Cultura y Libros

Palabras que cortan como si fueran sierras eléctricas

William Burroughs no fue, precisamente, un escritor "digestivo". Violento y revulsivo, bisexual y drogadicto, dejó una obra que conserva plenamente su aptitud para conmover sin concesiones. La editorial argentina El Cuenco de Planta está lanzando en valiosas traducciones su visceral producción narrativa. Una semblanza.

Domingo 08 de Julio de 2018

Conocido por cercar y retroalimentar a la "generación beat", William S. Burroughs (St. Louis, Estados Unidos, 1914—Kansas City, 1994) es una de las figuras centrales de la literatura y la contracultura del siglo veinte.

Aunque no sólo por haber experimentado y renovado, específicamente, las formas literarias y narrativas. Es posible que, y de no ser por sus trabajos, Gilles Deleuze no hubiera dado con tanta precisión (y por tanto invención imaginativa) la descripción de los mecanismos de control de la sociedad contemporánea, esbozados en su ensayo Posdata sobre las sociedades de control. "Control" ―como describe Deleuze― era el nombre que Burroughs proponía para designar al nuevo monstruo, y que Foucault reconocía como nuestro futuro próximo.

De la misma forma, la "generación beat" hubiera perdido a uno de sus grandes personajes de la emblemática novela En el camino de Jack Kerouac; o bien —y muy posiblemente— no hubiéramos conocido a autores que formaron parte del mismo movimiento, como Herbert Huncke o Brion Gysin.

Tanto la vida como la obra de Burroughs reflejan una actitud oposicional y permanente contra la sociedad estadounidense. Bisexual, drogadicto, amigo de Kerouac y de Allen Ginsberg, escapó varias veces de la Justicia norteamericana a México (en búsqueda, además, de benzedrina), donde bajo los efectos de la droga y el alcohol acabó "accidentalmente" con la vida de su mujer. Luego viajó a América del Sur en busca de ayahuasca, y más tarde a Tánger, donde conseguía más rápido y de forma más económica las drogas que necesitaba.

Si bien la mayoría de sus trabajos fueron publicados por el sello de Anagrama en nuestro idioma, en Argentina la editorial El Cuenco de Plata ya publicó de Burroughs La tarea. Conversaciones con Daniel Odier (2014), y recientemente dio a conocer una de las novelas más audaces y experimentales del autor, Los chicos salvajes (The Wild Boys, 1970), en traducción de Márgara Averbach.

De la misma forma que el Ulises de Joyce, Los chicos salvajes es una obra que se escapa de la retórica y de las representaciones convencionales. El mecanismo de denuncia, además de lo ideológico, requiere de nuevas formas de representación: las invenciones de lo desconocido demandan nuevas formas.

Los chicos salvajes, ante todo, distorsiona la esterilidad retórica, temática y enunciativa de cualquier obra de ficción estadounidense. Fragmenta su prosa en capítulos, apartados, voces (muchas veces del habla popular y de las conversaciones cotidianas), escenas, bloques y recuerdos repetitivos, violentando cualquier forma de uso instrumental o arbitrario del lenguaje. Todo esto, y de la misma forma que Joyce, rodeado de diamantes y descubrimientos poéticos: "Cuando el clima de otoño convierte las hojas en llamas", "Audery era un chico delgado y pálido con el rostro marcado por heridas espirituales infectadas".

Para Burroughs, el propio texto nunca es inocente, y por tanto nunca hay que buscar una relación amistosa entre el autor y el lector. El autor creía que después de años de repetición, las palabras perdían la vida y el significado. Hojas secas de un otoño en St. Louis, ciudad en la que nació.

Lenguaje, virus, control

La narrativa de Burroughs es completamente experiencial, ligada específicamente a sus vivencias con las drogas y los viajes. Esto lo vemos en esta nueva entrega, Los chicos salvajes, pero además en otras de sus obras como Junkie (1953), El almuerzo desnudo (1959) y La máquina blanda (1961). Sus trabajos narrativos tienen una naturaleza política que va más allá de la mera sátira o parodia. El autor no se contenta con burlarse o mostrar el absurdo del mundo en nombre de la inteligencia o el arte. Burroughs quiere denunciar el mecanismo mismo que crea el mal, el virus, profundamente arraigado en la naturaleza y el deseo humanos y que se revela en el lenguaje, la máquina controladora ("palabra-virus") que produce la identificación del deseo a través de la fijación lingüística. Porque el discurso literario y las palabras, para el autor, son enemigos biológicos del hombre, fundamentalmente porque son elementos de representación de los seres humanos y de su lugar en la historia. Después de sus primeros trabajos, en El almuerzo desnudo comienza, al igual que Kerouac y Ginsberg, a experimentar para destruir las formas clásicas. Técnicas como el cut-up, consistente en recortes y collage narrativo, parecen de esta forma revolver al lenguaje para lograr evidenciar, en la mezcla, su contenido parásito o viral.

Es un trabajo en el que se anticipa, como dijimos, lo tardíamente desarrollado por Deleuze. Comparte con este último no sólo el estudio y el interés de las sociedades disciplinarias y de control: comparte áreas de estudio de la biopolítica (poder sobre la vida), arraigado no sólo en campos disciplinarios como la educación y el trabajo, sino específicamente en el área de la salud y la psiquiatría. "Reunión del Congreso Internacional de Psiquiatría Tecnológica", incluido en El almuerzo desnudo, es un claro ejemplo de los mecanismos de implante tecnológico, donde el biopoder controla y explota específicas técnicas para someter a los cuerpos y controlar a la población.

Algo parecido ocurre en el apartado "Viejo Sangre sonríe" de Los chicos salvajes, donde describe los ritos de los pacientes de la Monja Verde (personaje ficcional de la historia): "La Monja Verde escuchaba las confesiones diarias con un detector de mentiras que también podía dar un golpe muy desagradable de electricidad en los lugares desagradables (…). Uno aprende a no tener un pensamiento que dé vergüenza contar a la Monja Verde y a no hacer nunca nada que dé vergüenza frente a ella (…). A los pacientes que se convierten se les permite un cuarto de gramo de morfina todas las noches antes de que se apaguen las luces, privilegio que se retira a todos los pecadores". En otro capítulo de Los chicos salvajes, titulado "Y entierra el pan bien hondo de un chiquero", Burroughs describe un específico JUEGO DE CONTROL: "Filmamos a un grupo de chicos de pelo largo que se cogen unos a otros mientras fuman porros, escupen cocaína en la Biblia y se secan el culo con la gloriosa bandera. Mostramos esa película a ciudadanos decentes, que van a la iglesia, ciudadanos del Bible Belt que hacen todo como debe hacerse. Filmamos las reacciones (…). Cuando mostramos la película a un senador gordo del Sur se le salieron los ojos de las órbitas y regaron de fluidos a nuestros fotógrafos".

Los chicos salvajes

“Los chicos salvajes”, término de amplia y difícil definición. Podría implicar una resistencia efectiva al “control” ejercido. Mejor describirlos, como hace Burroughs, y soltar una estrella en el cielo. Soltar a miles de escarabajos, distribuirlos en todas partes del mundo (norte de África, México, América del Sur, América Central). Una colonia salvaje, una subespecie humanoide, cuyos principios se resumen en la búsqueda de placer: sexo, drogas, distintas formas de violencia. Cuyos principios se alejan de las normas de los adultos, y de la reproducción de las convenciones: tienen la intención de destruir todos los sistemas verbales dogmáticos, la unidad familiar y su expansión cancerígena en tribus, países, naciones. Son jóvenes, drogadictos, homosexuales. Descansan desnudos bajo el sol, en medio de orgías eléctricas, placeres posmodernos y consumo de hachís. No buscan la revolución, sino el olvido de las cosas.
“Los chicos salvajes” se multiplican como un mercado negro de semen: llevan cuchillos, magia, armas láser doradas. Son perseguidos, principalmente por la maquinaria policial de los Estados Unidos y la CIA (quienes los consideraban esclavos de los rusos y de los chinos), pero sus ataques expanden nuevos horizontes: “Algunos de los chicos salvajes no hablan. Para nada. Otros desarrollaron gritos, canciones, palabras que usan como armas. Palabras que cortan como sierras eléctricas. Palabras que vibran y convierten las entrañas en gelatina. Palabras raras frías que caen como redes congeladas en la mente. Palabras que son virus y se comen el cerebro hasta convertirlo en hilachas que musitan. Canciones idiotas que se pegan a la garganta y dan vueltas y vueltas ahí noche y día (…). ¿Alguna vez oyó a la CIA cuando hablan como bebés? ¿Alguna vez vio a los Agentes de Narcóticos haciendo el ula ula en un mambo idiota? ¿Alguna vez vio a un Guardia Chino arrancándose con las uñas las palabras de la garganta? Da una sensación muy rara. Hace falta entrenamiento especial para contactarse con estos chicos...”.
Tal y como sugiere Burroughs al final de esta historia, “Los chicos salvajes” son un desprendimiento que proviene de ciudades del Norte de África (Marrakech, primavera de 1969). Por aquel entonces, había “bandas de combustible” que rondaban los callejones y plazas de la ciudad echándole combustible a cualquiera y después prendiéndole fuego: “Corren por todas partes como manadas de lobos quemando, saqueando, matando (…). La ciudad encendía de noche antorchas humanas que parpadeaban sobre las paredes”.
Los chicos del combustible, sin embargo, fueron combatidos por el coronel Arachnid Ben Dirss, que los llevó hasta afuera de los muros de las ciudades: “Les hizo rapar la cabeza y los pasaron por las armas con metralletas. Los sobrevivientes pasaron a la clandestinidad o se fueron a los desiertos y las montañas donde evolucionaron hasta convertirse en distintas formas de vida y modos de combate”.
Hacia 1989 no hay ningún lugar en el mundo del cual no se pueda encontrar un fragmento de Marrakech, sea una calle de St. Louis, una cantina mexicana, el sur del Sahara o las ciudades costeras.

Ciudades de la noche roja

El Cuenco de Plata tiene ya tres títulos editados de Burroughs: poco tiempo atrás salió Ciudades de la noche roja (1981), el primero de la trilogía The Red Night Trilogy que piensa completar, para más adelante dar a conocer El lugar de los caminos muertos (1984) y Tierras del Occidente (1987). La traducción correrá por cuenta de Mariano Antolín Rato que, bajo el seudónimo de Martín Lendínez, tradujo a gran parte de los autores de la “generación beat”, así como trabajos de Ezra Pound y de William Faulkner.
La traducción y publicación de autores como Burroughs en nuestro país es muy importante. En primera instancia, para salir del colonialismo editorial que llevan adelante los grupos editoriales en España, y cuyas traducciones se asemejan poco a la frescura de nuestra habla. En segundo lugar, y por fuera de las determinaciones económicas, se trata de autores y textos que sostienen y generan una efectiva incomodidad dentro del estéril flujo (programa) de producción, circulación y recepción académica. Sabemos que existen desigualdades extremas de contribución en las diferentes partes del proceso. Bien leído o utilizado, Burroughs es un autor capaz de desestabilizar el paso ganado de las ciencias sociales sobre los estudios humanísticos, su comodidad conceptual y edilicia. Sólo resta esperar a ver cómo el mercado, la sociedad y los medios de comunicación hacen uso de estas palabras, o bien forjan una tradición selectiva (o acaso digestiva) de su trabajo. Palabras ―por cierto― que no se desgastan, y que todavía permanecen llenas de vida.

Así escribe

“Hay muchos grupos esparcidos sobre un área ancha que se extiende desde las afueras del Tánger hasta el Desierto Azul de Silencio... chicos planeadores con arcos y armas láser, chicos en rollers —suspensores azules y cascos de acero, cuchillos de monte de cuarenta y cinco centímetros de largo—, chicos desnudos con cerbatana pelo largo hasta la espalda un kriss en la cintura, chicos con hondas, arrojadores de cuchillos, arqueros, luchadores de puños, chicos que son chamanes y galopan el viento y los que controlan serpientes y perros, chicos con habilidad para hacer enfermedades con huesos y actos de magia que pueden apuñalar al enemigo reflejado en un pozo de agua, chicos que llaman a las langostas y las pulgas, chicos del desierto tan tímidos como zorros areneros diminutos, chicos soñadores que ven los sueños de otros y los chicos silenciosos del Desierto Azul. Cada grupo desarrolló habilidades y conocimientos especiales hasta que evolucionó y se transformó en una subespecie humanoide. Una de las unidades más espectaculares es la de las temidas Hormigas Guerreras compuesta por chicos que perdieron las dos manos en batalla. Llevan bikinis de aluminio y sandalias y cascos de acero muy apretados a la cabeza. Los acompañan músicos y bailarines, asistentes médicos y electrónicos que llevan las armas que ellos tienen atornilladas a los muñones, las meten dentro de las bikinis, se atan las sandalias, se lavan y frotan el cuerpo con un perfume a genitales, rosas y jabón desinfectante, gardenias, jazmines, clavo de olor, ámbar gris y moco rectal. Ese olor poderoso es la primera señal que advierte que están por aparecer. Los chicos más bajos están equipados con pinzas afiladas como navajas capaces de cercenar un dedo o separar el tendón de una pierna del resto del cuerpo. Y cuando atacan hacer sonar sus garras. Los chicos más altos tienen cuchillos de dos filos atornillados a los dos muñones y con esos cuchillos son capaces de cortar un pañuelo en el aire (…).
―Como les dije a las primeras tribus de chicos salvajes eran sobrevivientes fugitivos del terror del coronel Arachnid Ben Driss. Esos chicos adolescentes o púberes se habían visto arrastrados a un remolino de rebeliones, gritos lacerantes, ametralladoras y los habían sacado del tiempo. Migrantes de simios en la grieta de combustible en la historia. Los funcionarios negaron que se hubieran tomado medidas represivas después de las rebeliones inexistentes (…).
Aquí están los chicos cocinando en los campamentos... valle tranquilo junto a un arroyo calmo caras jóvenes que se lavan en el amanecer antes de la creación. Los viejos dioses fálicos de Grecia y los asesinos de Alamut siguen en las colinas marroquíes como pilotos tristes que esperan para recoger sobrevivientes. La melodía de la gaita recorre una calle de St. Louis con las hojas de otoño.
En pantalla un viejo libro con bordes dorados. Escrito en letras doradas: Los chicos salvajes. Un viento frío de primavera mueve las páginas.
Estudian el cielo unos chicos del clima con nubes y arco iris y auroras boreales en los ojos.
Chicos en planeadores que cabalgan un atardecer azul sobre alas en rosa y rosado y armas láser doradas que disparan flechas de luz. Chicos en rollers que trazan círculos lentos en suburbios en ruinas. Una media luna azul de porcelana en el cielo de la mañana.

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