Existe indudablemente una teoría alrededor de que se puede construir o analizar los hechos o fenómenos sociales desde el absurdo. En el arte existe esa corriente, su impulsor y creador fue Eugène Ionesco (rumano, creador del teatro del absurdo). Ahora bien, en nuestra contemporaneidad tenemos un personaje que aplica esa interpretación de los fenómenos desde esa postura. Así frente a una catastrófica derrota en un acto electoral (donde más del 70 por ciento del electorado le votó en contra) elaboró una teoría de que el votante no le votó en contra, sino que con su voto le transmitió el mensaje de que debe profundizar su política de favorecer el "capitalismo y la burguesía nacional de amigos" con subvenciones a grandes monopolios y multinacionales; inducir al crecimiento de la pobreza; prometer un sinnúmero de planes como viviendas, obras públicas, financiamiento de créditos para variados artículos, etcétera. Todos los cuales luego se diluyen o quedan en la nada. Lanzó a un abismo peligroso a los hombres y mujeres del campo mientras por otro lado sustenta proyectos monopólicos de agroexportadores, mineros, petroleros, barones del juego y detractores del medio ambiente. A lo mejor piensa que agudizando esta fenomenal crisis logrará una reacción de los hombres y mujeres de la sociedad para que se aboquen a tomar en sus propias manos la construcción de un nuevo sistema social y elaboren proyectos y estrategias políticas que este gobierno no sabe o no quiere abordar. Lo que sí sabe hacer este elucubrador del absurdo, es llenar sus alforjas, cajas fuertes e inversiones de él y sus amigos para construirse una aureola de poder económico y zafar en un futuro de la mano de la Justicia (que si le llega a más de treinta años de su retiro, el absurdo se le transforma en una lógica realidad).


























