Educación
Sábado 22 de Julio de 2017

"Es duro dar clases cuando un chico tiene hambre", describen maestras de Nuevo Alberdi

Docentes cuentan la realidad en la que enseñan. Colaboran con un merendero en ese barrio del noroeste de Rosario..

Es sábado por la mañana. La llovizna, el frío y el gris del día acentúan la pobreza del barrio. Al final de la calle Luzarriaga al 2400, Nuevo Alberdi, vive Daiana Wabrisezewiez, una joven mamá que hace seis meses abrió un merendero; primero en el interior de su casa, pero como el número de chicos pasó rápidamente de 15 a unos 180, ahora despliegan unos tablones en la calle y sirven leche con algo rico que acompañe. Daiana también es ex alumna de una secundaria de la zona. Un profesor se enteró que necesitaba una mano para atender tanta demanda, lo compartió en la escuela donde todos los días son testigos de cómo crece, cómo duele la pobreza. Otra maestra hizo correr la voz y hoy ya son unas quince docentes las que voluntariamente se turnan y van los lunes, miércoles y viernes por la tarde, o sábados por la mañana, a darles la leche a los chicos. "Es duro dar clases cuando un chico se te desmaya porque no comió, que tiene hambre, y vos sabés que lo único que esperan es que llegue la copa de leche o la hora del comedor", se escucha decir una y otra vez.

El sábado pasado —por el mal tiempo— el merendero funcionó en la entrada techada de una de las viviendas del barrio. Al frente de esa casa se para Daiana y comienza a desandar esta historia: "Empezamos hace seis meses, por febrero, con la copa de leche los lunes, miércoles y viernes a las cinco de la tarde. Después me entero que una nena se desmayó de hambre en la escuela, ahí decidimos sumar los sábados, para hacer más corto el fin de semana y llegar al lunes".

Al merendero Corazón Solidario, como lo llaman, asisten nenes y nenas desde muy pequeños hasta adolescentes. También los abuelos. La mayoría de los chicos son alumnos de las escuelas 133, 1226 y 1400 de la zona. Todas ofrecen a sus alumnos la copa de leche y las dos primeras además tienen comedor escolar. Las docentes admiten que la comida que reciben ahí es suficiente y están bien asistidos. Pero también que no alcanza, porque para una buena parte de estos chicos es a veces la única comida de toda la jornada. El único y último plato de cada día es el que reciben en la escuela. Un panorama que, lejos de cambiar, se profundiza.

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De la calle a la escuela

Daiana apunta que además están los más chiquitos que no van al jardín y necesitan de esta ayuda. También arman bolsones de comida que distribuyen entre unas 50 familias del barrio. La falta de trabajo y el desempleo crecientes nada ayudan para salir adelante. "En los barrios más humildes se siente mucho, no hay trabajo, la plata no alcanza. La mayoría viene a buscar harina para cocinar y una taza de mate cocido para llevar algo al estómago. Muchos trabajan haciendo changas, como peones de albañil, pero con el mal tiempo de la semana que pasó muchos no pudieron trabajar, y si no trabajan no cobran", describe las cuestiones cotidianas que le dan más sentido al merendero.

"Hace seis meses comenzó a funcionar el merendero con 15 chicos. Hoy son 180. Por eso docentes y padres dan una mano"

Daiana tiene 24 años, es mamá de tres varones y siente orgullo del trabajo solidario que despliegan en el barrio, una forma de darle otro rumbo a una historia personal marcada por las violencias de todo tipo. "Nosotros somos del norte, mi mamá se separó de mi papá y vinimos a Rosario en el 2000, con mis tres hermanos, escapando de él, de lo que se llama violencia de género. La verdad es que ni sabíamos dónde estábamos. Yo me dedicaba a pedir monedas en el semáforo para poder vivir. Me pasaron muchas cosas que te marcan, sufrimos varias situaciones violentas por andar así. Por eso tratamos de armar esto para que los chicos no tengan que andar en la calle, se sientan contenidos, y si tienen hambre siempre habrá algo para ellos. A mí la escuela me ayudó un montón, y ahora están todos acá (los docentes), dando una mano".

La escuela ocupa un lugar clave en la vida de esta joven. Primero la ayudó a salir de la calle, a mostrarle un horizonte donde la esperanza tiene un lugar. Terminó la educación obligatoria en una escuela pública de Nuevo Alberdi. El secundario en la Nº 539 que comparte edificio con la primaria Nº133. Allí Luciano Sirtori enseña inglés. Es el profesor que se enteró de lo que su ex alumna sostenía en el barrio y preguntó cómo colaborar. La pregunta se hizo palabra y la palabra otra acción decidida de maestras y maestros. Ahora son unos 15 los que se turnan para ayudar a preparar y a servir la leche en el merendero tres tardes a la semana y los sábados entre las 10 y las 12. Otro buen número reúne donaciones, pasa la voz y colabora también a la distancia. Fuera del horario de trabajo, incluso los fines de semana y también en vacaciones de invierno.

"Llega el lunes a la mañana en la escuela y los chicos tienen hambre. Algunos pasan el fin de semana con una sola comida o mate cocido"

Entre el arte y el comedor

Cintia Pérez está entre esas maestras. Es profesora de artes plásticas en la Escuela Nº 133 "20 de Junio", que queda también en Nuevo Alberdi, del otro lado al barrio del merendero, de la ruta 34. Dice que un día en clase descubrió a una de sus alumnas con los labios blancos, al rato se le desmayó de hambre. Otro día un nene del turno tarde le preguntaba insistentemente cuánto faltaba para la leche. "No había almorzado, su mamá había ido a reclamar la asignación universal por hijo que no logró cobrar. Llegó tarde. O no hizo a tiempo de hacerle de comer o no tenía para darle. La cuestión es que no aguanté más y me lo llevé al comedor de la escuela. Siempre hay algo para darles. Ese nene no llegaba a la hora de la copa de leche". Así de triste es lo que cuenta Cintia, algo que, asegura, se replica en las escuelas más vulnerables de la ciudad.

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Su relato se extiende en otros del día a día, de cómo es enseñar en estos contextos, donde la panza chilla mientras se los invita a descubrir la belleza del arte, la ciencia o las letras. "Esto es un error, que un niño tenga hambre para mí es un error. Muchas veces les hablamos de los derecho del niño, y te miran como diciendo dónde sucede eso. Los días de lluvia no pueden salir por el barro, ni para ir a la escuela, ni a comer ni salir con el carro. Esto nos pone a los docentes en una situación de angustia permanente".

La pretensión del merendero es extenderse, crecer y habilitar otros espacios como una huerta y una biblioteca. Para eso buscan más ayuda y donaciones de todo tipo: desde materiales de construcción hasta ropa para paliar el frío y comida que nunca sobra.

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También ayudan con ropa y calzado que se pueda reunir.
También ayudan con ropa y calzado que se pueda reunir.

Llegar al lunes

En la casa de Daiana están Valeria Vaquero y Samanta Cooreman, maestras de primarias públicas en Nuevo Alberdi y La Cerámica, y Rocío Gómez, asistente escolar. Están preparando unos muffins para los chicos del barrio. Rocío, que estudió gastronomía, es quien está al frente de esta preparación. Las tres disfrutan del momento. Dicen que es el lugar donde sienten que hay que estar, porque allí están también sus alumnos.

Valeria enseña en la 1.226 Gesta de Mayo y en la 1.400 conocida como la primaria de Zona Cero. "Me parte el alma cuando recién terminaron de desayunar y te preguntan por el comedor", confiesa la maestra, quien sostiene que es en estos momentos de crisis cuando hay que estar y que la escuela es la única institución que siempre sigue en pie. "Tenemos que acompañar a nuestros alumnos, es importante que nos vean aquí, que estemos", insiste, y nombra a sus compañeras que se hacen presente de otra manera, donando yerba, leche, azúcar, masitas.

"Me parte el alma cuando recién terminaron de desayunar y te preguntan por el comedor. tenemos que acompañar a nuestros alumnos"

Samanta Cooreman tiene 26 años, da clases en la 133 y desde hace dos meses concurre al merendero. Dice que el peor día de cada semana es el lunes. "Llega el lunes a la mañana y los chicos tienen hambre. Es duro dar clases cuando el chico tiene hambre, llora o vomita porque tiene el estómago vacío. Por eso no dudé en estar acá, además son nuestros alumnos. Algunos pasan el fin de semana con una sola comida o con un mate cocido".

Como buenas maestras, sienten la preocupación de que los chicos tengan un espacio para el juego. Así se las ingenian para que dibujen o salten en un castillo inflable que consiguieron trasladar al barrio. No sin que pasen los mismos sobresaltos que se viven también en las escuelas, como aquella tarde que llevaron uno de esos inflables, se cortó la luz y los chicos se quedaron mirando.

También tratan de organizar alguna salida, como la que hicieron a la Escuela Itinerante cuando pasó por Rosario. Justo coincidió con el fin de semana, y la escuela impulsada por la Ctera proponía espacios para los chicos. Hasta allí llegaron, en un colectivo que les facilitó el gremio docente, con mate y medialunas y unos sándwiches de milanesa que prepararon las mamás del merendero. Todo se vive así, de manera amorosamente solidaria. Samanta lo describe mucho mejor: "Si bien se ve mucha falta de todo, esto alimenta el alma, por lo menos me lo tomo así".

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Doble compromiso

En ese grupo de docentes el sábado pasado también estaban Rocío Margarita Gómez, Adrián Méndez y Laura Castro. Laura, como sus compañeras, está con su guardapolvo. Siente un doble compromiso de estar ahí, por lo propio de la preocupante situación y porque quienes la padecen son sus alumnos. "En realidad me gustaría que esto no pasara, pero la realidad es que pasa y acá estamos", opina sobre la decisión que toma de asistir al merendero.

Sobre un tablón dispuesto a un costado de la calle se abren unos bolsones de ropa. Son varias las mamás que se acercan y hurgan por algún abrigo. Muy cerca unas nenas corren, otros tres chicos se divierten intentando subirse juntos a una misma bicicleta. Hasta que asoman unos "panchos riquísimos", tal como los describen, y todos se apuran por un lugar en la mesa. Mientras los esperan unos nenes se presentan: Tiago, Jonatan, Pablo... y el pequeño Matías, que no se despega de su dibujo y lo sostiene al revés para una foto. Daiana se pone la remera violeta furioso, que en letras rojas dice "Corazón solidario". No puede ser más justo el nombre.



Daiana, la mamá corazón solidario

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Daina, integrante del merendero.
Daina, integrante del merendero.

Una sonrisa permanente acompaña a Daiana. El merendero Corazón Solidario la mantiene todo el tiempo ocupada, trabajando por el barrio, en especial por los chicos. Una revancha que le da en la vida a quien conoció qué significa estar en la calle, pidiendo para poder comer, expuesta a todo tipo de violencias.

Agradece una y otra vez la presencia de las maestras y docentes, que asisten por fuera del horario de su trabajo, de clases, aun en vacaciones de invierno a ayudar a servir la leche o bien organizar algún juego y entretenimiento para los más pequeños. También de las organizaciones que colaboran con comida, con recursos para prepararlas y con materiales de construcción. La idea es levantar un espacio propio frente a su propia casa, darle un techo propio al merendero y poder así proyectar otras actividades. Las maestras ya sugieren para ese lugar una biblioteca.

En el merendero también se destaca la participación permanente de un grupo de padres de la Escuela San José Obrero. "Nos llegó el pedido de Cintia (la maestra de plástica de la primaria 133) para dar una ayuda y que fue muy claro", cuenta Pablo, uno de esos papás que colabora con el merendero. Pablo ayudó con unos tablones para tapar parte de la zanja de la cuadra donde los chicos toman la leche; también con un bebedero al que abastecen de agua potable. Cuenta que la parroquia de la escuela también reúnen ayuda.

Con un cuaderno en mano, Mónica, otra mamá de la Son José Obrero, releva la fecha de cumpleaños de las nenes y nenas del barrio. "Vamos a festejar cada semana los cumpleaños. Y si podemos, si nos dan los números, también hacerles un pequeño regalo", saca cuentas muy optimista.

"Hay días que tenemos y otros que no. Yo estoy contenta con todo esto, es una ayuda para nosotros", dice Lorena una joven del barrio, madre de dos varones y otro en camino. Junto a ella está su mamá Catalina, también mamá de un nene de once años que asiste a la primaria 133. "Es una buena idea, hay mucha gente que necesita esta ayuda, pero además es un lugar para que se diviertan un rato, no estén siempre en la calle y eso está muy bueno también".

Para colaborar: Corazón Solidario tiene una página de Facebook: Merendero Corazón Solidario

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