El orden conservador diagramó la reforma política de 1910 para permitir a ciertos sectores medios, hasta entonces excluidos de la política, participar en los procesos electorales. Grande fue su sorpresa cuando en 1916 ganó el candidato no previsto, Hipólito Yrigoyen. A partir de entonces la derecha comenzó a recorrer un largo calvario en la búsqueda del candidato que le permitiera acceder al poder por el voto popular. El general Agustín P. Justo, emblema del orden conservador, fue presidente gracias al fraude patriótico. Su ilegitimidad de origen permitió la llegada al poder de Perón. Su derrocamiento en 1955 fue la consecuencia de la impotencia de la derecha para frenar al peronismo dentro de la Constitución. La candidatura del general Pedro Eugenio Aramburu en representación de Udelpa a comienzos de los 60 fue otro intento conservador por intentar colocar en la Casa Rosada a uno de sus cuadros por la vía democrática. Fracasó. En los 80 el capitán ingeniero Álvaro Alsogaray creó la Unión del Centro Democrático para tratar de ser presidente en 1989. También fracasó. Su lugar fue ocupado por Carlos Menem. Durante diez años y medio gobernó para el orden conservador. Sin embargo, el riojano no era un cuadro de la derecha. No era un Justo, un Aramburu o un Alsogaray. Hasta que apareció el ingeniero Mauricio Macri para ganar las elecciones porteñas en 2007. Por primera vez un genuino exponente del orden conservador logró imponerse en comicios limpios y transparentes. Luego de cuatro duros años de gestión, logró revalidar sus títulos con una nueva y contundente victoria sobre Daniel Filmus, su mismo rival cuatro años antes. Su discurso posterior al triunfo significó el comienzo de su carrera por la presidencia en 2015, la clara manifestación de su intento por hacer posible lo que hasta ahora ha sido imposible para la derecha: que un cuadro suyo sea plebiscitado democráticamente en comicios de una legalidad y legitimidad incuestionables. Del éxito de Cristina en su próxima gestión dependerá que el sueño del orden conservador no se haga realidad.
Hernán Andrés Kruse,
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