No es tan complicado entender por qué nuestro país es considerado del Tercer Mundo. Es cierto que los dirigentes políticos no estuvieron a la altura de las circunstancias, mantuvieron diversos desaciertos y optaron por atender sus intereses en lugar de ocuparse de las necesidades básicas de los ciudadanos. Pero convengamos que mucha gente careció de esfuerzos propios para resolver los problemas. Ante esta realidad, hay que asumir culpas. A los argentinos nos cuesta aceptar cierta responsabilidad frente a los hechos consumados. Durante años, décadas, nuestra costumbre fue esmerarnos lo menos posible y tener rentabilidad máxima. Tenemos esa cultura: queremos realizar poco y ser reconocidos mundialmente. Parece que asusta la idea del sacrificio como modo de alcanzar el éxito. Huimos cuando lo difícil aparece en primer plano, eludimos lo que resulta trabajoso e inmediatamente intentamos suplirlo por algo más sencillo. No hay dudas: escogimos un camino equivocado. Nos falta más compromiso con lo que hacemos, con lo que proyectamos. Tal vez la misión de los argentinos sea esencialmente revisar errores, nuestro desgano. En cada acto de la vida debería quedar impreso un sentido profesional. La profesionalidad tendría que acompañarnos siempre. Hay que leer, estudiar, capacitarse;
pero también ser personas íntegras, respetuosas y responsables.



























