Allá por el año 1935 era común leer en el secundario “Los viajes de Gulliver”, cuentos del satírico escritor irlandés Jonathan Swft (1667/1740). Entre sus ácidos epítetos sobre la mentira política, dice: “Saludable virtud de empequeñecernos a nosotros y al mundo, de escoger el tiempo y elevarnos a una altura suficiente para observar la historia de nuestra vanidad como si de un punto sin aristas ni dimensiones se tratase de romper, desde el tobogán de la perspectiva, toda nuestra orgullosa y soberbia concepción de nosotros mismos”. En uno de sus puntos, “La mentira política”, se lee: “... es la maledicencia, la detracción, las calumnias y las falsas difamatorias, pareciéndole que el poder del Estado sobre el individuo nunca es suficientemente grande. Difumina los límites entre Estado y la sociedad, declarando contra el espíritu ciudadano una desconfianza secreta, (en ciertas circunstancias, un odio manifiesto). Disfruta en el afán de un despertar victorioso para en su poder mantener castas especiales, derechos peculiares y subsistencia económica proveniente de organismos privados. Pero, nos queda un consuelo; el pueblo santafesino demostró que no es una masa mecánica que se la puede conducir con una palanca desde arriba de una cabina. Presentó ante su comunidad una imagen positiva que no se doblegó ante la mentira política, evidenciando discernimiento intelectual dentro del cuarto oscuro. El electorado demostró que con honorabilidad cívica y buena fe se llega a una sola conclusión: las amenazas y pseudas acusaciones no tuercen las fuerzas que poseen ideales íntimos y juicios certeros que le permiten personificar un seguro equilibrio político que únicamente se impone a través de la verdad y la honestidad.



























