Cultura y Libros

Cuando aquel que está contando es más importante que lo que se cuenta

Sepulcros de vaqueros reúne tres textos inéditos de ese notable prosista que fue el chileno Roberto Bolaño, quien dejó una obra póstuma de magnitud aún desconocida.

Domingo 11 de Febrero de 2018

Cuando Roberto Bolaño murió, mientras esperaba un trasplante de hígado, a la escueta edad de cincuenta años, pocos sospechaban que el escritor que había sacudido la narrativa en español con esa irreverente obra maestra llamada Los detectives salvajes dejaba un legado literario póstumo que, a causa de su insospechada extensión, podía compararse con el del gran poeta portugués Fernando Pessoa.
Enterado de la grave enfermedad que lo aquejaba, y que finalmente le costó la vida, el novelista y poeta chileno había emprendido un frenético tour de force que se extendió durante una década, cuyo resultado final fue una serie de obras que van siendo publicadas paulatinamente, a pesar de que muchas no están concluidas.
En esa nutrida lista la más conocida es la monumental 2666, cuya intrincada estructura parece fruto del oficio más que de la inspiración auténtica que caracteriza a sus mejores trabajos. También merece ser citada la recopilación de su poesía, La universidad desconocida, donde algunas gemas brillan entrañablemente, rodeadas de experimentos fallidos.
Bolaño, sin dudas, era consciente del riesgo que asumía. Lanzado a nadar en las aguas abiertas del idioma, lo hizo con insólita voracidad. Sin embargo, lo que quedó después de semejante frenesí no se encuentra a la altura de sus mayores logros.
Los tres relatos que integran Sepulcros de vaqueros tienen, pese a ello, momentos en los que su irrepetible originalidad se hace presente. En el primero de ellos, Patria (escrito, según la esposa del escritor, Carolina López, entre 1993 y 1995) reaparece uno de los inolvidables personajes bolañescos, Arturo Belano, uno de los dos quijotescos héroes de Los detectives salvajes y alter ego del autor. Es acaso en este inclasificable texto donde se encuentra lo mejor de este volumen que, por cierto, se lee de una sentada.
En los dos posteriores, Sepulcros de vaqueros (1995-1998) y Comedia del horror de Francia (2002-2003), los desniveles resultan más notorios, si bien la prosa raya, en ocasiones, a gran altura. Y es aquí donde radica la clave: sencillamente, a veces pareciera que no importa demasiado lo que Bolaño esté contando, sino que quien lo cuenta es él.
Dueño de un oído incomparable, auténtico maestro del ritmo, su impronta de poeta aparece como un relámpago. Y a pesar de que manifestó en múltiples oportunidades su admiración por Borges y su afinidad con Bioy Casares, a juicio de quien esto firma la marca estilística fundamental que el chileno luce en el orillo es la de Julio Cortázar.
En esta época en que tan frecuentemente se confunde escribir con el mero hecho de redactar, y mientras la inmensa mayoría de los narradores expone una prosa tan neutra como previsible, leer a Bolaño constituye un inmenso alivio.
Bolaño —la obra de Bolaño— ratifica que la antorcha del verdadero talento no se ha apagado, pese a todos los intentos que sistemáticamente realiza el llamado mercado, liderado por los tanques editoriales manejados desde España.
Bolaño —la obra de Bolaño— dio pruebas concretas, sobre todo con Los detectives salvajes, de que para vender muchos ejemplares no es necesario traicionar el habla ni renunciar a la literatura.
Lástima que se fuera tan joven.

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