Economía

Un repaso de 2020: ¿un año atípico?

La crisis generada por el Covid-19 alteró las políticas que se planteó Alberto Fernández al inicio de gestión. Errores, aciertos y desafíos para este año

Domingo 03 de Enero de 2021

El año 2020 fue todo lo atípico que podía ser. Un gobierno peronista que asume con una inflación récord, vencimientos de deuda impagables, en el marco de una crisis productiva y social heredada de una fracasada gestión liberal, es un hecho relativamente recurrente en la breve historia económica de nuestro siglo XXI. Pero que, al poco de andar, irrumpa una pandemia global que fuerce la parálisis de casi la mitad de los sectores productivos generando brutales caídas de la actividad, es algo sin precedentes. Aún así, la pregunta del millón _todavía sin una respuesta definitiva_ es si la pandemia será realmente un hecho atípico o si es una nueva normalidad a la que tendremos que acostumbrarnos.

Las perspectivas para 2021 dependen fundamentalmente de ello ya que el plan económico del gobierno plasmado en el presupuesto no difiere demasiado de los habituales programas implementados en los últimos años impares (electorales).

Desde la perspectiva del Ceso, el programa oficial se queda corto aún en caso de superarse el lado sanitario de la pandemia dado que la gravedad de la crisis de este año exige, a nuestro entender, medidas mucho más innovadoras. Medidas asociadas no sólo a una necesaria recuperación de los salarios e ingresos de la seguridad social por encima de la evolución de los precios (donde una política cambiaria y tarifaria moderada es fundamental).

También debe contar con programas que impulsen directamente la generación de empleo en sectores de elevados multiplicadores de la actividad y bajo derrame al dólar (programas de hábitat y vivienda con base en las cooperativas de trabajo, fundamentalmente) tal como desarrollamos en nuestra propuesta del “Plan Hornero”.

Por el contrario, si la pandemia se extiende, todo el programa económico quedará desdibujado y es probable que se repitan los terribles resultados económicos del presente año. La eficacia de las vacunas ante las diferentes cepas de virus, su desigual distribución entre países centrales y periféricos y la velocidad para aplicarse a la mayor parte de la población son las claves de una política de salud pública a las que la economía está lógicamente subordinada. Si la pandemia deja de ser atípica, nuevas políticas que apunten a una descentralización territorial de la población aprovechando la deslocalización administrativa y logística que permiten las nuevas tecnologías de la comunicación deberán empezar a ocupar las cabezas de quienes dirigen el rumbo de la política económica.

Un balance “no tan malo”

El balance económico del año, no es tan malo como podría haberlo sido. Más allá de los problemas respecto del formato de intervención y su impacto sobre el sector externo, el gobierno desplegó un amplio programa de intervención que permitió sostener las cadenas de pagos del sector productivo y los ingresos de los trabajadores y trabajadoras más vulnerables. Logros no menores dada la pesada herencia macrista y el golpe letal de la pandemia en la economía.

"El programa oficial se queda corto aún superada la pandemia. La crisis exige medidas más innovadoras "El programa oficial se queda corto aún superada la pandemia. La crisis exige medidas más innovadoras

En una perspectiva de mediano y largo plazo, aún si se considera que el mayor impacto económico ya quedó atrás, quedan incógnitas importantes respecto a las diferencias estructurales que vaya a tener la economía argentina post-pandemia comparada con la que conocíamos pre-pandemia.

Los niveles de desigualdad en ingresos, de informalidad, de evasión tributaria (con su impacto en las cuentas públicas), la distribución geográfica del empleo, los cambios de los hábitos de consumo y su efecto en el multiplicador de la actividad, ¿retornarán a los valores previos o implicarán mayores condicionamientos para la política económica? Son temas fundamentales que estaremos abordando a partir de 2021.

Con este informe buscamos hacer un balance del 2020, recapitulando el inicio del gobierno y las principales lecciones que nos dejó el devenir económico.

Pesada herencia y plan verano

La herencia de la última experiencia neoliberal puede caracterizarse en términos macroeconómicos por haber transformado un proceso de estancamiento económico a otro de depresión, con un piso de inflación inercial que se ubicaba en torno al 20% en 2015 y terminó siendo de 40% en 2019 y sujeta a una enorme volatilidad en el tipo de cambio. Por eso, en el informe de enero planteamos “Salir de la depreflación” como el principal desafío del nuevo gobierno.

La respuesta del sector privado al programa liberal de Macri fue exactamente en el sentido contrario a la tan prometida “lluvia de inversiones” que se daría como un reflejo de la política monetaria contractiva, del ajuste fiscal, la libre movilidad de capitales y la quita de impuestos. Otra muestra más de las limitaciones que tienen las concepciones ofertistas que no contemplan las razones estructurales por detrás de las inestabilidades cambiarias en países periféricos ni las consecuencias en la demanda que tienen los shocks distributivos como las devaluaciones bruscas.

"El balance económico del año no es tan malo como podría haberlo sido por la intervención oficial "El balance económico del año no es tan malo como podría haberlo sido por la intervención oficial

Frente a este escenario calamitoso, la gestión de Alberto Fernandez comenzó tomando la iniciativa. En dos semanas logró del Congreso la a sanción de la ley de solidaridad social y reactivación productiva.

Esta primera etapa de gobierno consistió en un leve impulso al consumo con transferencias a la base de la pirámide social por $60.500 millones y congelamiento de tarifas, pero sin descuidar el aspecto fiscal ni externo ya que en simultáneo se creaban y restauraban impuestos en el sector medio y alto de ingresos (Impuesto Pais, Bienes Personales y derechos de exportación). Estaba claro que Argentina contaba con muy pocos dólares, había que tomar más medidas para administrarlos y las presiones al tipo de cambio por la salida de capitales estaban todavía estaban a la vuelta de la esquina.

La segunda prioridad era la renegociación de la deuda. En el esquema inicial del oficialismo, conseguir un rápido acuerdo era fundamental para la implementación de un programa de crecimiento y desarrollo sostenido y lograr un shock de confianza como para ayudar a una mayor actividad sin necesidad de disponer de recursos fiscales significativos. A nuestro juicio, la estrategia de sensibilizar al poder financiero para que acumule en la economía local a partir de buenas señales hubiese resultado tan infructuoso como lo fue meses después, tras el anuncio del acuerdo con tenedores de deuda demorado por la pandemia.

Covid: crisis y nueva corrida

En marzo llegó el Covid 19 y Fernández ni siquiera pudo plasmar un breve plan de 120 días. Como en la mayoría de los países, la caída en distintos indicadores de actividad fue un récord absoluto. El inevitable impacto dejó a un lado temporalmente la urgencia de la deuda. En cuanto a la respuesta fiscal, las transferencias implicaron un 3,5% del PBI (unos $940.00 millones) que el Estado puso directamente en la economía para reemplazar la repentina caída de ingresos y gastos privados. Además, sumó otro 2% en garantías para el financiamiento del sector privado a tasas del 24% para mipymes y del 0% para pequeños contribuyentes y autónomos.

Desde ya, el impacto en la actividad y en los ingresos de la población se sentiría de todos modos. Todavía la historia no está terminada pero lo cierto es que si se ve el comportamiento de las economías en el Cono Sur, la Argentina está lejos de tener el peor a otras que tomaron menores restricciones. Si bien es cierto que es una de las caídas de la actividad más grandes (el FMI la estima en -11,8% pero podría estar incluso más cerca de -10%), nuestro país era el único que tenía para este año un pronóstico de recesión como arrastre de la crisis de 2019. Por lo tanto, es difícil argumentar que el gobierno indujo una recesión todavía peor por las medidas sanitarias. Junto con Ecuador fue el único que llevó adelante una renegociación de la deuda externa, a lo que se sumaba el default de la deuda local en agosto de 2019 por lo que estaba sin posibilidad de financiar buena parte del déficit en el mercado local.

El complemento de estas políticas de gasto en un escenario de restricciones al financiamiento fue la inyección de una enorme masa de liquidez provista por el Banco Central. Eso dio lugar a la aparición de nuevas oportunidades de arbitraje en el mercado financiero que impactaron negativamente en las reservas. Una baja en las tasas de interés en pesos en el mercado de caución al que acceden firmas no necesitadas significaba un bajísimo costo de oportunidad frente a una devaluación del tipo de cambio oficial superior al 2% garantizada todos los meses y con una brecha al alza.

En el informe de mayo resaltamos que “la ampliación de la brecha cambiaria genera expectativas de devaluación que inducen comportamientos que merman las reservas: stockeo de cosecha, precancelación de deudas externas, adelanto en el pago de importaciones, retiro de depósitos en dólares, etc.

La tensión cambiaria obliga a apuntalar la política económica de emergencia con una correcta intervención en el mercado paralelo”. Resulta notorio cómo se intensifica la venta de divisas al tipo de cambio oficial por parte del BCRA, aún existiendo controles, cuando la brecha cambiaria dispara las expectativas de devaluación.

Esta debilidad se va a hacer más palpable en 2021 ya que, por lo visto recién, el escenario que parecía ser el más favorable en términos de reservas _poca actividad local y pocas importaciones, nulo turismo, tipo de cambio real competitivo, controles cambiarios_ no terminó traduciéndose en acumulación de reservas sino que se termina con un monto de u$s 6.000 millones menor al de comienzo de año.

Para no acumular tensiones en este frente, una historia ya repetida en la Argentina es el retraso de la tasa de interés en pesos. Lo que debe contemplar la política monetaria es un retorno positivo de los activos en pesos superior tanto a la inflación como a la tasa de devaluación. En el informe de agosto, antes incluso de la corrida cambiaria señalamos: “El desmanejo cambiario se ve agravado por una política de devaluación oficial descoordinada con la política de tasas” y lo ilustramos con el gráfico rendimientos financieros durante 2020 que actualizamos para ver cómo una tasa de referencia como la Badlar lleva cuatro meses ininterrumpidos de pérdida contra la inflación y el tipo de cambio oficial. Es cierto que el nivel de tasas tiene un costo cuasifiscal pero la estabilidad del tipo de cambio es un factor fundamental de mantener por un largo período para ir diluyendo las salidas de capitales local.

Riesgo del giro ortodoxo

Luego de la inflación más elevada desde 1991 a pesar de los experimentos monetarios que mantuvieron inalterada la base monetaria en 2019, este año volvió a evidenciar que los precios de la economía doméstica tienen un determinante en el tipo de cambio oficial.

Con una mayor estabilidad, aunque lejos de estar congelado, el tipo de cambio se movió a la par de la inflación al punto de replicar matemáticamente el dato de inflación del mes previo. Esta dinámica se sostuvo hasta noviembre y las primeras semanas de diciembre dejan inferir que el tipo de cambio iría algo por debajo de la inflación por primera vez en el año. La relativa estabilidad junto a los mayores controles de precios y la merma del consumo en cuarentena, permitieron una baja de la inflación en un año récord de emisión (mostrando la falla del diagnóstico monetarista).

La principal preocupación que viene desde los inicios de la crisis cambiaria en abril de 2018 está asociada a los precios de los alimentos que acumulan en este período un aumento de 203% frente a un incremento del 178% en los precios del resto de la economía.

Esta aceleración se enmarca en una reactivación tibia en el agregado pero que es muy dispar según el sector de actividad y ubicación geográfica que tenga la empresa.

Así, el sector alimenticio acumula un colchón para no trasladar incrementos de los costos (de insumos, salariales o tarifarios) a los precios finales. La suba en los precios internacionales de la soja y el maíz incide en los precios de los alimentos tanto como un costo de oportunidad como en el costo directo de otros componentes de la canasta básica (especialmente, las carnes). Nuevamente, se evidencia el rol redistributivo fundamental de los derechos de exportación en el desacople de los precios internacionales con los domésticos.

La resistencia del sector empresario en este rubro a los esquemas de precios máximos _ a pesar de ser uno de los que menos sintió el efecto de la pandemia_ requiere, como política de corto plazo, la imposición de la autoridad política en la negociación.

"Este año se develará la tensión entre la razonabilidad de suba de precios y la recuperación de la actividad y el salario "Este año se develará la tensión entre la razonabilidad de suba de precios y la recuperación de la actividad y el salario

En el corto plazo, la imposición de este tipo de medidas. En paralelo, el fortalecimiento la capacidad productivo y la referencia de otros actores al interior de la cadena productiva serán dos estrategias para dos horizontes temporales distintos que garanticen el acceso a una canasta alimentaria a precios razonables en simultáneo con un mayor efecto en la creación de empleo, divisas e impacto ambiental razonable.

En 2021 se develará la tensión que existe sobre la capacidad de dar razonabilidad a los incrementos de precios con una inercia inflacionaria heredada todavía alta y consolidar la recuperación de la actividad, la ganancia y los ingresos si la situación sanitaria lo permite. La viabilidad de este sendero virtuoso entra en confrontación con la tradicional injerencia del FMI que pretende imponer su programa en cada uno de los acuerdos con países comprometidos. Un giro ortodoxo podría dejar al gobierno con un acuerdo de la deuda pero a costa de un capital político disminuido y sin reactivación consolidada.

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