Una misma condena conectó las historias en el delito de “Tito” y “La Japo”: ambos recibieron 6 años de prisión por integrar una red de narcomenudeo en el barrio La Lata. “Tito” es como se conoce en la calle a Pedro Isaac Guerrero, un viejo cañero de 62 años que pasó más de la mitad de su vida en prisión y protagonizó un asalto al consulado paraguayo en 2015. “La Japo” es Elba Liliana Cuello, de 63, quien ganó un lugar en la crónica policial como la madre de Miguel “Japo” Saboldi, muerto en un incendio intencional en la alcaidía de Jefatura en abril de 2013. Era además ex pareja del sindicado narco Arturo “Carau” Quevedo, asesinado en 2012. La mujer fue sentenciada a la misma pena que Tito, pero en su caso fue unificada con otra anterior en ocho años de prisión.
Por su historial, los nombres de estos dos condenados se destacaron entre los ocho sentenciados a fines de noviembre por conformar una red de venta de drogas. Los habían apresado juntos y según la acusación, además de unir sus caminos en una misma causa penal, eran pareja. Fueron considerados como proveedores de una organización dirigida por Beatriz Giménez Recalde, de 48 años y conocida en barrio La Lata como “La Renga Bety”. Según la condena del Tribunal Oral Federal 3, esta mujer también condenada a 6 años regenteaba tres bocas de expendio de drogas.
Tito y La Japo fueron detenidos el 24 de octubre de 2019 en un departamento de tercer piso de Pellegrini entre Necochea y Chacabuco. Ambos fueron acusados en el juicio oral y público por el fiscal Federico Reynares Solari como proveedores de la droga que La Renga Bety vendía en tres kioscos de barrio La Lata: en Gomensoro al 1400, Corrientes al 3100 y Paraguay al 3000. El pasado 29 de noviembre fueron condenados por tráfico de estupefacientes en la modalidad de comercio, agravado por la intervención de tres o más personas en forma organizada, y la sentencia fue confirmada la semana pasada. Pero tanto Guerrero como Cuello tienen un pasado en el mundo del hampa rosarino con distintas resonancias.
Lazos de familia
La Japo es prima de Diego Fabián Cuello, un hombre de 36 años condenado en diciembre de 2018 a 12 años de prisión unificados como proveedor de cocaína de la banda de Los Monos en el marco de la causa denominada “Los Patrones”. Diego Cuello es un personaje clave para entender la prehistoria de la guerra desatada en Rosario tras los asesinatos de Martín “Fantasma” Paz, el 8 de septiembre de 2012, y de Claudio “Pájaro” Cantero, el 26 de mayo de 2013. La Japo también tiene lazos de parentesco con la familia de Roberto “Pimpi” Caminos, el asesinado ex líder de la barra brava de Newell's.
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Elba Cuello ya había sido detenida y encausada por la Justicia federal tras una serie de allanamientos realizados el 11 de junio de 2009 cuando personal de la ex Drogas Peligrosas santafesina encontró dos cocinas de cocaína en un megaoperativo que incluyó Rosario, Alvear y Villa Gobernador Gálvez. Efectivos de la entonces Policía de Investigaciones (hoy AIC) allanaron la casa de la mujer en Dorrego al 100 de Villa Gobernador Gálvez y secuestraron allí una carabina calibre 22 largo y municiones, por lo que se le abrió una causa por tenencia ilegal de arma de uso civil.
A aquel juicio llegaron diez personas acusadas de conformar una banda de narcotraficantes, entre ellos Carau Quevedo _asesinado durante el proceso judicial el 30 de octubre de 2012 en Villa Gobernador Gálvez_ y Oscar Gregorio Caminos, primo de Pimpi. Durante la investigación, que se extendió diez meses entre 2008 y 2009, fueron desbaratadas dos cocinas de cocaína. En agosto de 2013 La Japo fue condenada a 6 años de prisión como coautora de tenencia de estupefacientes para la comercialización agravada por la participación de tres o más personas.
Crónico
Con su propio camino en el campo del delito, hacia fines de 2005, Pedro Isaac “Tito” Guerrero era un reincidente en el robo a mano armada con suerte a la baja. Con 47 años acumulaba cinco condenas que lo habían hecho pasar 28 años masticando rejas. Más de la mitad de su vida. La siesta del jueves 1º de diciembre de aquel año, a las 15.30, comenzaría a transitar el recorrido que haría resonar su nombre y lo conduciría a su sexta condena.
Junto a Heriberto Vega, un veterano ladrón que padecía una disfunción cardíaca, llegaron hasta las escaleras del consulado paraguayo de Mitre 780 para cometer un robo de manual. El centro estaba atestado de gente haciendo compras en un día de calor intenso. Subieron por la escalera y a punta de pistola maniataron con precintos a la representante diplomática, Elisa Marlen Galaverna, y a su hijo Lautaro Osella.
El dúo se alzó con 6.800 pesos y 3.350 dólares y emprendió la huida. Pero algo falló: mientras las víctimas gritaban pidiendo ayuda por el balcón, Vega llegaba a la vereda y empezaba a caminar tratando de disimularse con el gentío. Fue cuando su débil y recién operado corazón le jugó una mala pasada: quedó paralizado ante la presencia de un policía de civil que pasaba por el lugar. Lo detuvieron con el dinero.
Tito cumplió con el manual: se fue. Subió a un taxi y amenazó con un arma al chofer para que arranque. El conductor se asustó y bajó del auto. Entonces el malhechor hizo lo mismo y salió a la carrera por la peatonal con su pistola en una mano. Un policía de los tantos que llegaron al lugar empezó a perseguirlo en medio de la gente. Hubo un par de disparos y el delincuente logró esfumarse.
Cortés y ejemplar
“Tito es un tipo que pasó casi la mitad de la vida entre rejas, un reincidente crónico, que lleva el delito en la sangre. Pero también es un ladrón de los de antes, de los que usan la mínima violencia. Puede llegar a tirar, pero nunca va a tirar para iniciar un robo”, describió por aquellos días una calificada fuente judicial. “Es un ser cortés y de conducta ejemplar”, subrayó.
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Guerrero huyó pero veinte días después no pudo más: agarró un teléfono y llamó a la Unidad 3, la cárcel de Riccheri y Zeballos conocida como “La Redonda”, y preguntó cómo estaba su compinche. Le dijeron que estaba bien. Para acceder a esa respuesta debió brindar algunos datos que, cuando llegaron a oídos de los pesquisas de la Jefatura de policía, sellaron su suerte. Fue detenido mientras dormía en su casa de barrio Acindar tras ser apuntado por el hijo de la cónsul en un álbum fotográfico.
El juicio oral y público por ese hecho se realizó en agosto de 2011 ante el Tribunal Oral Federal 2 a cargo de Jorge Venegas Echagüe, Beatriz Caballero de Barabani y Omar Digerónimo. Mientras el fiscal Miguel Rodríguez Vallejos dio por acreditada toda la secuencia y pidió altas condenas para Vega y Guerrero, la por entonces defensora oficial Matilde Bruera solicitó la anulación del proceso. Planteó que parte de los hechos juzgados eran de competencia provincial, que ningún testigo había presenciado la detención de Vega ni oído los gritos de las víctimas en el balcón y que tampoco hubo testigos del secuestro de dinero a su cliente ni de las corridas de Guerrero por la peatonal.
Finalmente los jueces condenaron a Vega a 7 años y medio de prisión, pena que se unificó a una anterior en 18 años. Tito Guerrero fue sentenciado a 10 años. Con esa pena ya cumplida, una década más tarde sumó la reciente condena que, de la mano de La Japo, marcó su salto del robo al delito narco.