
Ya hace cuarenta años
que nosotros empezábamos
a tener cuarenta años, con apenas veinte.
Hubo una aceleración, un bombardeo.
De protones, de iones, de futuros clonazepanes.
Vaya uno a saber. Estábamos perdidos.
Habíamos perdido la noción. Pero no la nación
de nuestras convicciones.
La cantidad invertida en libras esterlinas
por el enemigo, era inversamente proporcional
a la colecta de Pinky y Cacho Fontana.
Yo era estafeta: el que tenía que llevar la palabra
a donde la tecnología del cable del dínamo
de la Segunda Guerra Mundial no llegaba.
¡Y vaya que llevaba ese miedo del subteniente
ante cualquier decisión! Yo iba, siempre.
Tenía que repetir como un loro la estupidez
de su pregunta. Las balas me pasaban como peces,
mientras nadaba en un océano de fuego.
Parece mentira. Ya hace cuarenta años
que nos empecinamos en tener siempre veinte.
La batalla no termina.
Resistimos.
¡Oh, honor!, no nos abandones.
Los fantasmas de la Patria se aparecen
cuando la oscuridad suena tremebunda.

