Cultura y Libros

Tres fragmentos de Acceso directo

"La idea era estar siempre puertas adentro para evitar que la policía te metiera en un calabozo", cuenta Andy Cherniavsky.

Domingo 16 de Agosto de 2020

Fotógrafa de verdad

La idea era estar siempre puertas adentro para evitar que la policía te metiera en un calabozo, cosa que era de lo más habitual en 1980 si tenías un look rockero. Por momentos parecía un chiste. En una ocasión nos paró la policía cuando Charly me estaba acompañando a casa y a él lo dejaron ir… ¡y a mí me llevaron presa por estar con él! Charly se subió a un taxi y se fue, me saludó con la mano por la ventanilla. Ni siquiera podía avisarles a mis viejos porque nadie tenía teléfono.

Tuve suerte, porque generalmente cuando caías preso te llevaban directamente al calabozo y podías estar detenido veinticuatro horas por averiguación de antecedentes, una figura penal que se modificó cuando llegó la democracia. A mí, en cambio, me llevaron a hablar con el comisario.

–Bueno –me dijo el tipo–, usted, ¿a qué se dedica?

–Soy fotógrafa

–Ah, pero qué bien… hablemos de los rollos… ¿A cuántos minutos se revela el T-Max 100?

–Depende –le respondí para ganar tiempo y, porque me di cuenta de que el tipo me estaba tomando un examen y yo conocía la materia–. Si lo quiere más contrastado o menos contrastado, le tiene que dar entre 6 u 8 minutos… (y le tiré una cifra que ya no recuerdo).

No fue fácil, porque el comisario sabía de fotografía, y mucho, y el examen fue bastante exigente, pero supongo que era porque estaba aburrido más que porque quisiera corroborar mi profesión. Al rato pegó un grito hacia atrás:

–¡Cabo! ¡Déjela ir! ¡Esta es fotógrafa de verdad!

La puerta

No recuerdo bien en qué disco fue, yo había ido a la casa de Charly para escuchar lo nuevo que había grabado y empaparme de las canciones, del concepto, para la tapa que íbamos a hacer, dispuesta a pasar un tiempo con la vista fija en el equipo, escuchando la nueva maravilla de García.

Charly estaba durmiendo, fueron a despertarlo y transcurrió un buen rato hasta que tuve acceso a su habitación.

–Uy, Andy. Me quedé dormido. ¿Esperás que desayune?

–No hay problema, Charly, desayuná tranquilo.

En el piso había una botella de Jack Daniels por la mitad; la destapó y comenzó a tomar del pico. Si bien yo no era ninguna santa y mucho menos en esa época, me sorprendió muchísimo ese gesto que por ahí era habitual en Charly, pero no para el desayuno.

Claro que no descubro la pólvora si digo que uno de los principales problemas de Charly siempre fue expresar sus sentimientos tal cual son. Creo que hace como con el sonido: los enmascara y busca —o buscaba— proyectar una imagen de fortaleza mediante gestos que le sirven para res- guardarse del público.

Confieso que extraño al Charly tímido, de camisita, de jardinero, ese que una vez me contó en voz baja: «No lo digas, pero Migue es mejor que yo». Así hablaba de su hijo en un tiempo y a mí me daba mucha ternura. Charly estaba orgulloso a su manera. Pero ahora me pregunto, ¿orgulloso o celoso? La cosa competitiva le salía enseguida, como si su hijo le disputara un lugar.

Fue en un festival, aunque no estoy segura de cuál. Un mánager llamó a Charly, que tocaba al día siguiente, y le dijo que como golpe de efecto sería bueno que quemara un teclado en vivo durante su show. A García nunca hay que animarlo demasiado para que haga estas cosas: en el acto comenzó a planificar el evento. Pero como es él, no iba a quemar ninguno de sus teclados y le pidió a Miguel que le prestara uno suyo para incendiarlo. Le dijo que luego le compraría uno nuevo. Migue tuvo una respuesta adecuada: “Ni en pedo”.

Su respuesta enardeció a Charly, que le hizo un escándalo en el pasillo, golpeó la puerta de su departamento (Migue vivía solo, dos pisos más abajo) y luego trató de derribarla. Hizo tanto lío que llegó la policía, que lo frenó y le pidió explicaciones.

–Ustedes afuera, este es un tema entre padre e hijo.

–Sí, Charly, todo bien –le dijo uno de los policías–, pero estás en otro piso que no es el de tu hijo y la que hizo la denuncia fue la vecina cuya puerta estás tratando de derribar.

Vilas, el poeta

Entre todos los que aparecían eventualmente por lo de Charly estaba Guillermo Vilas, el reconocido tenista, que por aquel entonces había logrado publicar un libro de poesías.

Las tertulias en lo de Charly no eran literarias, pero esa noche tuvimos una sesión de lectura a cargo del propio Guillermo.

El hombre quería pertenecer al rock y tenía enfrente a sus protagonistas –empezando por el dueño de casa–, pero sus poemas eran casi lo opuesto al rock y a lo que este representaba.

Mientras recitaba nos comenzamos a tentar... y la risa es un mal muy contagioso, sobre todo entre amigos, y más si un porro circuló clandestinamente en el balcón de Charly.

No queríamos ofender a Guillermo, que nos parecía un ídolo deportivo, pero ya en los primeros versos se escuchaban los espasmos de quien quiere contener la risa y no puede. Vilas leyó una poesía, luego otra; había gente al borde de la asfixia cuando Vilas pronunció la frase que nos hizo levantar para irnos: “Bota, bota, la pelota”. Fue un repentino éxodo de gente hacia otra habitación porque la carcajada era incontenible.

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