Enfoque

La estigmatización de los pobres

Mauricio Macri y Alfredo Cornejo hicieron recientemente duras declaraciones, que merecen un análisis más detallado

Martes 20 de Octubre de 2020

Aunque se trata solo de palabras —esas que suelen sobreabundar en el escenario político argentino—, dos recientes declaraciones de destacados dirigentes merecen ser analizadas más a fondo, por la gravedad del hecho que enuncian.

Por un lado, y sin que se le moviera un músculo de la cara, el ex presidente Mauricio Macri dijo que “el peronismo es ahora el partido de los que no trabajan”. Por el otro, Alfredo Cornejo, líder de la Unión Cívica Radical, lanzó una frase que hubiera hecho enrojecer de vergüenza a Raúl Alfonsín: “El peronismo de hoy representa al sector parasitario que vive de quienes crean riqueza”.

No resulta sencillo asimilar el nivel de desprecio social que contienen ambas frases, emitidas además por dos hombres que gozan de una alta cuota de consideración y poder: se trata nada menos que del último ex mandatario constitucional y del presidente del histórico partido que inició el camino de las expresiones nacionales y populares en el país. Sin embargo, no hubo pudor en ellos al decir lo que dijeron: fue sin dudas, en ambos casos, un gesto de brutal sinceridad, una explícita revelación de ADN.

Lo que quedó expuesto con crudeza ante la sociedad es, sencillamente, un visceral rechazo por amplios sectores de la ciudadanía: sin eufemismos, los pobres. Son esos mismos a quienes muchos llaman con odio “planeros” y que constituyen el blanco habitual de epítetos racistas en una sociedad que, como la argentina, dista de estar exenta de tan patológico rasgo. Tanto Macri como Cornejo identificaron a los desposeídos, además, con la expresión política que desde 1945 los ha cobijado en su amplia mayoría, el peronismo. En una mínima concesión al pudor, ambos eludieron pronunciar el vocablo con que la calle suele designarlos sin piedad alguna: “vagos”. Pero el concepto —ambos pueden quedarse tranquilos— resultó bien claro.

Seamos claros también nosotros: la pobreza es real, dramática y no produce ángeles. De su caldo de cultivo —cocinado a base de brutales, tantas veces inhumanas carencias— suelen surgir en no pocas ocasiones individuos que se encuentran lejos de ostentar los mejores atributos del hombre (claro que también eso, paradójicamente, sucede con la riqueza). Pero endilgarles a quienes han nacido y crecido en tan paupérrima situación toda la responsabilidad de su destino es, por lo menos, una canallada.

En una obra que merece ser leída, y que acaba de reeditarse en un magnífico trabajo conjunto de dos sellos rosarinos, Los zapatos de Carlito, una historia de los trabajadores navales de Tigre en la década del setenta, el historiador y novelista Federico Lorenz —destacado especialista en Malvinas—reflexiona sobre la brutal transformación económica que sufrió el país a partir de la última dictadura: “La otra historia ya está escrita, es la que vivimos, la que condiciona nuestro trabajo, nuestra felicidad, la que transformó a barriadas industriales como las de Tigre y San Fernando en aguantaderos, reinos del consumo y zonas liberadas a las que muchos no consideran parte de su propio país. Solo un esquema se repite: aquel que vive a las barriadas populares como una amenaza”.

La conmovedora reflexión de Lorenz (es brillante la alusión al condicionamiento a “nuestra felicidad”) penetra en la médula del asunto: a partir de 1976, y pese a los momentos-oasis de que gozó el país, fueron muchos los que quedaron al margen. Demasiados. Y las consecuencias —Rosario puede dar fe— están a la vista.

A los pobres no hay que estigmatizarlos —como tan livianamente lo hacen Macri y Cornejo—, pero tampoco compadecerlos. La palabra clave es inclusión. Las que la siguen son educación, salud, trabajo. Un Estado eficiente y generoso. El neoliberalismo, gran causante del drama social, carece de las herramientas necesarias para resolverlo.

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