Revelaciones

Imaginación que echa raíz en lo eterno

Carlos Rivarola, de breve y turbulenta vida, fue un poeta de voz muy especial, con hondas resonancias filosóficas. Un libro reciente recupera su legado, que merece ser abordado desde una actitud ajena a los prejuicios

Domingo 22 de Agosto de 2021

El poeta y ensayista argentino Carlos Rivarola (1947-75), tuvo una breve y trágica vida. Su poesía es la manifestación de un estado de ánimo filosófico y visceral. Así, buscó poner en relación el mundo ideal con el verídico a través del contacto inicial con la palabra cargada de circunstancias comunes o extraordinarias. Murió asesinado, junto con su compañera Inés María Osti, en condiciones nunca del todo aclaradas. Antes había formado parte de grupos políticos como Movimiento Tacuara y Montoneros, organización de la que habría sido expulsado. Siendo adolescente escribió y editó artesanalmente en su casa dos escritos singulares: Cuando lloren los cierzos y Las tumbas salvajes, ambos de 1966. También saca un par de plaquettes en tiradas reducidas y la revista Ryan-da (única tentativa grupal autoproclamada dadaísta en Argentina y que la presente edición incluye como sobrecubierta desplegable). Lo último que publicó Rivarola fueron tres “anarcopoemas”, dos pertenecientes al libro Contigo morirá el sol (1973), que aparecieron en la revista Antropos (1968/69). Y hay numerosos inéditos, claro; la pormenorizada compilación, introducción y notas al cuidado de Federico Barea y Nahuel Risso hace de esta publicación un logro de exhumación literaria. Aunque desparejo y abierto a múltiples influjos, Rivarola jamás había sido vuelto a ser editado (y casi ni mencionado). El teatro del espíritu (1973) reúne parte de lo que alguna vez escribió y se pudo rescatar tras casi cinco décadas de olvido. La suya fue una propuesta antropofágica que pasó por una alineación con el vanguardismo y demás saberes de los años 60 y 70, sin quedar pegado a ellos. Por eso mismo no tuvo padrinos literarios. Su estilo nació y murió con él.

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En La poesía carnada, abracadabras de la imaginación (1970), Rivarola denuncia las limitaciones de la lengua. Su fracaso, la incapacidad de reproducir los estados del espíritu, “las manchas del ser del espíritu”. Hace una crítica al materialismo dialéctico por reducir a la humanidad a un mecanismo entre estructuras y superestructuras. Aspira a una praxis donde “el logos poético devuelve su gratitud al sentido de la vida”. Busca así racionalizar a la poesía, alcanzando una prosa conceptualizada y que, a su vez, recuerda un poco a Wittgenstein. Sobre todo, en esa atención puesta sobre la lógica de las proposiciones: “Lo ilusorio existe, todo lo que existe es ilusorio, todo lo ilusorio que existe no puede desaparecer”, por ejemplo, haciendo alusión al concepto de “desaparición” como parte de lo existente (y no fuera de ella). Pero es en sus poemas donde Rivarola mejor pone a prueba su decir. Casi todos contienen pasajes e imágenes de densa belleza. Allí la fuga conectiva de los versos no se restringe a las influencias literarias sino que absorben influjos de distintas disciplinas. Versos que luchan contra el hartazgo de la repetición, la sistematización que anula la sensibilidad y reprime la individuación. Pocos autores trabajaron más conscientemente el concepto de la imaginación que él. Rivarola buscó otro adiestramiento de la percepción. Lo hizo a través de su prosa filosófica, dijimos, y más aún, en su escasa pero intensa propuesta lírica. Ese extraño halo profético que resplandece en el tono de su decir. Ejemplos no faltan: “Tú, a quien la palabra Morir hizo que nacieras”, o bien, “El diamante será de nuevo carbón antes de volver a ser diamante, el cuerpo será de nuevo semen antes de nacer de sus cenizas con memoria”. En la manifestación está el fin del arte, no en su propósito.

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Rivarola legó, entre otros valiosos conceptos, varias páginas aludiendo a lo cíclico, como la más precisa (y preciosa) vía de interrogación. Tal vez ningún pasaje lo ilustre mejor que el siguiente: “No hay destrucción donde lo que muere se transforma”. La vida como movimiento de imágenes irreductibles, de repeticiones cíclicas imprevistas. Como en el Finnegans Wake de Joyce, y antes que él, Giambattista Vico, señalan la transformación como fuente vital de un continuo eterno. Entre lo trágico y lo absurdo, el alumbramiento y la ocultación, Rivarola vuelve a revelarnos que aquello que alguna vez conmovió, puede conmovernos también hoy, y aún mañana. La radicalidad de lo imaginante que echa raíz en lo eterno. Destellos de una conciencia ampliada.

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