Cultura y Libros

Historia de las ideas argentinas

Poco tiempo atrás Siglo XXI lanzó una obra trascendente, dada la multiplicidad de temas que abarca y la hondura con que los aborda: La Argentina como problema es una compilación de la cual participaron destacados intelectuales. En charla con Cultura y Libros, uno de sus dos editores, el prestigioso sociólogo Carlos Altamirano, narró la génesis del proyecto y aseguró que en el país surgen "frutos originales, además de buenos".

Domingo 10 de Febrero de 2019

Las compilaciones suelen ser libros de ocasión que sirven para cumplimentar los requisitos de acreditación de lo que se investiga académicamente. Más de una vez son la reunión de una cantidad heterogénea de artículos en los que cuesta encontrar un nudo problemático que los unifique y le dé sentido a su lectura como libro. En el mejor de los casos pueden leerse algunos artículos sueltos a gusto e interés del lector. Afortunadamente esto no ocurre con La Argentina como problema, editado por Carlos Altamirano y Adrián Gorelik. Claramente podemos ver en él un enorme crecimiento de la compilación como género.


En este caso el trabajo se puede leer en el orden en el que fue concebido, y tiene una unidad y un sentido de libro, y no sólo de compilación. Se trata de una forma distinta de historiar el pensamiento argentino del siglo veinte. Las historias tradicionales de las ideas suelen establecer un cuadro temporal en el que se describen y analizan los distintos autores y escuelas, con una sinopsis de sus influencias. Otras, como las planteadas en nuestro país por José Luis Romero, y luego por Oscar Terán y Tulio Halperín Donghi, intentaron hacer una historia de las ideas, en las que se haga hincapié en el contexto de su producción y en la forma en la que pensadores, y grupos políticos y sociales las tradujeron y se las apropiaron, a veces "traicionando" sus orígenes europeos. Este último es un tema crucial en una historia de este tipo ya que, por ejemplo, el liberalismo argentino fue una adaptación particular de su original europeo.

La Argentina como problema sigue la línea planteada por esos grandes historiadores, y nos propone pensar a través de los que pensaron, en distintos momentos históricos las características y los problemas de nuestro país. La idea de problema está planteada en sus dos acepciones, tanto en el sentido de dificultades para conseguir un objetivo programático (por ejemplo, el desarrollo económico o la estabilidad democrática), como en el de enigma a despejar con el auxilio del conocimiento.

El libro está dividido en nueve partes que a su vez tienen entre dos y cuatro capítulos. La primera parte habla de las visiones liberales, que fueron las constitutivas de la consolidación del Estado nacional, y continuaron, con distinta suerte, en el siglo pasado. Así, comenzamos el recorrido pensando junto a dos liberales emblemáticos, Joaquín V. González, que actúa y escribe en el momento en el que esa visión del mundo está en pleno auge, y luego con Federico Pinedo, que lo hace en el momento de su decadencia. La segunda parte, "Comunidad imaginada", alude al concepto de nación de Benedict Anderson y se analizan las concepciones de Ricardo Rojas y José Ingenieros acerca de la Nación y de la historia.

La tercera parte sigue con el tema de la Nación, pero esta vez centrándose en la asimetría entre las falsas unidades que serían Buenos Aires y el interior. El primer capítulo lo hace a través de la discusión entre dos santafesinos: Juan Álvarez y Manuel Gálvez, que a su vez tienen en su imaginario dos representaciones del interior: una expresada por la modernidad de Rosario y el otro por el tradicionalismo de la ciudad de Santa Fe. Los otros capítulos se ocupan de las ideas del santiagueño Bernardo Canal Feijoo y la propuesta comunalista del cordobés Saúl Taborda.

La cuarta parte se ocupa de los caudillos y las masas, tema que se planteó en la cabeza de muchos frente a los grandes líderes políticos del siglo XX: Yrigoyen y Perón. Los trabajos nos introducen en ese tópico con las reflexiones del escritor Alberto Gerchunoff, el jurisconsulto socialista Carlos Sanchéz Viamonte y el historiador José Luis Romero.

El siguiente apartado tiene como nudo problemático los obstáculos del progreso, y allí podemos ver los distintos momentos en los que la preocupación se centró en el latifundio, y luego analizar la compleja y contradictoria figura de Raúl Prebisch y su idea del desarrollo económico.

Más adelante llega el tema de la Nación pero en clave estrictamente política. La clase dirigente y la oligarquía como problema a través del pensamiento de la derecha nacionalista y algunos de sus pensadores, como Julio Irazusta. Luego vemos al grupo de intelectuales que se congregó en Forja, imaginando la posibilidad de una Argentina desconectada cultural, política y económicamente del mundo. Y contemporáneamente nos introducimos en el pensamiento de uno de los intelectuales más brillantes del comunismo argentino: Héctor Pablo Agosti, del que analiza la idea de nación inconclusa, cuya base sería la inmigración.

Los mitos y pasiones los recorremos a través del Martín Fierro y sus lecturas en la década del 40, a partir de los textos de Amaro Villanueva, Carlos Astrada y Ezequiel Martínez Estrada. La modernización de los 60 y sus clases medias la podemos ver con una relectura de la idea de "medio pelo" de Arturo Jauretche, como clave de la inautenticidad de un sector de la sociedad argentina y adentrándonos en el mundo intelectual de otro parasociólogo como fue Julio Mafud, un autodidacta que intentó una sociología de la vida cotidiana en la Argentina, hoy olvidado pero que tuvo gran éxito editorial en su momento. Vemos cómo empezó a construirse el mito de la Evita revolucionaria en los 60 a través de los escritos de Rodolfo Walsh, David Viñas y Juan José Sebreli.

La última parte tiene sólo dos capítulos, el primero va hacia el rescate de los textos de Tulio Halperín Donghi sobre el siglo XX y nos sorprendemos con los análisis que hacía este notable historiador en la década del 60 del fenómeno peronista. Finalmente, el último capítulo aborda a dos de los más lúcidos sociólogos del siglo XX: Juan Carlos Portantiero y Guillermo O'Donnell, ambos cruzados por el problema de la democracia.

Todos los trabajos combinan una contextualización del clima de ideas de la época en la que escriben los pensadores trabajados y los itinerarios biográficos de cada uno de ellos, es decir que es una historia del pensamiento y también una historia de los intelectuales, o sea de los productores de carne y hueso. En eso también se diferencia de las historias de las ideas tradicionales, que pueden tomar los datos biográficos, pero a lo sumo como agregados pintorescos o falsamente eruditos de la descripción sinóptica de ideas. Aquí la posición social, personal y en el campo intelectual, si bien no determina linealmente un pensamiento, es una variable explicativa más que permite entender a los autores. Así, la subjetividad es un tema importante en el análisis de los pensadores, ya que se explora la faceta más ensayística de ellos, incluso de aquéllos que fueron profesionales más sistemáticos y académicos de la historia y las ciencias sociales como Halperín Donghi, Portantiero y O'Donnell.

El libro nos invita a una lectura desprejuiciada y al mismo tiempo contextualizada de algunos intelectuales argentinos, a los que habíamos injustamente descartado, quizás por anacrónicos o por prejuicios ideológicos. También uno puede encontrar en ellos algo más que un testimonio documental (tendencia muy fuerte entre los que nos formamos en la historia), y sobre todo sorprenderse con la lucidez o la falta de ella al analizar su presente. Acompañar en sus reflexiones a quienes pensaron en el pasado, puede servirnos para pensar nuestro presente y ser conscientes de las limitaciones que tenemos para entenderlo. Finalmente, el libro nos transmite la imposibilidad de buscar respuestas concretas a nuestro presente en los pensadores trabajados. Sería cometer una enorme injusticia con ellos que, con mayor o menor rigurosidad pero con gran honestidad intelectual, comprender y encontrar soluciones a su presente y no al nuestro.

Los que se ocuparon de la edición y compilación del libro fueron dos académicos ya consagrados en la historia de las ideas, Carlos Altamirano y Adrián Gorelik, y participaron en los distintos capítulos autores más conocidos por el público como ellos mismos, Fernando Devoto, Silvia Sigal, María Teresa Gramuglio y Hugo Vezzetti, y otros menos conocidos fuera del mundo académico pero consagrados dentro de él, como Martín Bergel, Adriana Petra, Jimena Caravaca y Laura Ehrlich, entre otros. Todos tienen una extensa trayectoria en la investigación de estos temas y provienen de distintas disciplinas que convergieron en esta propuesta, cuya idea original fue la de hacer una colección de pensamiento argentino, reeditando a una serie de autores que marcaron nuestro siglo XX. Los que originalmente se pensaron como estudios introductorios se convirtieron en capítulos de La Argentina como problema.

Carlos Altamirano, uno de los editores del libro, dialogó con Cultura y Libros.

-¿Cuál es la propuesta del libro?

-Nuestra intención fue hacer una contribución a la historia del pensamiento argentino en el siglo XX, a través de un trabajo colectivo. Existen, por supuesto, obras que han encarado ese mismo objeto. Pienso, por ejemplo, en el libro de José Luis Romero, Las ideas argentinas en el siglo XX, que cronológicamente abarca algo más de la mitad del siglo pasado, y algunos de cuyos capítulos son ya clásicos. Si queríamos introducir alguna novedad debíamos plantearnos qué recortes podían hacerse en ese corpus, cómo proponer entradas que no habían sido exploradas. Teníamos en mente una famosa fórmula de Sarmiento: "El mal de la Argentina es la extensión". Podría decirse que la tesis de Sarmiento era la respuesta a una pregunta, por ejemplo, ¿cuál es el mal de la Argentina?, o ¿cuál es el problema argentino?

-¿Cómo se trasladaron esas preocupaciones fundacionales al siglo XX?

-Al trasladar esta interrogación al siglo XX, inmediatamente se veía que el país había sido problematizado de muchos modos, que individuos y grupos habían ofrecido diferentes definiciones del "mal" que nos aprisionaba o que producía nuestra decadencia, se localizaba en diferentes agentes, estructuras, condiciones del ser de que estábamos hechos. Ilustro esto con un tópico que el libro no aborda, el de la composición étnica, que para algunos intelectuales como Lucas Ayarragaray ofrecía la clave de los infortunios del país. Todo esto dio para el planteo de la propuesta. Después las conversaciones con quienes invitamos a colaborar y dos seminarios terminaron por redondear lo que finalmente se materializó en el libro.

_¿Se puede hablar de un pensamiento argentino original?

-Si hablamos de los grandes marcos intelectuales, tenemos que decir que no son invenciones nuestras, que los recibimos, los importamos o nos llegan de afuera (no importa aquí cómo definamos la relación del país con la cultura occidental, en primer término con la europea). No ocurre otra cosa, por otro lado, con las formas y géneros con que escriben nuestros escritores. Pensemos en cualquiera de los verbos ideológicos que se declinan entre nosotros -el del liberalismo, el nacionalismo, el socialismo, incluso ese mix que llamamos populismo y que muchos creen impar-, siempre estaremos conjugando algún verbo europeo, continente que también tuvo y tiene sus mix. ¿Necesito nombrar el existencialismo, el estructuralismo, la desconstrucción, etcétera?

-O sea que habría cierta "recreación", al traducir el pensamiento occidental.

-Podríamos decir, recurriendo a Bourdieu, que las ideas viajan, pero viajan sin sus contextos. Se podría observar, entonces, que el contexto opera o (puede operar) una "refracción" en el proceso de asimilación y uso de determinado objeto intelectual. Una "refracción" rioplatense o latinoamericana, digamos, que produce frutos originales, además de buenos. En fin, hay que ver los casos, porque en esto nos son los programas los que cuentan, sino los goles, como en el fútbol.

-La mayoría de los capítulos del libro exploran el costado ensayístico, por lo tanto no sistemático y a veces subjetivo de los pensadores trabajados. ¿Se pueden encontrar en ellos análisis válidos de su momento histórico?

-Yo escribí para el libro sobre Tulio Halperin Donghi, partiendo de una pregunta: cuál era el juicio del siglo XX que se podía extraer de sus escritos. Y pude detectar, creo, su lucidez y lo que enseñó a ver de nuevo (por ejemplo, la década de 1930), así como sus ilusiones, sus esperanzas y también sus decepciones. Creo que en Juan Álvarez o en Bernardo Canal Feijóo también pueden encontrarse juicios y observaciones que todavía hacen pensar.

-¿Hay hoy (2019) una producción ensayística al estilo de la que hubo hasta la década del 70?

-Opinando a ojo, diría que en nuestros días hay tanta o más ensayística que en los años 70 (supongo que se refiere a la primera mitad de esa década). El ensayo sigue siendo el género de los intelectuales escritores. Piense, por ejemplo, en quienes deben ser los intelectuales más reconocidos de las últimas décadas, Beatriz Sarlo y Horacio González. Ellos no sólo ejercen el género con gran eficacia, sino que hacen de la práctica del ensayo una forma de cultivar la diferencia con respecto a lo que entienden como discurso y la cultura académicos.

-Las ciencias sociales y la historia, ¿siguen teniendo cierto "desdén" por el ensayo?

-Las ciencias sociales hoy ya no tienen la arrogancia del pasado. Hay sociólogos, como en los años sesenta y primeros setenta, pero no sé cuántos creen, como se creía entonces, que la sociología era la disciplina que tenía las respuestas correctas. No me animo a hablar de la historia, menos en singular, porque hay tantas formas en que se practica actualmente la indagación historiadora. Sólo diría que no hay un paradigma hegemónico. Ocurre en todo el mundo.

-Iván Jablonka dice, (en La historia es una literatura contemporánea. Manifiesto por las ciencias sociales), que la historia y la sociología están legitimadas en la universidad y la sociedad y deberían abrirse a la literatura. ¿Qué piensa de esa afirmación?

-El libro de Jablonka es inteligente e interesante de leer, pero me parece que llamarlo "manifiesto", como hace el autor es exagerado. Porque en realidad abre puertas que ya estaban abiertas. Me parece que la conciencia de las dimensiones literarias de la operación histórica tiene sus años. No estoy en condiciones de hacer una reconstrucción histórica, pero apoyándome sólo en lecturas hechas un poco al azar, recuerdo el libro de Paul Veyne, Cómo se escribe la historia, cuya edición original en francés era de 1971. En ese libro, Veyne ya destacaba que la historia no podía separarse enteramente de la literatura, que el discurso del historiador ponía en juego recursos literarios. Poco después vendría la obra de Hayden White, Metahistoria, que abrió un nuevo capítulo en la historia intelectual en los Estados Unidos, y ya en los ochenta, la gran obra de Paul Ricoeur, Temps et recit, en fin, una serie de estudios que harían saber al historiador, como dice Roger Chartier, cualquiera sea su forma, escribe relatos y produce textos. Veo a Jablonka siguiendo esa huella.

-Ver cómo otros pensaron algunos problemas, ¿sirve para pensar los temas contemporáneos?

-No lo sé, ojalá, pero la verdad es que no pensamos el libro con ese propósito.

Bio

Carlos Washington Altamirano nació en 1939. Es uno de los intelectuales más destacados de la Argentina y ha dedicado gran parte de su producción a la historia intelectual. Es profesor emérito de la Universidad Nacional de Quilmes, investigador del Centro de Historia Intelectual de dicha universidad e investigador principal del Conicet. Tiene una vastísima trayectoria tanto en sus libros como en emprendimientos editoriales y fue, junto a Beatriz Sarlo, uno de los editores de la Revista Punto de Vista. Entre sus libros podemos mencionar Literatura/Sociedad (con Beatriz Sarlo, 1983), Ensayos argentinos: de Sarmiento a la vanguardia (con Beatriz Sarlo, 1997), Frondizi: el hombre de ideas como político (1998), Peronismo y cultura de izquierda (2001), Bajo el signo de las masas, 1943-1973 (2001), Para un programa de historia intelectual (2005); Intelectuales. Notas de investigación sobre una tribu inquieta (2008).


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