Cultura y Libros

"Las personas vamos cambiando la piel del alma"

La periodista y escritora Ivana Romero llega hoy a Rosario para presentar su último libro, Ese animal tierno y voraz, donde el amor y la vida cotidiana se exhiben en un registro poético tan personal como intenso.

Sábado 08 de Diciembre de 2018

Desde la ventana del departamento se pueden ver las torres de Puerto Madero. Adentro, lejos de la modernidad, un gato de mirar desafiante hace saber que ese es su reino. Por todas partes hay libros, pero sobre todo alrededor de una cama de dos plazas, destendida. Desde los parlantes de la computadora sale una playlist donde conviven Courtney Barnett, Iggy Pop, Bob Dylan, Wilco, Leyla McCalla y Calexico. Aquí vive Ivana Romero (Firmat, 1976), narradora, periodista y por sobre todas las cosas poeta, quien hoy a las 19 en el bar Oui (Mendoza 1098) presenta su nuevo libro de poesía, Ese animal tierno y voraz, editado por Caleta Olivia, con la presentación de Gabby De Cicco y Rosana Guardalá y el cierre musical de la cantante Valei.

Lo primero que quisiera saber es saber cuándo fueron escritos estos poemas, porque el libro está compuesto por dos partes tan definidas como diferentes: "La piel antigua" y "Estrellas perfectas".

—Fueron escritos entre 2014 y 2015. Otro tiempo en lo personal y lo político. Otra piel, digamos. Me refiero a que la primera parte se llama "La piel antigua" justamente porque creo que, como muchos animales, las personas vamos cambiando la piel del alma. En cierto sentido nuestra esencia permanece, pero en tantos otros, la vida nos modifica. Y es bueno dejarnos modificar por ella. Porque también se modifica nuestra sensibilidad. Y es la vida sensible la que nos une al mundo. No lo digo yo, lo dice un filósofo italiano genial que se llama Emanuele Coccia. El mundo no es una extensión, no es una colección de objetos sino las sensaciones que todo eso despierta en nosotros. Es medio abstracto esto, pero me parece interesante la idea de que nos movemos entre las cosas y en ese tránsito construimos una sensibilidad específica en la que nos vinculamos con el mundo. Porque en ese vínculo aparece la posibilidad de la palabra poética. La segunda parte habla, en apariencia, de otros y otras que brillan con luz propia por distintas razones. Esa parte tiene un epígrafe de Wislawa Szymborska que alude a la imperfección, a que las cosas en la vida en general no salen como las planeamos. Me parecía interesante señalar la imperfección porque es lo que me fascinó de las personas de las que hablo ahí. Aun las estrellas de rock son imperfectas. Eso las hace humanas. Y por eso, encantadoras.

Hay poemas que parece que fueran escritos para detener un momento, casi como el gesto de sacar una foto. ¿Vas tras una búsqueda precisa al momento de escribir?

—Más bien, el momento viene a buscarme. El poema busca, sí, detener un instante, como la fotografía. Pero la vida está hecha de muchos instantes diversos. A veces estamos enamorados, a veces estamos melancólicos o enojados. O todo junto. Entonces cada poema tiene su propio estado de ánimo y su propia verdad. Esto no significa que el poema siguiente deba decir lo mismo. O puede decir lo mismo, de otra manera. Una persona se puede pasar la vida escribiendo el mismo poema una y otra vez, bajo distintas formas. Creo que la primera parte va más por ese lado y la segunda indaga un poco más en los otros. Digamos, en la primera indago una y otra vez en mi corazón y en la segunda, sigo el latido de otros corazones. Debe ser el vicio periodístico, que también va dejando su huella.

Es interesante cómo jugaste con cantantes famosas, como Norah Jones o Amy Winehouse, mezcladas con mujeres anónimas, como la cajera de un supermercado londinense o la peluquera de Firmat, poniendo el acento más en lo cotidiano, que de alguna manera nos iguala a todas. ¿Por qué esta elección?

—Hace unos años pude pararme frente a la casa de Amy Winehouse en Londres. La casa estaba en silencio y enfrente, una plaza. Y ramilletes de flores mustias atadas en algunos troncos de la plaza. Amy tenía el mundo a sus pies. Y sin embargo, entre esas flores parecía crecer el olvido. O cierta soledad triste. Esas estrellas perfectas son, de todos modos, humanas. Y ahí es donde no se diferencian de una chica de supermercado. Ni siquiera, de la peluquera de mi pueblo. Entonces empecé a escribir esos poemas, donde Norah Jones camina bajo la nieve o donde Springsteen podría tener un taller mecánico al borde de cualquier ruta de por acá. Su padre, de hecho, trabajaba en una fábrica. Y yo vengo de un pueblo fabril, Firmat, que ahora está pasando un momento horrible, como toda la industria nacional, debido a la crisis económica. Sí, hay un punto donde lo cotidiano nos iguala. Y la poesía es, como decía Diana Bellessi, la pequeña voz del mundo. Una voz que susurra desde lo cotidiano, que surge de las entrañas del habla, de visiones modestas. Así que elegí que cada quien cantara su canción.

—¿Te permitió el ámbito de la poesía escribir estas pequeñas biografías sin las ataduras que implica, por ejemplo, la escritura de una crónica?

—Sí. La poesía va a contrapelo de los otros géneros en el sentido de que no es útil, no circula por los mismos canales de comunicación, no pretende llegar a un lugar como una narración, no está destinada a convertirse en noticia. Y sin embargo, la poesía tiene ritmo y melodía; trabaja con lo mínimo, vuelve a mirar el mundo y a nombrarlo, no de un modo grandilocuente sino con la misma curiosidad con la que lo hace un niño. Entonces me parece que es imprescindible porque esas herramientas son buenísimas para otros géneros, como la narrativa o la no ficción. Esas pequeñas biografías, como decís, son invención, libertad y goce.

Siempre volvés a Bruce Springsteen. ¿Lo escuchaste en vivo?

—Springsteen es como un primo mayor de Firmat. Él nació en un pueblo de New Jersey y tiene mucho de espíritu de pertenencia a su lugar (de hecho, vive ahí nuevamente) y toda una lírica vinculada a personajes anónimos, al amor como riesgo con sus marchas y contramarchas (pero Springsteen tiene mucha fe en el amor), a las rutas fulgurantes como truenos e incluso, a cierta mística espiritual. Todo eso me gusta. Además, es hermoso y tiene mucha onda. Lo escuché en vivo cuando vino en 2013.

La música está muy presente en tus escritos ¿tocás algún instrumento?

—Alguna vez intenté aprender a tocar la guitarra, pero soy un verdadero desastre.

¿Cómo creés que incide en tu obra?

—Me gusta la cultura rock, me interesa. No sé cómo incide en lo que escribo. Pero si leés un libro como Just Kids, de Patti Smith, o la autobiografía de Springsteen o los dos librazos de memorias que sacó Viv Albertine, por ejemplo, no podés quedar indiferente a ese universo, que tiene mucho de sofisticación y cultura popular.


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