Educación
Sábado 22 de Octubre de 2016

La muerte y los estigmas que golpean a pibes de los barrios

El asesinato de Alberto Ruiz Díaz movilizó a sus amigos y docentes a pedir justicia y por el fin de la violencia.

Ramiro sostiene uno de los extremos de la bandera sobre las escalinatas de Tribunales. Aunque quizás sea lo que representa esa bandera con la imagen de su amigo Alberto "Cachi" Ruiz Díaz lo que de ahora en más lo sostenga a él. Pierde la vista sobre el horizonte y mira sin ver. Dice que desde que asesinaron a su amigo, cuando regresaba de jugar a la pelota, el barrio Municipal ya no es el mismo. Que hasta se perdió entre los pibes el ritual de juntarse para tomar una gaseosa "en el medio", como llaman al lugar donde se sentaban a mitad de cuadra de Grandoli, entre Esteban de Luca e Hipócrates. Con la determinación que proviene del dolor por la ausencia revela: "Se fue el mejor de nosotros".

Cachi, como lo llamaban sus amigos, tenía 18 años y era alumno de 4º año de la Escuela Madres de Plaza 25 de Mayo. En la madrugada del 2 de octubre pasado fue baleado desde un auto blanco en barrio Municipal. Allí se crió y pese a que desde hacía algunos años vivía con su familia en barrio Triángulo, donde se encuentra la escuela, todas las semanas regresaba al Fonavi de Grandoli y Gutiérrez, donde sigue viviendo su abuela, para estar con sus amigos de la infancia. Por eso el dolor se multiplica por dos: entre los pibes del barrio y los compañeros de la escuela. Dos barrios que aún buscan una explicación para una joven vida apagada con el plomo de las balas.

El viernes 14 de octubre, familiares, amigos y docentes se manifestaron frente a Tribunales para pedir Justicia por el crimen de Cachi. "Se fue el mejor", repiten sus amigos. "Era una buena persona, no se merecía esto", dicen sus compañeros de la escuela. Los pibes de barrio Municipal llevan remeras con una frase estampada en el dorso: "Que la tristeza de haberte perdido no me quite la alegría de haberte tenido". Una de las banderas reza la estrofa de una canción de La Beriso: "El día menos pensado, yo me iré hacia el otro lado solo para estar con vos y escuchar escuchar tu voz".

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Pero por detrás de la muerte de Cachi asoma la tensión que sacude a los barrios y al compromiso de las escuelas por construir un destino diferente. Los chicos, por su parte, también hablan de los estigmas y de la violencia institucional que los atraviesa tras el arribo de los fuerzas federales a la ciudad. El lado B de la "pacificación".

Estigmas

Los testimonios de los chicos de barrio Municipal y Triángulo son coincidentes. Además del dolor de convivir con la noticia cotidiana de pibes que mueren de forma violenta, deben sobrellevar la mirada que ante cada muerte los sentencia que "en algo estaban metidos" o que "seguro algo habrán hecho". Uno de los chicos cuenta el temor que vivencian cuando los paran los gendarmes: "Si no les hacés caso a lo que te dicen o por ahí si no pusiste los pies así, juntos, te dan tremenda patada". Otro de los adolescentes presente en las escalinatas de Tribunales relata un violento episodio que le tocó vivir semanas atrás, cuando regresaba de noche de trabajar. Cuando bajó del colectivo se topó con un grupo de gendarmes que lo increparon. "¿De dónde venís?, ¿a dónde vas?", le preguntaron. "Me pidieron los documentos, les dije que me los había olvidado y me empezaron a pegar en las costillas". Otro de los chicos agrega: "Por todo lo que está pasando ya no me pongo más la gorrita".

De esta situación se hacen eco quienes conviven a diario con los chicos y las chicas. La preocupación no es menor y las escenas se reiteran. En una reciente reunión de docentes de distintas escuelas, una profesora contó el caso de un joven a quien las fuerzas de seguridad le encontraron un cigarrillo de marihuana y como castigo se lo hicieron comer.

Marcela Albertossi es docente de matemática en la Madres de Plaza 25 de Mayo, la escuela a la asistía Cachi. Lo tuvo en primer año y lo describe como un chico "dulce, cariñoso, impecable y siempre con una sonrisa". El día de la concentración frente a Tribunales lleva un cartel escrito sobre cartulina verde que dice: "Queremos despedir a nuestros alumnos porque egresan del secundario, no para dejarlos en el cementerio". Rodeada por sus alumnos la profesora cuenta que dentro de la escuela no hay violencia y que incluso desarrollan un proyecto de juegos que por lo innovador también replican otras instituciones de la zona.

Por iniciativa de toda la comunidad educativa, desde marzo de 2013 la escuela de barrio Triángulo lleva el nombre de las Madres de Rosario. "En la escuela se trabaja bárbaro. Nosotros luchamos para que los chicos puedan tener una mejor calidad de vida. Y tenemos el apoyo de las Madres que vienen y charlan con ellos", subraya la profesora de matemática.

"Queremos despedir a nuestros alumnos porque egresan del secundario, no para dejarlos en el cementerio"

Norma Vermeulen, integrante de Madres de Plaza 25 de Mayo, también manifiesta su dolor por la prematura muerte del chico de 18 años. "Nosotras —reflexiona Norma— vamos dos veces por año a la escuela, así que es muy posible que haya estado con él ahí. Pienso que mi deber es estar con ellos. No quiero demostrarles que una tiene miedo, pero no por mí sino por ellos. He visto a lo largo de mi vida muchas de estas cosas que están pasando y temo, porque apuntan a los jóvenes". Y ni bien dice esto, camina lento hacia los chicos que cortan la calle frente a Tribunales para ayudar a sostener una de las banderas que recuerda a Cachi. Con el nombre y rostro del pibe aún sonriente, tal como lo recuerdan sus amigos.

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Conflictividad social

La violencia que padecen los jóvenes, sobre todo los de los barrios más vulnerables, duele a la docencia santafesina. Una preocupación que aumenta tanto por los robos, las peleas entre bandas como por la vuelta de Gendarmería y los apremios de las fuerzas de seguridad. Un programa impulsado por la Secretaría de Cultura de Amsafé provincial se propone abordar estas complejas dimensiones del conflicto social de la vida colectiva. Se llama "Conflictividad social y educación". Reconoce las voces de los educadores y las experiencias que ya están en marcha, por eso se para en tres ejes iniciales: la violencia institucional y memoria, la violencia de género y la constitución de los lazos intergeneracionales.

"Los docentes están muy preocupados, porque son quienes viven esto, no sólo en la escuela sino cuando transitan en la ciudad. Y además son quienes se paran ante las injusticias", describe María de los Angeles "Marita" Menna, dirigente de Amsafé e integrante de los Equipos Socioeducativos provinciales, junto a un grupo de docentes que aportan a la construcción de la iniciativa.

¿Después del asesinato de Alberto se acercó alguien del Ministerio a la escuela? "Vinieron del Programa Lazos pero de entrada dejaron en claro que no era para hablar de un «caso particular» sino en general de los problemas relacionados con la violencia", cuentan sobre el desentendimiento de Educación provincial con la vida del estudiante asesinado. En las escuelas más afectadas por los conflictos sociales no es novedad esta manera de actuar del Estado provincial. La respuesta de Educación "siempre ha sido tapar", "no darse por enterado" corriéndose de esas situaciones, "dando licencias a los docentes o trasladándolas de escuelas".

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El crimen de Alberto no es el único, pero muchos docentes temen hablar, no saben cómo enfrentar esas situaciones que generan angustia, dolor e impotencia. "No hay voluntad de ponerles palabras a esta situación, y eso genera temor. Nuestra apuesta es ponerles palabras y acción: de qué manera nos vamos a organizar en las escuelas para enfrentar esta situación que lastima a nuestra sociedad y a nuestros pibes. Cómo hacer para que tengan un lugar, para que sean escuchados y también se pueda hacer algo", expresa Marita Menna sobre el desafío que tienen por delante. Los datos estadísticos confirman la alarma que recorre las aulas: según el Observatorio de Seguridad Ciudadana, en lo que va de 2016, son 155 las víctimas de los conflictos barriales, en su mayoría varones, jóvenes de entre 14 y 27 años. Muchos, claro, alumnos.

"Después de la muerte de Alberto, vinieron del Programa Lazos pero de entrada dijeron que no era para hablar de un caso particular"

Analizan que el mensaje no puede ser el de la impunidad ni naturalizar los crímenes como el de Alberto: "Tenemos que desterrar la idea de que no pasó nada, que va a quedar impune o no le importa a nadie, o que en una reunión con equipos del Ministerio no se puede hablar del tema. No les puede quedar a los chicos que se muere uno de ellos y no pasa nada. En términos de justicia y de reparación, la violencia institucional enlaza con la cuestión de la memoria porque no podemos quedarnos callados frente a esto".

Los chicos y las chicas aprenden, se informan sobre sus derechos ante un acto de apremio, sin embargo a la hora de ejercerlos les resulta muy difícil, tanto como animarse a hacer una denuncia cuando son maltratados por las fuerzas de seguridad. "Los pibes saben sus derechos pero poder ejercerlos es una situación muy difícil, más ante alguien que tiene un arma", alertan las docentes y se paran firmes para torcer esta mirada de "que hacen lo que quieren total no va a pasar nada".

El Programa Conflictividad Social y Educación se abre como una política de trabajo para que las violencias crecientes que afectan a las escuelas no se traten como casos aislados o excepcionales. Se apoya en esa tarea en la historización de los procesos, las experiencias que ya están en marcha, las leyes que atienden a los derechos de las infancias y adolescencias, a través de los equipos socioeducativos y otros que trabajan en el territorio. También de las historias de vida de sus alumnos, como la de Alberto "Cachi" Ruiz Díaz, que seguirá presente.


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"La escuela nunca nos abadonó", valoran en el dolor los padres de Cachi Ruiz Díaz, Alberto y Daniela.
"Hasta los 18 siguió jugando a las bolitas"

"Era excepcional. Yo lo levantaba todos los días siete y cuarto, siete y media. No desayunaba en mi casa porque desayunaba en la escuela. Y por lo que me dijo el maestro era muy buen alumno, muy educado, muy respetuoso con las maestras, saludaba todas las mañanas... Yo lo único que quiero es justicia porque están culpando a una persona inocente, que hace ocho años atrás jugaba con sus amigos a la bolitas, nada más que cada uno agarró su rumbo ¿entiende? El mío se quedó jugando a las bolitas, hasta los 18 años siguió jugando a las bolitas, a las cartas, se peleaba con los hermanos por las figuritas. Era un chico muy bueno e inocente. Y me lo han quitado. Lo único que pido es justicia". Las palabras de Alberto, el padre de Cachi, se suceden una a una hasta que lo gana la emoción. Está con Daniela, su esposa y la mamá del chico asesinado en barrio Municipal, parado frente a Tribunales. Al lado Maxi y Tiago sostienen un cartel que reclama justicia por su hermano asesinado.

Entre lágrimas la madre agradece de corazón el apoyo de los amigos del barrio y compañeros de estudio, también de los profesores. "La escuela nunca nos abandonó", les sale a los padres del corazón para rescatar el apoyo más firme que habían recibido hasta ese momento.


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