En esta catarsis del corazón, necesitamos evocarte, Grace. Y también contarles un poquito de vos a quienes no accedieron al lujo de conocerte. Todos los días se va gente valiosa, y es importante tener presente qué es lo que nos dejaron, en qué nos hicieron mejores personas, para que su paso no haya sido en vano. Porque de eso se trata, ¿verdad, Grace? Se trata de aprender y vos nos enseñaste un montón. Podríamos comenzar diciendo que fuiste la mejor protocolista de Rosario, como así también habrías sido la mejor traductora, o la mejor fonoaudióloga, o la mejor en lo que se te hubiera ocurrido. Es que en realidad fuiste, en realidad sos tantas cosas. Una mujer fascinante, excepcional. Podríamos contar algunas de las tantas que nos enseñaste, sin querer enseñar, porque no te gustaba la docencia, aunque fuiste una maestra. Nos enseñaste a descubrir nuevas perspectivas, mirar la otra posible alternativa de entender el mismo hecho; a escuchar, ¡vos sí que sabías escuchar! También nos podríamos acordar de tu humor, siempre tan irónico y ácido. El humor fue tu mejor arma, tu exquisita manera de mantener afuera y detrás de esa coraza, a quienes nunca elegirías tener en tu living. Y desde acá, los que nos quedamos, este quinteto de cuatro, este trío de dos, con un juego de dados de por medio, alzamos una copa en tu honor y te dejamos tu lugar en nuestra mesa, la misma mesa en la que a través tuyo se sentaron Mark Twain y John Dos Passos; Patoruzú y el Doctor Merengue; Vincent Price y Boris Karloff. La misma mesa en la que nos regalaste un pedacito de tu alma, la misma mesa a la que le vas a hacer tanta falta. Siempre estarás con nosotros: Adri, Ane, Jorge y Wally.



























