Miradas

Dos retratos

Una evocación amorosa de los padres perdidos

Domingo 06 de Junio de 2021

En el living de casa, dos retratos se miran. Uno es de mi padre, dibujado a lápiz en el buque “Dodero” –que compartían en un viaje a Europa, en 1955– por el gran pintor peruano Francisco Espinoza Dueñas, Paco. Otro es de mi madre, que surge de la nada gracias a la mano sensible de la también perdida Clelia Barroso, su amiga entrañable y maestra de la plástica rosarina. Los puse uno frente al otro, para que nunca dejen de mirarse como se miraron siempre. Mi madre sonríe, casi ultraterrena; mi padre, en cambio, está serio, pero cuando paso a su lado me guiña un ojo.

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En ese mismo living, en estos tiempos de encierro, solemos jugar con mi hija menor. Carmen tiene cinco años y es un torbellino rubio. Descalza aun en el frío de las noches de mayo, corre y se ríe mientras golpea un globo con la mano derecha. En eso consiste el juego, en impactar el globo y que no toque el suelo, y de fondo tienen que sonar los Beatles. Ella me los reclama: sin Beatles, no hay juego. Carmen, a veces, se distrae y baila. Sus abuelos la miran.

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Mamápapá. Papámamá.

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A mi madre se la llevó la muerte una noche de verano de 1973. Volvíamos del mar en un 3CV blanco, llovía. De pronto, delante de nuestros ojos apareció un tractor. Y en un instante se borró el mundo.

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Cuando me sacaron del auto destruido, con apenas golpes, salí del lado derecho. Ella estaba allí. Medio cuerpo fuera del vehículo, las manos hacia arriba, el cabello mojado por la lluvia, los ojos cerrados, una línea de microfibra roja en la frente. Salí, la vi. No estaba más.

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No es tan difícil explicar lo que se pierde. Se trata del amor. De aquella voz que viene a despertarte y ya no viene. De aquella mano que te ponía pañuelos húmedos en la frente cuando tenías fiebre y ya no los pone.

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Papámamá, mamápapá. Desde que mi padre también se fue, en el mismo mes fatal de 2016, pero a los noventa años bien vividos, los veo juntos. Y aparecieron esas dos palabras que siempre pronuncio una detrás de la otra para formar una nueva y que los convierten en lo que siempre fueron, un hermoso ser de dos caras, dos corazones y cuatro manos.

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(Vida es, siempre, lo que se da. Y muerte, tantas veces, lo que se recibe).

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Mamá era feliz, absolutamente plena cuando cruzó –en un terrible segundo– la puerta que separa la luz de la oscuridad, la pena de la nada, como dijo Faulkner. Estaba y ya no estuvo. Estuvo y ya no está.

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Ahora, cuando me toca a mí sostener, ellos –desde lejos– me sostienen. Carmen lo sabe y me abraza.

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