En una época donde la mayoría de los escritores noveles todavía pugnan por imitar a Cortázar o a Carver o a Lorrie Moore o escribir sus desdichas “basadas en hechos reales”, o peor, con una neutralidad lindante con los prospectos médicos, Ana Dobson (1970, Rosario), trae el asombroso refresco de un fantástico puro, casi intocado, a la manera sólida y entretenida de un canon: Stevenson, Borges, Bioy, Philip Dick, Silvina Ocampo o Ursula Le Guin. Asumido ese registro, la autora nunca lo suelta y en los 22 relatos del libro, con gran destreza y convicción hace lo que debe un texto de ficción: instalarnos en esa fisura tan compleja donde la realidad vacila, se duplica, a veces se desvanece o se desliza a posibilidades inexplicables, de apariencia incausada, pero siempre verosímil, y de seguro, mucho más rica, compleja y polisémica que la crónica o la bajada de línea de moda. Dobson encuentra tesoros de poesía, de la imaginación y de la psique en los desatinos de la lógica y de las ciencias, pero no a modo de burla torpe sino desde los principios de incertidumbre, relatividad o cuántica, curiosamente, tópicos centrales de las ciencias duras del siglo pasado. En estos cuentos subyace con claridad la sospecha de que algunos paradigmas realistas y empíricos, aun comprobados o comprobables, como la materia, el tiempo o el infinito, son los corruptores de nuestras certezas, y siempre producen objetos y situaciones inquietantes, a veces de horror o de vacío metafísico que nos sobrecogen y que revelan, tarde o temprano, la condición laberíntica de la humanidad y la existencia. Hay una especie de velo secreto o mantra o consigna de estos relatos: el horror siempre acecha la maravilla, una niña juega en un triciclo a hacer mandados o una pareja va de turismo al desierto o un jovencito quiere darle el primer beso a su compañera de clase, pero nada es lo que parece, ni están en el lugar ni en el tiempo que leemos, ni siquiera son los sujetos que dicen. En la relación compleja entre lectura y escritura que propone Las secuencias, se construye una poética singular que exige que el lector se vuelva consciente de su trabajo activo en la continuación del texto. Las fantasías de acción o realismo mágico de Dobson se realizan constantemente en una doble enunciación, está lo real y luego está lo que se escande o se abre al borde de lo real en un permanente desvío al terreno de la ficción. Y allí, en esa fisura aparecen fenómenos de perplejidad, de dicha o de sabiduría. “No hay átomo en el espacio que no encierre un universo ni universo que no sea también un átomo” (Borges, La esfera de Pascal).


























