Frente a la guerra de Putin contra Ucrania y ante muchos analistas que con gesto de superioridad presumen de separar los hechos y la "realpolitik" de los principios morales, de ejercer una neutralidad "técnica" y profesional, hay que decir que las peores tragedias de la Humanidad -que a su vez han forjado grandes períodos históricos- nacieron y se desarrollaron en torno a una disputa de valores. Sin valores puestos en juego, el nazismo hubiese triunfado cómodamente, por ejemplo. La actitud del especialista que descarta con suficiencia una lucha de "buenos" contra "malos" en la invasión rusa de Ucrania para exponer su visión del conflicto con neutralidad aséptica actúa como engranaje de la trampa para legitimar tácitamente al agresor, es decir, a Putin, un dictador con rasgos de psicópata. El bombardeo masivo perpetrado en las primeras horas de este 4 de marzo de la mayor central nuclear de Europa es la enésima demostración de la violencia patológica que es solo un uso racional de la fuerza para el dictador ruso.
Conviene remarcar el contraste humano entre Putin y su adversario, el presidente democrático de Ucrania Volodimir Zelensky. El fatal 24 de febrero, el día del inicio de la invasión, Putin dio un discurso "imposible" en términos de recepción positiva y empatía. Un delirio sobre la lucha contra una imaginaria "junta" de nazis en Kiev, y la urgencia de "desnazificar" a Ucrania. El tono, la mirada asesina y la distancia emocional de Putin contrastó enormemente con el histórico discurso -en ruso- que dio horas más tarde Zelenzky, un actor judío cuya lengua madre es, precisamente, la rusa. Zelensky mostró humanidad en su mirada y en su voz, en su discurso de apelación a los rusos como país vecino y hermano. Ese día, Ucrania comenzó a ganar la guerra, al menos en este decisivo plano discursivo, que es emocional y moral. Ahora veamos más de cerca el complejísimo conflicto creado por Putin.
a) Si Putin hubiese seguido las políticas de Mijail Gorvachov y Boris Yeltsin en vez de traicionarlas _conviene recordar un artículo conjunto de 2004 en el que los dos ex mandatarios denunciaban el autoritarismo creciente de Putin- hoy Rusia estaría integrada en Europa, el nivel de vida de los rusos sería notoriamente más alto, como lo es el de las repúblicas ex satélites de la URSS y las naciones bálticas, y vivirían en una democracia y no en una dictadura como la creada por Putin. Pero este eligió el nacionalismo belicista, la nostalgia identitaria de la antigua Rusia imperial. Putin es un producto de la KGB, la misma que en 1991 trató de derrocar a Gorvachov y fue derrotada por una insurrección popular en las calles de Moscú liderada por Yeltsin. La actual agresión militar contra una nación independiente y demócratica puede interpretarse en esta perspectiva histórica como la revancha tardía por aquella derrota de los sectores retrógrados de la URSS, cuya desaparición Putin lamenta repetidamente. Aunque el enfrentamiento se dé en Ucrania y no en Rusia, porque los que están del otro lado de los tanques rusos son, como en 1991, demócratas prooccidentales y proeuropeos.
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El presidente ucraniano Volodimir Zelensky en su ya histórico discurso del 24 de febrero, horas después de que Putin anunciara la invasión del país. Habló en ruso y le recordó a la nación vecina que juntos combatieron y vencieron al nazismo.
b) La versión de Putin de que en Ucrania gobernaría una "junta" (sic) nazi que sus tropas van a liberar al país y "desnazificarlo" es una fantasía que nadie cree...salvo algún columnista de los medios de propaganda del gobierno argentino. En contraste, Zelensky es un presidente surgido de unas elecciones democráticas libres y muy competitivas. Fue el "outsider" que venció al establishment empresario que representaba el presidente Poroshenko. Ganó contra todo el poder mediático y económico de su rival, con el 73% de los votos. Además, no tiene ni un pelo de nazi ni de derechista, es un comediante judío que proviene de una familia de habla rusa y conoce muy bien la región oriental rusófona de Ucrania, esa que según Putin estaba siendo sometida a "genocidio" por la "Junta nazi" de Kiev. En contraste, Putin gobierna hace más de 20 años seguidos de manera autoritaria y las elecciones rusas son una parodia trágica en la que solo puede ganar un candidato: Putin. Los competidores de verdad son asesinados o sepultados en vida en las cárceles rusas, como Alexei Navalny. Ucrania es una democracia y una sociedad con gran afinidad con el estilo de vida y las libertades de Europa occidental; Rusia tal vez lo sea, pero no lo podemos saber porque la dictadura de Putin no permite elecciones pluralistas y trasparentes desde hace muchos años y sus servicios de inteligencia ejercen un control social que destruye la trama de la sociedad civil rusa. No se conocen sondeos, por ejemplo, para saber si la sociedad rusa apoya esta aventura criminal. A juzgar por las masivas protestas y los miles de detenidos, no es nada popular la guerra de Putin.
c) Sobre las invocaciones históricas de Putin (publicó un grueso ensayo el año pasado sobre el tema), conviene recordar que Ucrania era una nación independiente hasta bien entrado el siglo 18, cuando la zarina Catalina II terminó con esa independencia y con el formato estatal ucraniano, de origen cosaco. Este sometimiento de Ucrania a Rusia implicó dos siglos de "rusificación" forzada, de anulación del ucraniano como lengua oficial y de asentamiento de rusos. Esta anexión a la Rusia imperial continuó hasta la 1a Guerra Mundial, cuando los ucranianos se proclamaron independientes. Siguieron varios años de guerra con resultados alternos. Finalmente, fueron derrotados por el Ejercito Rojo de otro dictador, Lenin. Así se anexó nuevamente Ucrania a Rusia, ahora como "república soviética socialista". Esto duró hasta la disolución de la URSS en 1991. El referendo ucraniano de consulta para ratificar su independencia obtuvo 94% de respaldos.
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Destrucción de un complejo de departamentos cerca de Kiev por la ofensiva aérea rusa. Este tipo de acciones califican como crimen de guerra.
d) Algún funcionario argentino quiso relativizar la enorme gravedad de la invasión de Putin recordando el pasado de guerras e invasiones de Ucrania. Pero ocurre que lo mismo vale para toda Europa, de Francia e Italia a Alemania y Polonia. El funcionario cometió un anacronismo ex profeso. Olvidó decir que la época y la cultura política que hizo de la historia europea un continuo interminable de guerras se terminó en 1945. El recurso europeo (y del resto del mundo) a la guerra como un expediente ordinario de política exterior, junto con un Antiguo Régimen que, restaurado a la caída de Napoleón, sobrevivió en buena parte de Europa (Rusia, Alemania y Austria-Hungría, básicamente, pero también en muchas naciones menores) llevó a que esa lógica de alianzas y guerras permanentes desembocara en la I Guerra Mundial. Un anacronismo tremendo: un régimen político del siglo XVIII con tecnologías militares del siglo xx. La matanza brutal en las trincheras llevó al Tratado de Versalles que a su vez fue una de las causas del ascenso del nazismo, un nacionalismo militarista paranoico y genocida. Pero a partir del fin de la II Guerra se logró la paz más extensa y estable de la historia europea, y con ella se dio una mutación cultural muy profunda entre los alemanes, por ejemplo, y en el otro extremo del mundo, entre los japoneses. La pulsión de muerte que llevó a las juventudes de estas dos naciones a inmolarse sin desobedecer mutó en una sociedad democrática donde los jóvenes ponían todo en discusión y las antiguas jerarquías eran repudiadas. Este rechazo al sacrificio en la guerra también alcanzó a la juventud rusa, algo que el nostálgico Putin tal vez no haya tomado debidamente en cuenta. Las dos guerras de Chechenia y antes la fallida invasión soviética de Afganistán alertan que la sociedad rusa tampoco tolera entregar la vida de sus hijos a los dioses de la guerra.
e) Pero con el fin súbito de la Guerra Fría y de la URSS el desarme europeo fue demasiado apresurado y optimista: los europeos creían que la línea democrática y prooccidental de Yeltsin continuaría sin fin, un error clarísimo dada la caótica inestabilidad de su gobierno. Además, Yelstin cometió un error de consecuencias a largo plazo al final de su presidencia al nombrar a Putin primer ministro. Este apresuramiento de Europa por desarmarse y dar por terminada la constante amenaza de exterminio nuclear de la Guerra Fría llevó a que la Otán creciera durante los años 90 y 2000 solo en cantidad de socios y solo por voluntad de las naciones recién liberadas del imperio soviético, que así buscaban un refugio ante la larga mano de Moscú. Ellos sí sabían que el repliegue ruso era temporal. Pero a la vez el desarme acelerado de las naciones ricas hizo que la Otán decayera abismalmente en su poder militar. El expansionismo de la Otán hacia el este, tan citado por Putin y por muchos analistas como una política agresiva que justificaba -hasta hace poco, al menos- el militarismo del dictador ruso, era puramente formal, y falaz en cuanto se trata de una alianza militar. Una alianza militar no puede tener poder de disuasión cuando se ha desarmado e incorpora naciones sin ningún peso militar (los tres países bálticos, Bulgaria y Rumania, últimamente Macedonia). No por nada el ejército ruso es el más potente y numeroso de Europa...o así era considerado hasta ahora, a la vista de sus muy mediocres resultados en la campaña de Ucrania. El desarme de la Otán tuvo dos etapas, en paralelo con su aumento de miembros. La primera, de 1991 a 1997, bajo el signo del fin de la Guerra Fría y la batuta del español Javier Solana. La Otán se llenó de programas rimbombantes y de un discurso que pretendía dejar atrás la lógica de un bloque militar con una única hipótesis de conflicto armado. Rusia trataba a su vez de crear una democracia con Yeltsin y se incorporaba al G-7 para formar el G-8. Era todo optimismo y aunque la economía rusa era una ruina se confiaba en su estabilización, que llegó al final de los 90. La Otán continuó desarmándose luego del 2000 y al menos hasta 2018 (es decir, mucho después de la invasión rusa de Crimea y del este de Ucrania). Esta segunda etapa de desarme fue mas radical que la primera y a la vez mucho más inaceptable y criticable, porque las alarmas ya habían sonado sobre las verdaderas intenciones del Kremlin de Putin. El clima cooperativo y de buenas relaciones que tenía en el horizonte la definitiva incorporación de Rusia al resto de Europa se había disuelto. La invasión de Georgia en 2008 debió ser un aviso más que suficiente. Pero la sociedad europea no quería ver ni saber nada de esto, y seguir gozando de su burbuja de falaz paz perpetua. Y Putin, un gran conocedor de Alemania como espia, captó este clima y lo explotó al máximo. Tuvo que llegarse a la alevosa invasión y anexión de Crimea y de medio Donbas en 2014 para que las naciones europeas occidentales tuvieran una primera reacción y frenaran en algo su continuo desarme. Antes, Alemania se había hecho famosa por liquidar su gran número de potentes tanques Leopard 2 a un precio irrisorio (Chile fue uno de los grandes compradores) sin sustituirlos por nada. La misma política suicida siguieron Países Bajos y Belgica, por ejemplo, y Suecia fuera de la Otán. Las divisiones del ejercito federal alemán, el Bundeswehr, cayeron de 12 y media en 1991 a menos de dos en la actualidad. Los tanques pasaron de 2800 a menos de una décima parte. Este desarme sistemático llevó a un episodio grotesco durante la casi siempre prolija administración de Angela Merkel: su ministra de Defensa, Ursula von der Leyen, la actual jefa de la Comisión Europea, debió dar marcha atrás con el desmantelamiento de otro batallón de tanques y ordenar que se mantuviera activo. A golpes y porrazos, había comenzado una cierta reacción ante los datos de la dura realidad que llegaban del Este. Un informe de la BBC de 2018 daba un panorama del estado deplorable del Bundeswehr: los soldados hacían ejercicios con fusiles de madera, la mitad de los apenas 244 tanques Leopard 2 que quedaban no estaban operativos y todos los submarinos clase U-212, fuera de servicio. Un panorama de Tercer mundo, casi argentino. Bajo Merkel el objetivo declarado de alcanzar un gasto de Defensa del 2% del PBI no se logró nunca. Se dio prioridad a las misiones de paz, como las de Sudan, Mali, Somalia y Liberia.
f) Esos tiempos despreocupados ya estaban quedando atrás y ahora Putin los sepultó definitivamente. El zar sin corona se equivocó y sus vecinos occidentales están reconstruyendo lo que él dijo que no quería ver jamás en sus fronteras: una Otán potente, con un presupuesto serio de Defensa en cada nación miembro y con voluntad de enfrentarlo. El anuncio del canciller alemán Olaf Scholz del 27 de febrero, apenas tres días después del inicio de la invasión rusa de Ucrania, de la creación de un fondo de 100 mil millones de euros para reforzar a las FFAA alemanas, y de que a partir de ahora siempre se gastará más del 2% del PBI en Defensa, sepulta por sí solo cualquier triunfo pírrico que pueda obtener Putin en Ucrania. Logró Putin holgadamente lo que quería evitar de manera obsesiva todos estos años: que Europa y la Otán eliminen la "esfera de influencia" de Rusia, a la que Putin cree que su país tiene un derecho histórico indiscutible, incluso contra la voluntad manifiesta de esos pueblos vecinos que deberían conformar esa "esfera". Los zares y Lenin la lograron a fuerza de invasiones y ahora Putin recurre al mismo recurso. Un anacronismo manifiesto, que se delata en el repudio global a su alevosa agresión a una nación pacífica y hermana. Una decisión tomada a partir de una visión retrógrada, de zar sin corona. Pero Alemania y el resto de Europa están de vuelta en el mundo real y crudo de las "hipótesis de conflicto", ya no habrá más liquidaciones de tanques. Putin lo hizo. Más allá de cómo termine la guerra de Ucrania (que por ahora está lejísimos de ser la cabalgata triunfal rusa que esperaban Putin y sus generales), es evidente que Rusia y su ejército, que hoy luce mucho menos temible que hace solo unos días, se verán ante una Otán unida que defenderá a sus débiles socios orientales con armas modernas y determinación, esos dos insumos vitales que tanto faltaron durante demasiados años de falsa paz perpetua. La feroz agresión a Ucrania actuó de catalizador y de despertador.
g) Por último sobre Ucrania, hay un dato histórico fundamental que imperdonablemente muchas veces los analistas profesionales dejan de lado: en 1994 Ucrania, tercera potencia nuclear del mundo, renunció por completo a esas armas y firmó el Tratado de No Proliferación, junto con Kazajstán y Bielorrusia. Es el Memorando de Budapest: los países garantes son Rusia, que recibe las armas nucleares a las que Ucrania renunció, Reino Unido y EEUU. Así Ucrania entregaba una formidable cantidad de armas nucleares a cambio de las "garantías" de total respeto de su soberanía y territorio. Apenas 20 años después Putin violó groseramente ese compromiso. Vale notar que Putin no cesa de amenazar con sus armas nucleares, no solo ahora sino desde hace años. Lo hizo abiertamente contra Suecia y Finlandia para que no ingresaran a la Otán, (algo que previsiblemente ocurrirá ahora y justamente por obra de la torpeza de Putin) y contra la pequeña Dinamarca, porque según Rusia evaluaba instalar el Escudo Antimisiles de EEUU. Un sistema de armas puramente defensivo, como señala su nombre. Esta conducta repetida, de amenazar con las armas nucleares, es totalmente inconcebible e inaceptable entre los líderes occidentales. Para Putin y sus ministros es en cambio una praxis cotidiana. En suma, a Putin y su séquito de "yes men" los ganaron sus instintos agresivos, envueltos en una nube retórica de anacrónico paneslavismo redentorista, que une a los zares con Stalin y Brezhnev. No queda más opción que hacer este diagnóstico cuando se piensa en el brillante futuro que Putin le negó a su nación al no seguir la ruta abierta por Gorbachov y Yeltsin, la de una Rusia democrática, desarrollada y plenamente integrada en Europa. Esa que sí justificaría el desarme de la Otán, e incluso su disolución.