El alto grado de cultura transgresora de nuestra sociedad está engastado en su conciencia colectiva. Hay jueces que liberan a delincuentes y criminales reincidentes y además gratifican con indemnizaciones a sus familiares, pero no existe una política nacional para combatir el delito. Se despenaliza el consumo de droga, pero sin existir un plan integral para combatir a los narcotraficantes. Para una facción de argentinos, los derechos humanos se han transformado en un todoterreno que sirve tanto para justificar violaciones a la propiedad privada y pública, como para permitir la presencia de encapuchados con palos en la vía pública, denostar o descalificar adversarios, distraer a la opinión pública para ocultar realidades como pobreza, indigencia, inflación, corrupción o dar impunidad a terroristas. Mientras el accionar pervertido de quienes gobiernan siga derramándose sobre la sociedad, los hábitos transgresores seguirán degradándola y disociándola. Hay responsables. ¿Caerán sentencias judiciales condenatorias sobre ellos? ¿Hasta donde llegará nuestra inconsciencia cívica?


























