Cultura
Domingo 18 de Junio de 2017

"Nos emociona un discurso que se ha perdido"

Claudia Piñeiro es una de las escritoras de mayor éxito en la Argentina. En su última novela, Las maldiciones, que presenta en la ciudad el próximo jueves, explora el áspero terreno del poder. En charla con Cultura y Libros mostró su nostalgia por una forma de hacer política que parece pertenecer al pasado

El mecanismo suele ser similar: hay una imagen que circula y da vueltas hasta establecerse como la precursora de la historia por contar. Un destello. Una pizca de lo que vendrá. Así relata Claudia Piñeiro (Buenos Aires, 1960) cómo surgen las historias de sus novelas. Y ella, entrenada en los oficios del cine y de la literatura, observa y retiene, para luego desarrollar. A veces estas imágenes no sólo sostienen la historia y la motivación sino que aparecen en los libros, como sucede con Las maldiciones (Alfaguara, 2017). En esta novela la escritora imaginó a dos personajes, Román Sabaté y Fernando Rovira, dialogando mientras caminan por una playa. Una especie de duelo dialéctico: uno de ellos, el jefe, fundador del partido político Pragma, necesita algo de su empleado. Y de la historia que se desarrolla, el lector descubrirá hasta dónde alguien es capaz de llegar cuando el peso de la responsabilidad y de las presiones apremia.

"Cuando esos personajes empiezan a moverse, a tener tridimensionalidad, yo empiezo a entender cómo desarmar ese amasijo, que en principio es más intuitivo, más del orden de los sueños", relata Claudia. "Desde el primer momento Fernando Rovira tiene un objetivo claro con esa persona, pero se lo va a plantear dos años después, después de haberlo conocido y chequeado. Cuando Rovira y Sabaté van a esta playa a pasar el fin de semana y Rovira le plantea por qué lo contrató, Sabaté deberá decidir si acepta lo que le pide, algo del orden de las zonas grises o de la perversión, depende quién lo evalúe. Román Sabaté tendrá que decidir si hace eso por su jefe y por su partido", dice.

La novela está dedicada especialmente al abogado y juez Ricardo Gil Lavedra, actual pareja de la escritora. Y en esa dedicatoria reside otra motivación que da origen a esta historia. "Una vez estaba mirando el discurso de Alfonsín del 83, cuando fue elegido presidente. Y vi que se le llenaron los ojos de lágrimas, aunque él no es una persona a quien se le llenen los ojos de lágrimas frecuentemente. Fue una sensación que yo también venía teniendo, esa añoranza de un discurso político lleno de contenido. Y ahí lo confirmé: a cuántos de nosotros nos emociona ese discurso que se ha perdido, esa forma de hacer política con otro peso. Hoy todo es más lábil en esos términos: en el discurso, en el compromiso con el pasado, con la historia. Después uno estará de acuerdo o no con las políticas de cada gobierno, pero eso de estar parado frente a tal cantidad de gente y dar un discurso conmovedor, inolvidable, parece que ya no lo vamos a ver más, al menos en los próximos años".

En una entrevista decís que el refugio de la verdad está en la literatura, y no en la política

—En una novela vos sabés que esa ficción, en cuanto ficción, es verdad. No hay engaño. En cambio el discurso político muchas veces se pronuncia como real pero sólo porque es lo que conviene decir. Se busca provocar determinada reacción en la gente, sólo eso. Ningún político te va a decir: esto que te estoy diciendo no me lo creo ni yo. En cambio con el novelista el pacto ficcional aparece desde un principio.

En la novela aparecen las voces de Ricardo Alfonsín y de Eduardo Duhalde...

—Me interesaba entrevistarlos a ellos como representantes de los partidos tradicionales, que en la novela aparecen en oposición a Pragma, el partido creado por Fernando Rovira. Les comenté que esta entrevista iba a ser parte de la novela, como si los hubiera entrevistado la China Suárez, periodista de la historia, acerca de qué opinan sobre el proyecto de ley de Rovira de dividir la provincia de Buenos Aires, sólo que Rovira no existe y ellos contestan desde su verdad. Otra pregunta que le formularía la China era si ellos creían que existe la maldición de Alsina, que dice que quien fuera gobernador no alcanzaría nunca la Presidencia. Fue interesante trabajar con esta mezcla de realidad y ficción.

—¿Qué lugar tienen las series dentro de tu escritura? Pienso por ejemplo en House of Cards...

—Las series me interesan por su gran reservorio de historias. Y hay muchas muy bien contadas, algunas mejor que otras. De House of Cards, por ejemplo, lo que a mí me sirvió fue decidir en qué momento hacer el quiebre histórico. Uno sabe que la serie está situada en Estados Unidos, y de eso no hay dudas. Pero nadie nombra a Obama ni a Trump. Se habla por ejemplo de Lincoln, pero no sabés quiénes fueron los presidentes cercanos a Underwood, el personaje. Hay un punto donde ves que hasta ahí está la historia, y a partir de ese momento empieza la ficción, y eso es lo que yo intenté hacer con la novela. Se nombra a algunos personajes históricos como Menem, Kirchner, Cafiero, Alfonsín o Duhalde, pero en el momento en que transcurre Las maldiciones no sabés quién es el presidente de Argentina, o quién es el gobernador de Buenos Aires. Lo único que se sabe es que Fernando Rovira fundó un partido político, que es intendente de la zona norte y que quiere ser gobernador de la provincia de Buenos Aires, y una vez lograda la división, postularse a la Presidencia. Creo que con las series va a terminar sucediendo lo que pasó con el cine. En algún momento el cine entrenó al público para las elipsis. Y es gracias al cine que esto empieza a aparecer en la literatura, cuestiones para las que el lector de novela decimonónica no estaba entrenado. De esta manera el cine crea un nuevo tipo de lector.

—La novela funciona como un gran hipertexto. Aparecen capítulos del libro que está escribiendo la periodista, transcripciones de audios, incluso una publicación de Facebook. ¿Así estaba pensado desde un principio?

—Nunca tuve un plan trazado como hacen algunos escritores que proyectan escena por escena, o capítulo por capítulo. Pero sí me pasa que sé determinadas cosas de la novela, y una de ellas es que yo quería que se mezclaran diferentes discursos. Yo no sabía exactamente en qué capitulo Rovira iba a contestar con una carta en Facebook, pero no tenía dudas de que ese personaje en algún momento usaría ese tipo de discurso, y no iría a usar por ejemplo el discurso político que hubiera utilizado Alfonsín.

claudiap2.jpg

—¿Cómo fue el proceso de investigación? La fundación de La Plata, la maldición de Alsina, hay mucho por contar...

—La investigación fue creciendo a medida que crecía la novela. Primero empecé a investigar lo que necesitaba para contar esta historia, pero cuando me fui metiendo lo llamé a Leopoldo Brizuela y él me contactó con Daniel Barenes. Uno de los libros que nombro en la novela lo escribió él. Hay mucha gente que investigó sobre esto: la fundación de La Plata, la masonería, los signos escondidos en esas calles, el mito que hay detrás de la fundación que cuenta que el plano tiene que ver con una novela de Julio Verne. Es mágico. Y el universo era infinito, y un libro me llevaba a otro y a otro. Como esa escena de Sebastián Petit investigando, con una pila de libros alrededor. Hubo personas que me han reprochado lo extenso de alguno de estos capítulos, me decían que hubiera podido ir más directo a la trama y dejar un poco de lado esta historia. Pero yo creo que lo que está pasando es lo mismo que sucede con el discurso político, y eso es subestimar al votante y al lector. Pensar que al incluir esta historia se pueden aburrir, porque "qué les importa", y vayamos a lo concreto, es lo mismo que cuando los políticos buscan la frase justa para ser votados en las próximas elecciones. El lector puede elegir si quiere saltear o no esa parte, pero no soy yo la que debe decidir si esa historia no le va a interesar.

—Hubo lectores de confianza que leyeron por entregas la novela...

—Cuando escribí Las viudas de los jueves lo hice yendo al taller de Guillermo Saccomanno. En cada encuentro llevaba mi capítulo y lo conversábamos. Desde allí tengo un entrenamiento de compartir lo que voy escribiendo y eso me da confianza, sobre todo con gente que tiene el cariño para no maltratarte pero también la rigurosidad necesaria para decir cuando algo no funciona. A partir de ese taller me junto a leer con dos amigas de esa época. Y después a lo largo de la vida fui conociendo gente con la que también comparto mi escritura, personas que no necesariamente son escritores, por ejemplo Marcelo Moncar, que es director de teatro, Ricardo, mi pareja, o uno de mis hijos. Son personas que no me harán un comentario de tipo literario pero sí me hablarán sobre qué les parece la historia. Y cada una de esas personas entra desde un lugar diferente. Después por supuesto están mis editores, que hacen otro tipo de revisión, pero esto es anterior.

—En la novela hay una cuestión muy fuerte alrededor del tema de la paternidad. Pregunto sin intenciones de adelantar nada a los lectores...

—Es un tema clave la paternidad. Por eso, esa escena en la playa es fundacional y tiene que ver con esto. Si vos me hubieras preguntado antes de que la novela se publicara, yo te hubiera dicho que el tema era la paternidad. Pasa que la política es tan fuerte que a veces todo va hacia ese lado. Lo que me interesaba plantear era cuándo y cómo un hombre se decide a ser padre. Porque en el campo de la maternidad hay un cuerpo comprometido con un embarazo, y me parece que lo hemos planteado más, de hecho en varias de mis novelas aparece el tema. Pero con respecto a la paternidad se piensa menos esta instancia. Estamos cansados de escuchar sobre padres que no se hacen cargo de sus hijos, o lo contrario, hombres que no son padres biológicos y sí se hacen cargo. Yo buscaba plantear qué sucede para que un hombre decida decir "yo soy el padre", qué cosas están en juego y cómo es ese planteo. Recuerdo que una vez, en la presentación de Una suerte pequeña en España, un periodista que vino a entrevistarme me dijo que a él le pasaba lo mismo que a la protagonista. La novela habla de una mujer que quería a su hijo, pero no sabía si estaba en condiciones de ser madre. Y yo lo había pensado como un tema que puede plantearse exclusivamente una mujer, pero él me hizo el mismo planteamiento, desde el punto de vista masculino. Creo que desde esta visión, es un tema que está menos transitado en la literatura.

Leer más: Fragmento de "Las maldiciones"

Comentarios