La ciudad lo acompañaba, era suya.
Él latía en la ciudad, dormía en la ciudad, esperaba en la ciudad y perdía en la ciudad.
Bebía en la ciudad y escribía en la ciudad. Y hacía el amor en la ciudad si encontraba el amor en
la ciudad. Cosa cada vez más difícil.
Pero la ciudad, sin embargo, lo acompañaba.
Aunque se le hubiera hecho arisca, a veces incluso imprevisible, indomable, desconocida.
Aunque se le hubiera rebelado a tal punto que ya no siempre obedecía al mandato de sus pasos, a las
órdenes silenciosas de su corazón.
(Se despertaba en la ciudad y sabía que de ella no podía esperar nada. Que lo que podía
llegar ya había llegado, y también se había perdido. Eso lo limpiaba de culpa, aunque también lo
despojaba de esperanza).
Lo más hermoso seguía siendo beber. El momento en que el primer trago de gin entraba, terso,
por la garganta hasta el alma. Ese segundo parecía condensar toda la alegría de la vida, que no
excluía la melancolía que suele llegar con el atardecer. Lo más hermoso seguía siendo entrar en el
recuerdo húmedo de la boca que había besado una noche de verano. Y que se había ido.
(La ciudad era compasiva con su pena. Sabía que se la había dado ella, y entonces se
apiadaba. En esos momentos, cuando el dolor lo vencía, cuando el mal lo derrotaba, la ciudad le
daba cielos claros, pájaros, plazas, bares, cines. Y él se consolaba de la gran ausencia. La gran
ausencia se dormía de nuevo en su corazón).
La ciudad estaba afuera y a la vez, adentro. Era el paisaje que veía cada noche y el
escenario de sus sueños, el teatro donde se representaba el deseo. Era el lugar donde ya no estaba
el amor y el lugar donde el amor viviría para siempre.
La ciudad era lo único que tenía. Aunque él no lo supiera con certeza, ya empezaba a
intuirlo. No había ninguna otra cosa: todo lo demás había sido efímero, reemplazable, olvidado. Y
ella estaba allí, única, eterna. Todo había cambiado pero era igual. Los recuerdos y la vida se
habían mezclado a tal punto que ya no podía separarlos. Y las calles que había caminado tres
décadas atrás eran idénticas a las que andaba hoy, tan distintas. Entre los cuerpos y los fantasmas
ya no había diferencia. Y tampoco entre la muerte y la vida.
La ciudad era el principio y el fin de todo. El abría la puerta de su casa, dejaba atrás los
libros y las copas y partía a buscar lo que no encontraría nunca. El amor se había transformado en
largas caminatas silenciosas a través de la desierta madrugada. Nada aparecía jamás. Pero él seguía
yendo hacia la nada.
La ciudad estaba allí y lo abrazaba. El se dejaba abrazar. La luna brillaba sobre el río o
caía la lluvia del invierno en las calles solitarias. No importaba. La ciudad estaba allí, y era lo
único que importaba.


























