El cambio de turno del 1º de enero en Brasil marcó el final de la primera década del siglo XXI en América latina. Un análisis comparativo de los diversos modelos políticos que entraron en juego durante la década da un resultado muy claro en favor de quienes, como el Brasil de Lula y Dilma, optaron por una relación pragmática y amigable con la economía de mercado y quienes, al contrario —Chávez, Evo Morales— optaron por confrontarla con resultados ruinosos, como se comprueba también por estos días en Venezuela y Bolivia.
Hasta fines del siglo XX, el modelo de democracia latinoamericano era, básicamente, el mismo que el vigente en Europa y el resto de las naciones desarrolladas (los países que integran la Ocde). Conservadores y progresistas latinoamericanos y democristianos y socialdemócratas europeos compartían el modelo liberal-representativo de democracia. Esta matriz liberal fue enriquecida con derechos sociales. Estos son derechos por definición lábiles, desde el momento que dependen del estado desarrollo alcanzado por la economía.
Por eso estos derechos sociales se hicieron realidad en Europa con el “milagro” económico de la posguerra pero quedaron en el tintero en la subdesarrollada América latina. Esta diferencia abismal persiste hoy, pese a que América latina gozó en esta década última de “tasas chinas” de crecimiento gracias a la globalización y Europa pasa por un largo período de tasas negativas o de muy bajo crecimiento. Pero pese a esa crisis nadie, en la comunidad democrática de los países avanzados, se planteó una ruptura del modelo político construido luego de la II Guerra, el de la “economía social de mercado” con democracia representativa clásica.
































