo”.

































