Como bien lo dice Platón en su libro Menon: "democracia es para el político una anarquía intelectual y moral". En cartas de los lectores del pasado 24 de febrero del lector Fernando Laredo, "La política y la farándula", refiriéndose a la candidatura de Miguel del Sel a gobernador de Santa Fe, dice: ¿es una persona de probada idoneidad para desempeñar un cargo público electivo? ¿Es una arribista que desea éxito y dinero? Dos preguntas complejas que para responderlas se requiere un equilibrio entre dos riesgos: quedar cegado por una información superficial o ahogado por el exceso de detalles. En primer, lugar no se trata sólo de si podrá cumplir con la promesa dada, cosa que tendrá que exponer públicamente en los ítems de su plataforma política para determinar el grado de perfección y para ello, se requiere una verdadera conciencia política que no sólo tiene un costo monetario, porque la incertidumbre de un político improvisado con poco margen ante el acto eleccionario puede cometer errores que se pagan. En segundo lugar, para comprobar si es un arribista, tendríamos que exigirle un examen sobre ideología, programas de acción y de estatutos políticos para evaluar sus conocimientos. Los sofistas de la antigua Grecia tenían la convicción de que para el mantenimiento del buen orden de la democracia todo dependía de la justa elección de la persona rectora que regirá los destinos de la polis, cuyo origen no proviene del pueblo sino de la educación y cultura del caudillo. El legislador o gobernante no debe únicamente observar y hacer cumplir las leyes, sino también saber crear un sabia legislación para el Estado. Estos no tenían asesores y además debían poseer un buen currículum para el manejo de la cosa pública. Experiencia que el ciudadano aspirante a político tenía que adquirirla dentro de la misma vida política. Por otro lado, poseer una intelección universal sobre la esencia de las cosas humanas, cualidades prioritarias de un hombre de Estado que no pueden ser adquiridas sin dotes. Virtudes señoriales de los gerontes y éforos capacitados para manejar una nación, experiencia que reside ante todo en la aptitud juiciosa para pronunciar discursos decisivos y bien fundamentados.































