Miradas

Las manos de Víctor Jara

"Dicen que anteanoche, por las calles de Santiago, andaba un hombre extraño, con una guitarra". Un homenaje al gran cantautor chileno asesinado por la dictadura pinochetista

Martes 27 de Octubre de 2020

Dicen que anteanoche, por las calles de Santiago, andaba un hombre extraño, con una guitarra. Iba callado —cuentan aquellos que lo vieron—, con una sonrisa que no abandonaba sus labios. Algunos creyeron reconocerlo. Pero cuando intentaban alcanzarlo, ya se había perdido entre la multitud.

Algo terminó en Chile el último domingo. Y algo, también, nació. Por un contundente porcentaje cercano al ochenta por ciento de los votos, la ciudadanía decidió poner fin a la Carta Magna de 1980, elaborada por la sangrienta dictadura militar que lideró Augusto Pinochet. Eufórico, y pese a la amenaza del coronavirus, el pueblo se adueñó de las calles.

“Víctor Lidio Jara Martínez (1932-1973), conocido como Víctor Jara, fue un músico, cantautor, profesor, escritor y director de teatro chileno.

“La figura de Víctor Jara es un referente internacional de la canción de protesta, aunque él nunca se sintió del todo identificado con esa definición. Fue uno de los más emblemáticos del movimiento músico-social llamado Nueva Canción Chilena, y uno de los pilares en la música latinoamericana.

“Tras el golpe de Estado que derrocó al gobierno de Salvador Allende el 11 de septiembre 1973, Jara fue detenido por las Fuerzas Armadas de la dictadura militar recién establecida, debido a su militancia en el Partido Comunista. Fue torturado y asesinado en el antiguo Estadio Chile, que con el retorno de la democracia fue renombrado Estadio Víctor Jara”. (Extraído de Wikipedia).

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“Lo golpeaba, lo golpeaba. Una y otra vez. En el cuerpo, en la cabeza, descargando con furia las patadas. Casi le estalla un ojo. Nunca olvidaré el ruido de esa bota en las costillas. Víctor sonreía. Él siempre sonreía, tenía un rostro sonriente, y eso descomponía más al facho. De repente, el oficial desenfundó la pistola. Pensé que lo iba a matar, pero siguió golpeándolo con el cañón del arma. Le rompió la cabeza y el rostro de Víctor quedó cubierto por la sangre que bajaba desde su frente”, recordó Boris Navia, testigo en el juicio contra los asesinos del cantautor.

Sigue el relato periodístico, extraído de Telesur y El País de Madrid: “Víctor Jara había sido llevado por última vez a una de las habitaciones de los camarines del estadio. Allí le quebraron las manos a pisotones y culatazos, lo obligaron a intentar tocar una guitarra, se burlaron de él, lo abofetearon, lo torturaron.

“«¡Cantante marxista, comunista conchadetumadre, cantor de mierda!». Quien más lo insultó fue el teniente Edwin Dimter Bianchi, conocido como «Príncipe». Los militares comenzaron a jugar a la ruleta rusa, poniéndole un arma en la sien y dejando cada intento a la suerte, hasta que una de las balas se descargó y mató a Jara.

“El soldado José Paredes Márquez testificó que el cuerpo cayó de costado y con convulsiones. El «Príncipe» ordenó entonces que lo acribillaran. Y le clavaron otros cuarenta y tres tiros”.

Te recuerdo, Amanda, de Víctor Jara, es una de las más hermosas canciones de amor compuestas en el siglo veinte. La letra comienza así: “Te recuerdo Amanda,/ la calle mojada,/ corriendo a la fábrica/ donde trabajaba Manuel.// La sonrisa ancha,/ la lluvia en el pelo,/ no importaba nada,/ ibas a encontrarte con él./ Con él, con él, con él, con él.// Son cinco minutos./ La vida es eterna./ En cinco minutos.// Suena la sirena. / De vuelta al trabajo./ Y tú caminando/ lo iluminas todo./ Los cinco minutos/ te hacen florecer”.

Te Recuerdo Amanda

El poeta, para variar, ha bebido bastante. Se ha perdido, feliz, entre la gente, se ha abrazado con un montón de conocidos y desconocidos y después, cuando todos marcharon a sus casas, se ha quedado por ahí, buscando un bar abierto. Pero no hay bares abiertos. Entonces, resignado a tan módica cuota de tristeza en la hermosa noche de Chile, se ha sentado en un umbral, cansado.

Fue entonces que lo vio. Venía caminando, pensativo, con la guitarra al hombro, por el medio de la calle. Pasó a su lado sin verlo.

—¡Víctor! —le gritó.

El cantor se dio vuelta, sonriendo. Y levantó la guitarra con las manos intactas.

Este texto está dedicado al poeta chileno Juan Carlos Villavicencio

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