La humanidad está sufriendo el acontecer de actos de esta índole en una medida que merced a su recrudecimiento parecería incontenible. En primer lugar, tratando de definir lo que llamaríamos un acto de violencia, podríamos afirmar que se trata de algo fuera de lo naturalmente aceptado y establecido dentro de lo razonable y justo. Los atentados terroristas resultan espeluznantes cuando vemos que sucumben víctimas inocentes merced a un acto cobarde e inexplicable, llevado a cabo por personas desequilibradas. El funcionamiento organizado del negocio de la drogadicción; los actos extorsivos como también los delictivos de toda índole llenan sorpresivamente las páginas de todos los diarios, pareciendo ser el exponente contradictorio de una era que ha venido pletórica de adelantos científicos de toda índole. El problema general, así planteado, por supuesto merecería la aplicación de distintas medidas, según el ángulo desde el cual se lo contemple. Sin embargo, es incontrovertible afirmar que para obtener la consecución de objetivos generales, a nivel masivo, la solución radica en resolver los problemas individuales. El éxito de un cambio colectivo radica en la transformación de cada uno de sus individuos. El equilibrio de la inteligencia y el despertar de la sensibilidad de cada uno es el comienzo de una convivencia general armónica y libre de conflictos. La educación que pueda brindarse desde todos los niveles es el recurso natural dentro del cual se funda el bienestar y la grandeza de los pueblos. Simultáneamente, el Estado debe hacer cumplir estrictamente todas las leyes y disposiciones oficiales porque la permisividad y la tolerancia es el comienzo de todos los males, especialmente cuando se funda en bajos fines políticos. En el cumplimiento de los hechos más insignificantes radica el éxito de todas las obras humanas.



























