Comienzo esta mañana de febrero con un mensaje de una querida amiga periodista que reside en Suiza: “Hola, fijate en swissinfo.ch (uno de los portales de noticias más importantes de Suiza) que sale una nota sobre tu ciudad”. Entro al link, la nota se titula “Rosario, la orgullosa ciudad natal de Messi que sangra por la violencia”. Comienzo a leerla mientras pienso: ¡Otra más! Hace unos días un amigo desde Madrid me enviaba la nota de El País: “La violencia desangra la ciudad argentina de Rosario” y, por supuesto, estos importantes medios internacionales no hacen más que reflejar la tremenda realidad de violencia y desidia que pareciera no encontrar un techo en su brutalidad y salvajismo. Aquí más cerca, el “decano de la prensa argentina” informa sobre las particularidades de la obscena fiesta mafiosa que hace días en pleno centro de Rosario precedió a otro brutal crimen que incluyó el ametrallamiento de una bebé de un año. ¿Cuánto más bajo se podría caer?. Rosario cuadruplica al menos la tasa de homicidios en la Argentina. Hasta se la ha comenzado a llamar “la Sinaloa del sur”. ¿Qué rosarino podría haberse imaginado treinta años atrás esta situación? ¿Por qué Rosario pasó de ser una ciudad normal por aquel entonces conocida por su cultura, por su desarrollo agroindustrial a ser el símbolo de la violencia delincuencial y narco?. Ya están encendidos todos los semáforos, se tocó fondo. Naturalizar este horror sería el prólogo de un camino sin retorno. No tomar medidas drásticas, limitarse a describir la situación no alcanza y hace personalmente responsables a los funcionarios políticos en función que, por otro lado, forman parte de los partidos que vienen manejando la cosa pública en estas décadas. Cinco homicidios en algo más de un día, ametrallamiento de domicilios, comerciantes extorsionados, familias destrozadas, jóvenes que emigran, una ciudad que va siendo estigmatizada con las tremendas consecuencias sobre su economía y desarrollo, ya de por sí vapuleados y estancados por las políticas populistas, verdadera máquina de impedir que asfixia a los heroicos emprendedores que aún quedan. La Rosario de nuestros ancestros se hizo a sí misma en base a valores de libertad, desarrollo integral, sentido de pertenencia, pero también con una gran dosis de coraje porque como bien expresaba Winston Churchill: “Sin coraje las otras virtudes carecen de sentido”. Es un momento demasiado crítico para no tomarlo en serio: si quienes están en la función pública no pueden, no saben o no quieren deben dar un paso al costado, está en juego la vida de las personas, la existencia misma de Rosario tal la conocemos y aprendimos a amar.


























