Cultura y Libros

Un maestro de la prosa

La reedición de Las hamacas voladoras y otros relatos por parte del sello cordobés Caballo Negro permite reencontrarse con el filoso estilo del recordado Miguel Briante. Un pequeño acontecimiento literario.

Domingo 19 de Julio de 2020

Entre sus quince y veintiún años de edad, tras leer a Rulfo, Borges, Faulkner y al mismísimo Joyce, entre muchos otros, Miguel Briante (1944-95) escribió Las hamacas voladoras, su primer libro; un genio precoz que se expresaba a instancias de una prosa ajustada. Concisión y control. Una breve pero fulgurante serie de cuentos que por sus temas y formas tienen una vigencia ineludible en el presente. A pesar de las rígidas reglas del género, Briante adecua personajes y situaciones con precisión. Un clima de honda melancolía. El sol, el verano, el río; y construye esas situaciones como un rizoma que se expande. Un repertorio variado de invenciones. Sus protagonistas son casi siempre personas sencillas que luchan contra una sociedad rígida y sin contemplaciones; con pasados complejos, que a menudo hablan un lenguaje simple, pero rico en matices de tintes faulknerianos. La densidad de cada cuento a veces produce la sensación de ser novelas condensadas. Su forma de mirar produce un modo particularísimo de decir, y esto se aprecia ya desde el primer relato de la serie, su notable Capítulo primero. Briante a menudo sacrifica el énfasis de los adjetivos a favor del sustantivo. Ni aclara, ni completa una realidad: sugiere. Su voz afilada construye zonas entre los intersticios de una simpleza donde el lector penetra en honduras y matices. Maneja los registros con elegante solvencia, evadiendo las frases largas y alambicadas. El embudo o La tela ejemplifican esa trabajada sensibilidad. Una prosa etérea, liviana, a pesar de resultar intensa por su sobriedad. Una suerte de criollismo borgeano.

Sin ripios ni exuberancias, Briante representa un estilo económico cuyo sesgo apunta hacia el laconismo y en la descripción de vidas ordinarias, que años más tarde, y de la mano de autores norteamericanos como Raymond Carver, sería bautizado “minimalista”. Así, Briante capta minucias de la experiencia del lenguaje, y las pone a prueba. Las ejecuta con expresiva precisión. La fluidez y transparencia de sus narraciones resultan, tal vez, sólo comparables a las de Germán Rozenmacher, otro autor de su tiempo prematuramente desaparecido. Maestro del lenguaje rural y semiurbano oído en su infancia y temprana adolescencia, su prosa se articula a través de un despojamiento que depura siempre todo atisbo de ripios, de mensajismos, etcétera. Como legado Briante dejó, además de una obra cuentística notable, y de una copiosa producción periodística, su única novela, la mítica Kincón (1975), un clásico de ayer, hoy, y acaso siempre.

Para la presente edición se tomaron las versiones y el orden de los cuentos que Briante publicó en la editorial Puntosur en 1987, excepto los dos últimos textos (El último día y Fin de iglesias), aparecidos en las primeras ediciones del libro y que se suprimieron en las siguientes. Acontecimiento que permite explorar otros matices. Son cuentos que tienen casi sesenta años, pero aquí permanecen tan jóvenes como hace décadas. Ni una arruga les ha salido. En una época donde impera la figura del autor por encima de su obra, reeditar un libro como Las hamacas voladoras y otros relatos es un acto de justicia literaria.

Tercer golpe

Lo dio con rabia. El viejo dio ese tercer golpe, y el cuarto, y los demás, con una rabia casi increíble. Pero yo sí debía creerla. Porque desde hace mucho tiempo esa rabia, esos golpes, eran reales, cotidianos, para él. Me ha pegado mucho, me ha pegado demasiadas veces. Desde la vez en que lo llevó al parque y le dijo: vos, por ahora, tenés que limpiar. Y él, con el trapo en la mano, pensaba: poder estar allá arriba, poder subir. Mientras limpiaba los engranajes, aceitaba las ruedas, arreglaba los asientos que la gente rompía. Las caras pasando constantemente, recortándose felices contra el cielo. Los boletos desplegándose en sus manos, durante unos segundos. El viejo en la boletería. Las manos blancas. Las manos grandes de los hombres oscuros o de los marineros. Los sombreros de las viejas. El pelo rubio y el rostro de las chicas, flotando. Dando vueltas. Vueltas. Poder estar allá arriba. Y recordaba esa mañana en que el viejo le había dicho: subí, vamos a probar cómo anda. Porque algo estaba roto y había que tener seguridad. Eso: seguridad. Me estaba usando para hacer las pruebas. Y él había subido. Después de tantos años era hermoso -aunque nunca supo decir qué era, en realidad- sentir esa detenida felicidad de estar subiendo. Se ajustó, lentamente, el cinturón. Acomodó las manos sobre la madera. Yo tenía diez años, o más. El viejo movió la palanca. Él movía la palanca para que subiera yo. La máquina arrancó. Las hamacas tomaron velocidad lentamente. Mucho más lentamente que ahora: en forma normal. Girar. Subir. Girarsubir en un apuro envolvente hasta que el parque estuvo abajo. Primero -a pedazos, tratando de ver por entre los hierros de la montaña rusa, imaginando lo que ocultaban los edificios del parque- se preocupó de la Torre de los Ingleses, de los relojes de Retiro que pasaban hacia atrás, en círculo, después la avenida y la plaza San Martín, y después la ciudad y después el puerto con los barcos que parecían navegar rápidamente mientras él daba vueltas, feliz, hasta que miró hacia abajo, hacia el parque, y lo vio desierto, largamente vacío, silencioso, sin rostros, sin luces, muerto mientras la velocidad decrecía (movió la palanca: arriba, la velocidad aumentaba) y él, al bajar, se encontraba con el viejo, con los trapos sucios que durante años iban a ser su único trabajo. Y hasta después de cumplir los quince años (aunque nunca supo exactamente su edad) siguió pensando lo mismo que había pensado aquella vez: cómo será de noche, cuando las luces y los rostros. Sobre todo desde aquella vez en que el viejo le dio la orden: bueno, ahora tenés que manejar vos; yo voy afuera, a los boletos. Cada vez que ponía en marcha la máquina pensaba eso. Poder estar allá arriba, entre la gente, pensó.

(De Las hamacas voladoras y otros relatos)

Tercer golpe

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