Hay políticos a quienes les cuesta detener la lengua en el límite entre el discurso y la perorata; entre labia y la dolencia que Miguel de Unamuno definió allá en su patria como "diarrea palabrera". Algunos usan la lengua para disfrazar sus verdaderos ideales; otros, para disimular su falta de ideales. Están los que emplean la lengua para sembrar ilusiones al voleo, o para prometernos el futuro mientras nos quitan el presente. O hacen como aquel capitán que hunde su barco por impericia y después se ufana sentando cátedra sobre cómo navegar sin inconvenientes y arribar a buen puerto. No faltan aquellos que pregonan recetas para engordar al pueblo, pero como son malos cocineros, el calor de su ambición personal hace que de la olla donde preparan sus guisados (o desaguisados) se derrame la pobreza y en el fondo se concentre la salsa de la riqueza para unos pocos. Quien nunca ha tenido como única comida un mendrugo, ni ha pasado noches de frío y dolor llorando solitario a la intemperie, difícilmente pueda comprender en toda su dimensión el significado de la palabra miseria y expresarlo fielmente con la lengua.






























