Quiero agradecer eternamente a dos profesionales del Centro Médico Ipam. Ellos son el doctor Andrés Pérez Grassano y su hermano el doctor Diego Pérez Grassano, quien me operó. Dios los situó en mi camino cuando atravesaba una de las etapas más complicadas y dolorosas de mi salud. El diagnóstico fue único e irreversible: debía afrontar una nueva cirugía compleja y de riesgo. La presencia médica y humana de estas dos personas me devolvió el aliento y la seguridad para dar ese paso enorme hacia la recuperación de una buena calidad de vida. Hoy, a cuarenta días de la cirugía, puedo decir con emoción e infinito agradecimiento que recuperé esa vida. Por todo esto necesito compartir este profundo pedido: ¡Qué Dios no deje nunca de bendecir esas manos y esas mentes! Que sean largos sus años de vida en la profesión para que otros pacientes sean tratados y curados de la misma forma que ocurrió conmigo. No puedo olvidar luego de este trascendental período la presencia de otros nombres como el doctor Daniel Martín, cálido y espontáneo como pocos; a toda la gente del cuarto piso, sector de videoendoscopía; a la anestesista Silvia Marchesich; a la enfermera Delia Albornoz; a la secretaria Lorena Lazzati, y a Ariel Tondo, personal de admisión. A todo el plantel de internación del segundo piso. Para todos ellos mil gracias y muchísima paz.



























