Jugados en el último tramo antes de las Paso, los principales dirigentes políticos tiran fichas a la mesa. La escena pública aparece como un gran festival de apuestas a un pleno salvador. A todo o nada.

Por Mariano D'Arrigo
Jugados en el último tramo antes de las Paso, los principales dirigentes políticos tiran fichas a la mesa. La escena pública aparece como un gran festival de apuestas a un pleno salvador. A todo o nada.
Después de un ataque furioso contra Pullaro al comienzo de la campaña, Losada parecía haber bajado el tono de la confrontación. Fue sólo para retomar impulso.
Con sus declaraciones de que no estará con Pullaro después de las Paso aduciendo diferencias éticas y morales, la senadora nacional hachó el último puente que quedaba con su rival. En esa clave, la convivencia se transforma en connivencia.
En el búnker del ex ministro leen que esos dichos exudan derrotismo. Como vienen haciendo desde el anuncio de las precandidaturas, Pullaro trata de planear por encima de la polémica y son sus alfiles los que contraatacan.
“Son maniobras desesperadas de quien va perdiendo”, dicen en el laboratorio del diputado radical mientras consumen encuestas que los muestran arriba a dos semanas de las Paso.
Los intentos de armisticio fracasaron. En el bando pullarista, Felipe Michlig acusó a Losada de funcional a los narcos y el peronismo. El principal operador de la ex periodista, Julián Galdeano, reprochó a sus adversarios por no bajar las cuentas que, según su opinión, intoxican las redes sociales con fake news.
Sin tregua a la vista, la escalada sacude los cimientos de la coalición que armaron la UCR, el PRO, el socialismo, el javkinismo para desplazar al peronismo del poder y que creía que el ingreso de uno de los suyos a la Casa Gris era sólo cuestión de tiempo. El único final posible para la película electoral.
La etapa siguiente a las Paso aparece rodeada de incertidumbre. Losada o Pullaro quedarán fuera de carrera, pero habrá una lista conjunta de Diputados. Y todos piensan en los cargos de un futuro gobierno. El tenor de la interna marcá cuán equilibrado es el reparto si llegan a la Casa Gris.
“Es una irresponsabilidad total. Cuando se agudizan tanto las tensiones corrés el riesgo de dañar el instrumento que se construyó. Esto complica las chances de todos”, advierten desde el socialismo.
Al mismo tiempo, en el PS se entusiasman con que Pullaro y Losada se desangren mutuamente en la interna y Fein equilibre la competencia en el tramo final.
“Si querés llegar con la inercia en el momento en que la gente presta atención la podés pasar mal. Si viene la ola y estabas barrenando te llevás la elección”, señalan.
Además de surfear lo que parece una ola de cambio, el PS trata de no quedar en el medio de los cañonazos entre los grandes buques de guerra del PRO.
Santa Fe es un distrito clave en el TEG que juegan Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich. Las primarias en la provincia representan la gran oportunidad de levantarle la mano a un candidato propio en un distrito grande gobernado por el peronismo a un mes de las Paso nacionales del 13 de agosto. Demasiado tentador como para ahorrar municiones.
La provincialización de la elección santafesina fue una ilusión. El jefe de gobierno porteño y la ex ministra de Seguridad bajaron esta semana a la provincia para hacer fuerza por sus candidatos, definitivamente acoplados a sus esquemas nacionales.
Enfrentados en una dura pulseada por el liderazgo del PRO que llevó al partido y a Juntos por el Cambio al borde de la fractura, Larreta y Mauricio Macri sí coincidieron en un punto, al menos públicamente: el que gana conduce, y el que pierde acompaña. Al lado del ex presidente en las calles de Venado Tuerto, Losada se mordía los labios.
La vicepresidenta del Senado protagonizó con Bullrich un video donde emulan la arenga de Javier Mascherano a Chiquito Romero antes de los penales contra Holanda en el mundial de Brasil y, reconocieron en su círculo, caminó entre la delgada línea entre la emoción y el ridículo. “De la única manera que generas conversación es por la cornisa”, dicen. Por los resultados, objetivo más que cumplido.
Embarcados en su propia disputa a todo y nada, ni a Bullrich ni a Larreta parece sobrarles nada. Mientras la presidenta del PRO exhibe una notable precariedad argumental cuando debe ir más allá las frases para los zócalos de los canales de noticias, al alcalde se le angostó el carril del Metrobus al final del recorrido. Sergio Massa va por el andarivel del centro y Bullrich transita cómoda por la derecha.
Esa situación obliga a Larreta a zigzaguear entre la crítica a Macri por el fracaso de su gestión y una halconización forzada que difícilmente convenza a quienes se inclinan por su versión original.
Sobre esas dificultades de Juntos y los derrapes de un Javier Milei que parece desinflarse, el peronismo con Sergio Massa a la cabeza se ilusiona con el milagro de ganar la elección con una fórmula encabezada por el ministro de Economía de un gobierno con 114% de inflación acumulada en los últimos doce meses.
Después de recibir la bendición envenenada de Cristina, que remarcó públicamente que su candidato era Eduardo Wado de Pedro y le pasó factura por la inflación, Massa se dedicó a hacer la tarea.
En su primera semana como precandidato de la fórmula que agrupa, no sin tensiones, al cristinismo, los gobernadores y los intendentes, los sindicatos, un sector de los movimientos sociales y el albertismo no nato, apareció un Massa “nestorizado”. Simbología de derechos humanos, promesas de sacarse de encima al Fondo (pagando cash) y el intento de reconstruir un liderazgo en un peronismo desorientado y que busca una nueva vertical del poder.
En medio de esa transfusión urgente de progresismo que recibe Massa para ir en busca del voto kirchnerista que le desconfía, asoma Juan Grabois como rival. El dirigente social aparece como un dique de contención para canalizar el descontento y la decepción con el gobierno de Alberto Fernández, pero también actúa como factor de presión.
Más allá del cristinismo silvestre, algunos creen que el kirchnerismo pondrá aparato para el líder de Patria Grande. “La interna va a salir 20 a 10, no le van a entregar a Massa el peronismo llave en mano”, dice un dirigente santafesino, con juego en el paño nacional.
Una paradoja. Por historia y su manual para construir poder, Massa está mucho más cerca del kirchnerismo —fue director de la Anses de Néstor, jefe de gabinete de Cristina e intendente de Tigre por el viejo Frente para la Victoria— que Grabois, que se acercó a la dos veces presidenta tras la victoria del primer Cambiemos y el comienzo del periplo de CFK en Comodoro Py.
A los 51 años, el “fullero” Massa está ante su gran oportunidad. Con el apoyo de un círculo rojo que ve en su figura al hombre (¿el único tal vez?) capaz de llevar adelante un proyecto de reformas estructurales sin que salte la tapa de la olla a presión que es la Argentina, Massa va por el premio mayor. Tratará de vender expectativas de cara a un año ya sin sequía y con el gasoducto Néstor Kirchner operativo, y jugará con el recuerdo fresco en la memoria colectiva del descalabro económico durante la administración Macri.
Criado en el campo y atento a los cambios en el viento, Omar Perotti remarcó que se abre una nueva etapa en el peronismo. Después de sostener una alianza táctica con Cristina pero también de moverse en sintonía con el cordobés Juan Schiaretti, el gobernador santafesino y su entorno se entusiasman con un cambio. Tanto de intérpretes como del guión: de un esquema ambacéntrico y polarizador, a un formato posgrieta y de mayor juego federal. Aunque en el corto plazo eso signifique el empoderamiento de Agustín Rossi, el viejo rival en la provincia y que con el aval de Massa, Cristina y Alberto aparece en el segundo lugar de la fórmula presidencial.