Así se lee en los libros de historia cuando enseñamos la época de la formación del Estado nacional y de la “Generación del 80”. Nuestro país tejía una gran telaraña surcada por líneas férreas en todo su extenso territorio. Nacían poblaciones y llegaba el progreso junto a este medio de transporte. Hoy sólo leemos accidentes y muertes por minutos en las saturadas rutas argentinas que son acompañadas, en todo su trayecto y en forma silenciosa, por las vías férreas fantasmales, sin silbidos ni alborotos. Rutas sembradas de dolor y muerte. Vías férreas sembradas de amnesia y olvido. Poblaciones en silencio, estaciones en penumbras, poblados sin conexiones, en lenta agonía, y trenes que no pueden aún ganar la pulseada del retorno. Apelo a nuestros dirigentes y políticos para que este medio de transporte social, seguro, numeroso, ecológico y económico vuelva a rechinar por los rieles, hoy vacíos. Soy consciente de que mucho se ha destruido, pero aún siguen respirando. O acaso ¿son mejores los inestables micros, sin baños, abarrotados, infrecuentes y con accidentes permanentes? Volvamos a poner de pie al ferrocarril y a recuperar ramales, pueblos extintos, poblaciones aisladas y a reconocer que el error gravísimo de clausurarlos puede ser revertido en la Argentina que mira al Primer Mundo, donde el ferrocarril es el transporte por excelencia. Que así sea.



























