Las recientes diatribas del cantante Fito Páez que tuvieron por destinatario a un elevado porcentaje de electores porteños, tendrán un efecto diametralmente opuesto al pretendido por su autor: ampliarán las diferencias a favor del ganador de la primera vuelta en el caso de que el ballottage se realice. Ocurre que a pesar del amplio abanico de desaciertos que caracterizaron la reciente gestión del gobierno porteño (espionajes telefónicos, inundaciones, inejecución de presupuestos educativos, frivolidad), los ciudadanos que habitan el perímetro formado por la avenida General Paz y el Río de la Plata, optaron por sostener a un representante opuesto al gobierno nacional. Desde los tiempos de la llamada “Organización Nacional” (mediados del siglo XIX), la población de Buenos Aires mantuvo una convivencia tirante con ese “huésped molesto”, el ocupante de la Casa Rosada que, para colmo de males, suele ser un provinciano. Las miserias que con acierto señala Fito en su escrito (codicia irrefrenable, presuntuosidad, megalomanía, cholulismo, superficialidad), no son patrimonio exclusivo de los porteños ni tampoco privativas de un conjunto de electores, que por diversos motivos, coincidieron por esta vez en otorgar su apoyo a un determinado candidato. También resulta arbitrario determinar porcentajes de personas con esas características. El estado de ira fomenta actitudes maniqueístas de cuyas consecuencias nefastas sobran ejemplos en nuestro dramático devenir histórico. La rabieta de Fito corre el serio riesgo de alcanzar un efecto similar al que tuvo la quema del ataúd que protagonizó hace ya mucho tiempo un dirigente de un nivel intelectual equivalente al de un adoquín: Herminio Iglesias. En esa oportunidad, ya se sabe, el radicalismo ganó las elecciones. Con algunos adversarios políticos, están de sobra los aliados.



























