Una aparente paradoja en Rosario se presenta en el momento en que la violencia de la ciudad tiene su mayor resonancia pública y conflictividad política. Y es que la violencia altamente lesiva, la que se mide en hechos de sangre, tiene una baja pronunciada. Marcadamente pronunciada. En lo que va del mes de marzo hubo ocho homicidios contra 18 del año pasado. En febrero hubo apenas 7, la marca más baja desde 2012, cuando en el mismo mes de 2023 fueron 35. Las cifras también bajan desde principios de año a nivel de balaceras, una dinámica tan desaforada en la ciudad que hizo que en noviembre de 2021 la cadena Al Jazeera viniera a Rosario tres días a hacer un extenso reportaje sobre este fenómeno.
Sin embargo el descenso de los hechos violentos queda en la irrelevancia porque una secuencia de hechos cualitativamente nuevos por su carga de atrocidad desafiante produjo una conmoción que hizo hablar del tema hasta el Papa. En 80 horas a cuatro trabajadores en pleno desarrollo de sus labores los ejecutaron a sangre fría, sin la más mínima precaución de parte de los atacantes, dejando clavada y plantada la idea de un territorio sin control, desatando en la población sentimientos de terror e incertidumbre. Todos sintieron que podían balear colectivos, o taxis, o camiones recolectores, o que podían ocurrir atrocidades nuevas no previstas. Si nadie se imaginó nunca que pudieran matar de un tiro en la cabeza a un colectivero en funciones, y pasó dos veces en cuatro meses, la difusión de un miedo ubicuo y concreto no es un capricho. Eso vuelve racional que con una birome y un papel se trastorne la ciudad.
¿Y por qué en un marco donde se producen estas aberraciones que sacuden al país sin embargo los indicadores generales de violencia bajan acentuadamente? No se puede saber en base a prueba ni a medición empírica aún. El fiscal Patricio Saldutti dijo que hay conexión entre el incidente que mataron a los taxistas y el que balearon a la comisaría 15ª cometidos con la misma arma. Pero no hay identificado autor ideológico. También se sabe que en el ataque del 7 de este mes en que asesinaron al chofer de la línea K Marcos Daloia los autores usaron la misma moto que se utilizó en el atentado de horas antes contra un interno de la 122 roja, en el que dispararon dos veces contra la unidad, desde la que el colectivero advirtió que le apuntaban y al tirador se le trababa el arma. Al día siguiente mataron al playero Bruno Busanich y balearon dos veces en cuatro horas la Oficina de Recepción de Detenidos de Rosario (Order) de 27 de Febrero al 7800.
Más allá de lo que no se estableció con evidencia no es ninguna arbitrariedad conectar el cambio de condiciones desde diciembre en la vida interna de las prisiones con la violencia teatral y salvaje con muertes de personas en la vía pública, ante testigos y escogidas aleatoriamente. Los secuestros permanentes de celulares, las requisas repetidas en horarios imprevistos y el espaciamiento de las visitas generaron un impacto afuera. Sí es nutrida y cotidiana la evidencia de que desde las prisiones provienen las órdenes para actores que mueven homicidios, balaceras y manejos de economías criminales. Esos actores están conectados por las fuerzas de seguridad que son una parte indisociable del fenómeno. El guardia penitenciario que permite el acceso al celular está unido por un hilo al policía que pacta y negocia con el violento que se mueve en la calle. Todo eso restalló como por un latigazo y no deja de moverse.
Pero en el medio los homicidios y las balaceras están teniendo una pausa. ¿Es porque las bandas de distintas zonas realmente pactaron una tregua frente a un problema que los afecta a todas por igual? Faltan evidencias para señalarlo. Pero hay que entender algo. En Rosario la violencia es el vector que sirve para ordenar las economías criminales y definir sus inestables liderazgos. Eso cambió en diez años. Según el Observatorio de Seguridad Pública de Santa Fe, en 2014 el 29% del total de homicidios en Rosario eran casos vinculados a economías ilícitas o a grupos criminales. En 2023 el guarismo trepó a un sorprendente 64,9%. Eso indica que dos de cada tres asesinatos que ocurren en la ciudad más caliente del país por su violencia tienen que ver con los movimientos de bandas o del crimen organizado.
Y ahora esa cifra se retrajo. Como marca el cuadro, desde que empezó el año también bajaron muy llamativamente los heridos de arma de fuego en Rosario. De los 85 que hubo en enero de 2023 bajaron este enero a 24. De los 97 de febrero del año pasado a 51 este año. ¿La desaceleración se debe a que los controles en las cárceles cortaron el tráfico de las órdenes hacia la calle? ¿A una pausa impuesta por bandas que disputan posiciones a balazos pero afectadas hoy por igual por una política agresiva desde el gobierno en las prisiones?
"Hay algún tipo de pacto, probablemente implícito y no de líderes sentados en una mesa, porque los que bajan son los homicidios donde hay mandato o encargo, en el que un sicario va a reventar a alguien. De los siete asesinatos en marzo en Rosario, cuatro son contra trabajadores en funciones. Los que son los de la tipología mas común casi desaparecieron justo en este momento. Hay algo que pasa", sostiene un investigador del MPA.
Las cárceles son más conflictivas porque cada vez hay más gente encerrada. La tasa de encarcelamiento de 2022 triplica la del 2012. No obstante, de los 11 mil detenidos la población de alto perfil son unos 1.500 de los cuales a un segmento es atribuible la violencia urbana. El estremecedor episodio de torturas que denunció el Servicio Público de Defensa en Rosario tras la balacera a dos micros de penitenciarios en Rosario está en penumbras. Como su potencialidad para activar la violencia que esa misma semana se dio con los asesinatos de choferes.
Si la baja es por haber cortado el circuito entre presos de alto perfil y segundas líneas es algo prematuro de decir, pero esa presión existe, y en la calle hay menos violencia lesiva. El control del orden público es otra cosa. Las declaraciones del presidente o la ministra de Seguridad de la Nación atribuyendo esa baja a mayor previsión estatal es de un amateurismo ramplón. Si en tres días matan a cuatro trabajadores en sus puestos, o si con cartón y lápiz y un par de ataques a colectivos dejan a la ciudad sin transporte público, la idea de supremacía se diluye y los que se ufanan de logros presuntos quedan para la caricatura. Con un par de ademanes de violencia la ciudad queda paralizada porque hubo actos consecutivos de una barbarie inédita que nadie vio venir. La policía que está presente desde siempre en el negocio criminal, que necesita que siga la venta de droga y no necesariamente la violencia, está esperando a ver cómo los actores acechados quedan en pie. Todo esto está presente mientras los asesinatos y las balaceras bajaron notoriamente en el primer trimestre del año.