Me llamo Marisol y vivo en Rosario. Llevo toda una vida padeciendo anorexia nerviosa, un trastorno alimentario que me diagnosticaron a los 16 años en Aluba. Comencé con esa patología a los 12 años y se fue agravando con el consumo de alcohol y drogas, además de varios intentos de suicidio y autoagresiones. Recorrí un largo camino por diferentes instituciones de mi ciudad sin encontrar una salida y una respuesta a mi dolor. Hoy, a los 33 años, prácticamente al borde de la muerte, mis amados terapeutas salvaron mi vida. Desde lo más profundo de mi corazón siento el deseo enorme de hacer público este agradecimiento al doctor Javier Unsaga, mi psiquiatra, y a mi psicóloga Silvia Scapinello, ambos terapeutas del Centro de Salud Nº 22 Pedro Liza de Rosario. Ellos son los que nunca me abandonaron y sé que no me abandonarán, los que me dan fuerzas para seguir y me acompañan día a día. También, a un mes de mi intervención, quiero agradecer al mejor hospital neuropsiquiátrico, la Colonia de Oliveros, por salvar mi vida. Gracias a todos por el amor, la contención, el cuidado y el afecto con que tratan a todos los pacientes. Gracias por hacerme sentir que soy un ser humano. Gracias al director de esta hermosa colonia, al personal de enfermería y ambulancia, a los talleristas y personal del comedor, gracias también a cada uno de los médicos del plantel: clínicos, psicólogos y psiquiatras. Después de 21 años de estar viviendo en un infierno, gracias a todos ellos comencé a vivir de nuevo. El amor que llevan en el corazón es tan especial que curan el alma y la mente. Gracias por devolverme la vida.
























