Bicentenario

Un taller de fotografía con chicos reveló otra mirada sobre el barrio Toba

Una tarde de junio, cuenta Marie Duclau, mientras “paseaba” por el barrio Toba junto a un fotógrafo de La Capital, un chico los detuvo y les preguntó quiénes eran. “Ella viene de lejos”, le dijo el reportero. “¿De Santa Fe?”, arriesgó el niño. “No, más lejos”. “¿De Chaco?”, sugirió esta vez. “No, más lejos ¿Sabe de dónde viene?”.

Sábado 09 de Agosto de 2008

Una tarde de junio, cuenta Marie Duclau, mientras “paseaba” por el barrio Toba junto a un fotógrafo de La Capital, un chico los detuvo y les preguntó quiénes eran. “Ella viene de lejos”, le dijo el reportero. “¿De Santa Fe?”, arriesgó el niño. “No, más lejos”. “¿De Chaco?”, sugirió esta vez. “No, más lejos ¿Sabe de dónde viene?”. El chico se decidió por el punto más lejano al que alcanzaba su horizonte: “Noooo ¡De Bolivia!”, se asombró, convencido de su acierto.

Ahora, cuando el cielo cargado de tormenta deja paso a una luz tenue sobre el baldío de Juan José Paso y Travesía, la joven francesa sonríe cuando relata la anécdota, y mira a su alrededor: los niños y los perros han copado tempranamente la muestra de fotos montada entre unos árboles, y corren de una imagen a la otra señalando vecinos, parientes, rostros y rincones cotidianos inmortalizados en papel fotográfico.

Marie Duclau, estudiante de cuarto año de sociología de la Universidad París VII, venía de mucho más lejos, y su propósito con la experiencia que realizó en el Complejo Educativo Rosa Ziperovich tenía que ver, también, con la ruptura de los horizontes que habitualmente limitan la mirada sobre la vida en el barrio Toba. “La idea era dar la oportunidad a los chicos de expresar su visión de su espacio de vida; un espacio que está estigmatizado por todos lados, que cuando sale en el diario sólo se conoce por cuestiones vinculadas con la violencia, la delincuencia, los desalojos. Yo quería dar un enfoque más cultural, más lúdico a eso, y ofrecerles la oportunidad de expresar lo que querían. Para mí la foto es un modo de expresarse, como podría ser la poesía o el baile”, señala Duclau.

Durante cuatro encuentros, y con la ayuda de la maestra Beatriz Cosetti, el reportero gráfico Francisco Guillén, y personal de la Escuela Bilingüe Taygoyé, Duclau trabajó con un grupo de 22 chicos de entre 9 y 12 años cuestiones básicas vinculadas con la historia de la fotografía, el proceso de realización y revelado de imágenes, la importancia de la mirada, y la necesidad de romper prejuicios sobre la capacidad que posee cada uno para mirar y disparar el obturador.

Al final llegó el momento de pasar a la acción: la estudiante europea repartió 11 cámaras descartables entre los alumnos de cuarto grado, con la consigna de que registrasen diferentes aspectos de su vida cotidiana, y a los dos días regresó a buscarlas. “El resultado es que sacaron fotos maravillosas”, dice Duclau mirando una vez más las ampliaciones expuestas sobre cartones.

Animarse. “Siempre hay gente que dice que no, que los chicos no saben sacar fotos, que cómo van a hacer, qué cómo se van a llevar las cámaras, que las van a perder y no las van a traer. Bueno, ellos se entusiasmaron y se llevaron las camaritas. Mirá las fotos que sacaron los chicos que no sabían sacar”, señala con orgullo Beatriz Cosetti. “Creo que estas fotos son verdaderos documentos de lo que ellos podían hacer, porque se sienten maravillosos habiendo hecho esto”, dice.

Cerca de las 17 del domingo, en el baldío que anticipa el barrio Toba conocido como El Piso, las ampliaciones de las fotos mecidas por el viento exhiben rincones, rostros, lugares de paso, miradas transparentes o cargadas de sentido, vistas panorámicas. Es un lugar común de los comentarios de la tarde, pero inevitable: parece increíble que alumnos de 9 a 12 años que nunca antes tuvieron una cámara en la mano hayan sacado esas imágenes. Cada tanto llega de las inmediaciones el olor dulzón de la basura. A la exhibición ya se han acercado algunos docentes de la escuela Taygoyé, y las primeras madres con sus hijos en brazos. Debajo de un árbol, Marie Duclau reparte una bolsa de caramelos entre los chicos que gritan “¡yo, seño, yo!”.

Un día después la muestra llegará al salón de la Alianza Francesa, con la intención de abrir un espacio de diálogo sobre la relación “centro-periferia”. Pero ahora la exhibición es para ellos, los que habitan el territorio que ellos mismos han fotografiado. Sobre una rama del árbol, encima del enjambre infantil y de los perros, la joven parisina ha colgado un cartel impreso, con el nombre de la exposición: “Yo miro, tú miras, él mira, nosotros miramos...Once ojos”.

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