Salud Pública

Una "perla" en la Salud Pública municipal

Sábado 25 de Septiembre de 2021

Soy médica, trabajo en el Hospital Carrasco y en el Cemar de la ciudad de Rosario. En noviembre del 2020 me contagié de Covid. Estuve internada un mes e intubada 14 días, crítica, al borde de la muerte. Esto me dejó con muchas secuelas propias de esta enfermedad, tuve que aprender a caminar de nuevo. Tengo una polineuropatía del paciente crítico, es una lesión en los nervios, en una pierna, que me causa mucho sufrimiento aún tomando calmantes muy potentes. Estoy anticoagulada porque tuve un tromboembolismo pulmonar, también en tratamiento con hierro por haber sufrido una hemorragia digestiva estando en terapia intensiva. Cuando pasé a la sala no reconocía a nadie, sólo a mi madre y a mi esposo. Perdí todo mi cabello, entre otras cosas. Estoy con muchas rehabilitaciones por la pérdida de masa muscular a causa de tantos días de internación y por el mismo Covid: 11 kilos en total con sus consecuencias. Por ejemplo, ahora no puedo subir ni bajar cordones de las veredas ni usar escaleras porque pierdo el equilibrio. Todo esto me hace depender de que alguien me acompañe para ir a cualquier lado: no soy libre. El cansancio es una constante en mi vida a nueve meses de la enfermedad. La angustia y los duelos, cosas con las que tengo que convivir. ¿A qué viene todo esto? Cuando me dieron el alta en un sanatorio de la ciudad, me trajeron en camilla y me depositaron en el sofá de mi casa. No me habían dado indicación alguna de tratamiento ni de soportes. Al enterarse de esto, mis colegas que trabajan en el Servicio de Internación Domiciliaria de la Municipalidad de Rosario, por propia iniciativa, se ocuparon de mí inmediatamente y comenzó su trabajo en equipo: ¡Impecable! Vinieron ese mismo día a mi casa médicos especialistas para evaluar mi estado, establecer un tratamiento y dar curso a las necesidades de mi internación domiciliaria. Me proveyeron de lo más necesario por encima de lo básico: la cama ortopédica y un colchón antiescaras, por el cual pude descansar mejor, y una silla de ruedas. Día por medio venía la kinesióloga y trabajaba sobre mi pie izquierdo que había quedado caído, torcido y sin sensibilidad. Los profesionales de cuidados paliativos calmaron el dolor, totalmente insoportable y severísimo. Un gesto de sus saberes y de misericordia. Clínicos y enfermeros, que me evaluaban periódicamente, curaban mis escaras, enseñaban a colocarme la heparina, cuidaban que mi sonda vesical estuviera en buen estado y la cambiaban, me sacaban sangre para los análisis. E incluso choferes que antes de terminar sus turnos me traían medicación si me había quedado sin ella. La atención era casi a diario. Escuchaban el desasosiego de mi impotencia por límites de todo tipo y humanamente me acompañaban en esta pérdida de salud, en este duelo tan penoso. Hace 15 años que vengo trabajando como médica clínica en diferentes efectores de la Municipalidad y si bien solicitaba la necesidad de atención domiciliaria para alguno de mis pacientes, no sabía que desde ese humilde lugar del subsuelo del Cemar se montaba este despliegue de acciones interdisciplinarias coordinadas desde un enfoque de equipo. No sabía de la excelencia con la que este staff de profesionales empáticos responden rápidamente a las diferentes necesidades de los pacientes, de la humildad y cercanía con la que nos atienden desde un proyecto de atención posinternación. Me faltan palabras para agradecer a cada uno de ellos. De los que me atendieron con semejante dedicación y experiencia y tanta ternura. No puedo nombrar a uno por uno porque después del Covid la memoria no es la mejor y no quiero dejar a nadie por fuera de este profundo reconocimiento al servicio. Gracias a esto yo recuperé en pocos meses muchas de mis funciones para el desenvolvimiento diario, entre ellas caminar sola, por lo tanto recobré gran parte de mi autonomía. Mi agradecimiento especial a la médica Gabriela Faguaga, jefa del Servicio de Internación Domiciliaria, que puso en marcha diligentemente este “rescate” de mi alta, la movilización de este equipo, valioso, calificado y eficaz. En Rosario, en un humilde lugar del subsuelo del Cemar, hay una “perla valiosa y escondida”: el Servicio de Internación Domiciliaria de la Secretaría de Salud Pública.

Patricia Estefano

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