Cultura y Libros

El salto al vacío de la invención

Obra tras obra, Betina González se afianza como una de las más seductoras narradoras argentinas.

Sábado 03 de Noviembre de 2018

Desde su portada, el último libro de cuentos de Betina González, El amor es una catástrofe natural (Tusquets, 2018) anuncia lo irremediable que trae consigo toda catástrofe, junto a la imprevisibilidad de todo afecto. En la imagen de tapa, una mujer —vestido estampado, balerinas blancas— está cayendo, o siendo arrastrada... No hay término exacto para definir ese gesto, pero sí es evidente el movimiento armónico, el equilibrio en la caída. No hay resistencia. Hay, más bien, un desprenderse del control: un dejarse llevar, que será también anuncio de las trece historias que componen el libro.

El título también dialoga con lo desestabilizador: la palabra amor unida inmediatamente a la idea de catástrofe. Afectos como catástrofes naturales: eso hacia lo que vamos, y de lo que no podremos huir.

Betina González fue la primera mujer en ganar el premio Tusquets de novela con Las poseídas. Residió nueve años en Estados Unidos, donde se recibió de magíster en creación literaria y posteriormente se doctoró en literatura latinoamericana. Regresó a la Argentina en el año 2012.

Las historias de El amor es una catástrofe natural nacieron gracias a diversas lecturas del género, que fueron llevando a González a retomar este formato. La escritora había publicado anteriormente Juegos de playa, obra que incluye cuatro cuentos más una novela corta (Clarín-Alfaguara, 2008), y las novelas Arte menor (Clarín-Alfaguara, 2006), Las poseídas (Tusquets, 2013) y América alucinada (Tusquets, 2016).

"Desde hace dos o tres años que estoy leyendo muchas colecciones de cuentos, quizás por eso me puse a escribir relatos cortos, a pensar esa forma. Leo según mis amores pero también según mis cursos, y como estuve enseñando taller de cuento, me concentré en eso. Margaret Atwood, Bluebeard's Egg (El huevo de Barbazul) y Stone Matress. Lucia Berlin, Manual para mujeres de la limpieza. George Sounders. Casi todos los de Alice Munro. Antes, Lorrie Moore y Miranda July. Y de por acá, La luz mala dentro de mí, de Mariano Quirós, e Imposible salir de la tierra, de Alejandra Costamagna".

Los cuentos de este libro se abren con una cita de un poema de Alejandra Pizarnik, Sala de psicopatología: "Ese jardín es el centro del mundo, es el lugar de la cita, es el espacio vuelto tiempo y el tiempo vuelto lugar". Y así como en la sala de Pizarnik "se amuebla el escenario vacío del silencio", de la misma forma trabajan estas historias: de vacío en vacío —la pausa que va de cuento a cuento— hay un relato cuyo centro del mundo nos habla de tramas en las que cualquier cosa podría suceder. En ellas aparecen personajes "embellecidos por la desobediencia" cuyas transgresiones tomarán diversas formas: mandatos que desmontar, expectativas que no cumplir, amores indebidos de los que curarse.

Son cuentos poblados de situaciones inquietantes. Como sucede con el pozo por el que cae Alicia en el país de las maravillas: a medida que nos adentramos en las historias, miramos alrededor y nos preguntamos qué irá a pasar a continuación. Caemos en un espacio habitado de palabras del que una fuerza natural no nos dejará salir. Y de la que seguramente tampoco vamos a querer desprendernos, hasta no haber llegado al final.

Tampoco sabemos, como le sucede a Alicia, si el pozo-universo de estos cuentos es muy profundo, o es que nosotros —lectoras, lectores— caemos muy lentamente. Pero poco importa: nos dejaremos llevar en esa caída, y en ese movimiento nos transformaremos en niña, en médico, en hermano. En una hija que le habla de pájaros a su padre anciano mientras lo conduce hacia quién sabe dónde, en una niña que se siente desplazada por sus padres, en un paramédico que cruza la ciudad para asistir a un bebé inconsciente.

El tono rítmico y sin pausa de algunos de estos cuentos puede quitar el aire: Modos de matar a un niño, Aprender a nadar o El llamador son historias que no sólo se leen, como pretendía Cortázar, de un tirón, sino que se lo hace reteniendo involuntariamente la respiración. Preguntándonos en cada avance de línea si eso que sospechamos efectivamente sucederá. Hay que entrar con cuidado en estas historias, suspender la voluntad y dejarse llevar. Son cuentos que nos arrastrarán con sus personajes bien construidos y con sus sólidas estructuras argumentales. En algunos de ellos González no solo despliega maestría en la construcción de la historia, sino también en un trabajo con el lenguaje de exquisita orfebrería. En Aprender a nadar, escribe:

"Siente el sol en la cara, en los brazos, en todo el cuerpo y la niña quiere decir algo como «gracias» pero no lo dice porque para eso está la risa, esa urgencia del andar, una pierna más rápida que la otra, los pies eficientes en esos zapatos, que pisan cardos, pisan charcos, pisan flores. La niña corre.

Corre y aplasta una flor rosada. Se detiene. «Perdón, flor», dice, porque le han enseñado que las flores no se pisan. Pero hay esa urgencia que no se sabe bien qué es (algo del cuerpo que se impone) y no le queda otra que volver a correr y pisar: flores, papeles, tierra, escarabajos".
Un género que dialoga directamente con estas historias es el cuento de hadas tradicional: "Todo este libro es un trabajo muy delicado y amoroso con el relato maravilloso, sin por eso salirme del realismo —explica González—. En el corazón de este libro está el vértigo, el deseo de la invención pura. El «qué pasaría si» que es la pulsión verdadera de toda ficción. ¿Qué pasaría si una mujer cría a su hija entre gatos, si un padre engaña a su hija, si un castigo a un niño sale peor de lo que se pensaba? Esas preguntas son el corazón narrativo de estos cuentos".

—¿Cómo es un día en tu vida? ¿Cómo conjugás el diario vivir con este oficio? ¿Sentís por momentos que otros trabajos, ocupaciones, incluso afectos, le "roben" tiempo a la escritura?
—Escribo por las mañanas, trato de mantenerlas libres de obligaciones. No siempre es fácil, sobre todo desde que volví a la Argentina. En mi familia saben que no atiendo el teléfono durante esas horas. Escribir es lo primero que hago luego de desayunar, trato de ir hacia la escritura con la mente limpia, y por eso no veo mails o redes si estoy trabajando en un texto: lo dejo para después. Tampoco creo que haya que exagerar el tema de la producción: la escritura me ata al ser, es una felicidad muy única, algo muy mío y muy íntimo que le da sentido al día, no es por una cuestión de productividad que mantengo esa rutina sino por un placer que no encuentro en ninguna otra cosa que hago. Pero a la vez, eso no quiere decir que sea lo único importante. Los afectos y la enseñanza son elementos igual de importantes para mi felicidad. Amo enseñar. Trato de hacerlo poco porque me agota. Soy intensa en todo lo que hago.

—En La verdadera experiencia de la pampa, el narrador comienza el relato diciendo: "Estamos hechos de accidentes". ¿En qué medida la escritura en tu vida contiene esa cuota de "accidental" y en qué medida hay planificación o "cabeza"?

—Es difícil medir eso. Te diría que un exceso de una cosa o la otra es malo para la escritura. Cada escritora debe encontrar el balance propio entre control y "libertad". Por otra parte, la ficción es puro accidente, es empezar por un lado y llegar a donde ni te imaginabas. Es parte del disfrute de la invención. Cómo el texto parece escribirse solo pero a la vez cierra porque hay cierta organicidad o elegancia de la forma literaria que se lo exige. Ahí está el control. Es parte de la magia narrativa.

—¿Cuál es tu cuento preferido, de estos trece que componen el libro?

—Los amo a todos. Estoy en ese momento supremo de enamoramiento que luego se te pasa al lanzarte a otro desafío. Jane Austen consideraba que sus libros eran sus hijos... bueno, eso. No tengo favoritos sino momentos favoritos dentro de los cuentos. Momentos en los que puedo evocar el salto al vacío de la invención. El hermoso desbarrancarse del texto. El salto hacia adelante. Casi como una gracia que descendiera sobre mí al escribir. Así fue el momento en que ingresaron los sapos parlantes en Lobos y diamantes y la resolución narrativa de El amor es una catástrofe natural. Momentos de gracia. Ursula Le Guin le llama "la ola en la mente". No confundirse: no es "inspiración". Es la propia mente hundiéndose en sí misma y levantando una especie de maremoto bello e imprevisto.

—Son cuentos que comparten cierto tono de la contundencia, de lo inquietante, de lo salvaje... ¿Fue deliberado?
—Nada es puramente deliberado ni puramente azaroso, es una combinación de ambos. Hablar de esto es como preguntarle a un pez cómo hace para nadar. Tomo esa analogía de Flannery O'Connor. Un pez no tiene nada que decir sobre ese arte: nada y listo. Ella concluye que la experiencia, el saber hacer algo, siempre produce silencio, no se puede explicar. Hay que intentarlo una y otra vez. Es una práctica. Como cualquier otro arte, un conocimiento de la experiencia.

—Si en Las poseídas se desmonta el tema de la heteronormatividad, ¿podemos decir que en este último libro hay una búsqueda por desmontar la idea del amor romántico en muchas de sus tóxicas variantes: maternal, de pareja, entre hermanas/os?
—No. Espero que no. No quiero desmontar nada, al menos no así, no es una "intención" mía. Mi pulsión es puramente narrativa e interrogativa y al narrar supongo que sí o sí interrogás y te peleás con la normas. Por otra parte, los hermanos, me parece, salen muy bien parados, reivindicados en su amor, en este libro.

—En otra entrevista decías que "sólo cuando estás en mayor control de tu escritura, y ya no te importa si publicás o no publicás, algo se libera". Incluso mencionás que, si pudieras, quemarías Juego de playa o Arte menor. ¿Hay nuevas búsquedas en tu escritura? ¿Sentís que lo logras en este último libro?

—Como te dije: soy una intensa, una vehemente, una exagerada. Y muy crítica e impaciente: la primera víctima de esas características soy yo misma. No suelo tratarme con mucha piedad. Siempre escribí con la conciencia de que la tarea es titánica y que iba a ser muy difícil para mí ser buena en ello; pero que ser buena, a la vez, casi nunca es suficiente. No basta con ser buena, hay que ser genial —así pensaba Pizarnik y a mí también me pasa—. ¿Y quién puede vivir con tremenda presión? Por suerte el sentido del humor siempre me rescata. Cuando dije eso de quemar mis libros, me divertía pensando en que Bioy o Borges sacaron libros suyos de circulación, libros de juventud. No es que odie a mis dos primeros libros. De hecho narrativamente están muy bien; es que ahora mis búsquedas son otras. Y sin duda, escribir esos libros me permitió acercarme más a ser la escritora que quiero ser. Sobre lo último que preguntás: si sintiera que encontré lo que buscaba, no escribiría más. Cada libro es un desafío distinto.

—En el cierre del libro mencionás que el juego es la razón primera de este libro. Y, además, que tus estudiantes alimentaron tu escritura. Me generaron intriga estos agradecimientos...
—El juego es la primera razón de toda ficción. Lo dije antes: el what if o el "qué pasaría si...". Eso lo aprendí con mis hermanos Luis y Carlos, por eso les agradezco. Ellos todo el tiempo están poniéndole apodos a cada uno de los miembros de la familia, riéndose, inventando historias. Me obligan a reírme de mí misma. No sería escritora sin ellos en mi vida. Siempre me apoyaron y me incentivaron en esos juegos. Además, son grandes lectores. En cuanto a mis alumnos: enseñar, igual que traducir, es apropiarse de verdad de los textos y las formas. Solo al querer enseñar a otro un arte, ese arte se clarifica en toda su maravilla para vos misma.

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