La inflación acumulada en los últimos 12 meses fue del 83 por ciento, según el Indec, va camino a los tres dígitos. El proceso inflacionario se muestra inmutable a pesar del visto bueno del FMI a la vigencia de quince tipos de dólares, de la devaluación a cuentagotas, del freno a la emisión y del recorte del presupuesto público, entre otras antipáticas medidas. Las recetas ortodoxas para atacar el problema no dan respuesta. El aumento sostenido en el nivel general de los precios ya no responde solo a lógicas de ajuste o gasto. Argentina atraviesa un proceso de inercia inflacionaria. Pero ¿en qué consiste y cómo funciona esta inercia?.
El dispositivo inercial de la inflación se desenvuelve de la siguiente manera: cuando los sectores económicos reciben el impacto del aumento de precios de una etapa anterior, buscan recomponer el estado de sus ingresos para suplir el desgaste heredado. Así, al refugiarse de la inflación pasada alimentan la que viene. Simplemente porque quienes sufrieron aumentos de costos, o perdieron en el pasado con el aumento de precios, buscan recuperar esos mismos costos o renegociar contratos a hoy. Las empresas que vieron aumentar sus insumos, trasladan las subas a los consumidores, los alquileres se renegocian y los asalariados buscan recomponer ingresos para recuperar lo perdido.
Detener este proceso de indexación no resulta para nada fácil ni sencillo, sobre todo porque cortar esta cadena de aumentos significa cortar las aspiraciones de algún sector a recuperar lo perdido en la etapa anterior. Reducir la inflación no es una empresa dócil y quienes digan lo contrario mienten. Detener el ritmo inflacionario actual requiere cintura y decisión política. Elegir quienes absorberán parte de los guarismos inflacionarios, es apuntar perdedores y ganadores. La decisión hace prosperar una dialéctica descendente, es decir, nace con un conflicto, o los trabajadores no recuperen salario perdido o los empresas resignan rentabilidad, o los inquilinos pagan más en concepto alquileres o los propietarios reciben menos, entre tantas variables posibles.
Pintado el cuadro, cada vez suena con mayor fuerza la decisión gubernamental de encarar un plan de estabilización macroeconómica para el próximo mes. Este plan no es otra cosa que el reconocimiento de la inercia inflacionaria. Disolver este tortuoso mecanismo requiere de grandes acuerdos sectoriales. Por lo general la estabilización es cara para el crecimiento económico, ya que en su carácter ortodoxo busca un saneamiento de las cuentas públicas, un aumento de la tasa de interés y un apretón monetario.
Las condiciones en las que se encuentra la economía argentina no soportaría una recesión inducida por un plan de estabilización. Es por ello que el gobierno de decidir llevar adelante la estabilización debe hacerlo con políticas de ingreso, o sea, un acuerdo de precios, salarios, tarifas y el tipo de cambio (dólar). Un congelamiento de estas variables por un periodo de cuatro meses es lo que baraja el Ministerio de Economía.
Ahora bien, el salario de los trabajadores no puede ceder más, este congelamiento debe encararse con un previo aumento de salarios para garantizar que al momento del acuerdo, la pérdida de los trabajadores no se agudice y emparde al momento inflacionario.
Para que el congelamiento sea posible la última condición es sumamente necesaria, el estado debe encargarse de que el aumento de los salarios se efectivice de forma inflexible antes del acuerdo. Congelar el escenario actual significa perpetuar el brutal contexto de desigualdad, hoy día existen trabajadores formales pobres. La urgencia del aumento salarial previo al congelamiento, es necesario y total.
Se estima, que de continuar la tendencia actual, los trabajadores perdieron en los últimos ocho años un 40 por ciento de su poder adquisitivo, mientras que la recuperación de los márgenes de ganancias empresariales han sido, para las grandes compañías, restablecidos.
En el siguiente gráfico podremos ver ejemplos de las utilidades de tres grandes empresas argentinas, aunque, sería imperioso extraer conclusiones generales, pero resulta ilustrativa la significativa recuperación de las ganancias, según los cálculos del Centro Cifra. La siderúrgica Ternium (del Grupo Techint), Molinos Río de la Plata (Grupo Pérez Companc) y Arcor (del grupo homónimo). El primero de ellos elevó sus utilidades netas del10,4 por ciento en 2019 al 34,6 por ciento de sus ventas en la primera mitad de 2022, en tanto que Molinos Río de la Plata pasó de registrar pérdidas contables (-3,1 por ciento) a ganancias del 11,1 por ciento de sus ventas en el mismo período. Finalmente, Arcor las incrementó del 3,3 por ciento al 23,2 por ciento.
Quizá esto tiene en mente Sebastián Ceria, empresario y presidente de Fundación Fundar, cuando el jueves último, en el coloquio de IDEA, aquel encuentro empresarial donde los más importantes CEOS de las empresas se reúnen a debatir sobre Argentina y cuyo eslogan para este cónclave es casualmente ceder para crecer, Ceria dijo: "Si hablamos de ceder, no podemos pedirles a los que menos tienes que cedan, eso está agotado".
La estabilización y el proceso de elección de “perdedores” no se va a realizar sin discusiones externas ni internas en el seno del gobierno, de las empresas y los trabajadores. Pero la necesidad de detener este proceso de alevosa erosión adquisitiva requiere que todas las armas de la política se pongan en acción.
Según una encuesta publicada por Shila Vilker, el principal problema en la vida de los argentinos es la inflación. La novedad no es tal, pero tampoco la lectura política que merece. Si el oficialismo quiere tener posibilidades electorales en 2023 tiene que mostrar capacidad en el combate frente al deterioro en los niveles de vida ocasionado por el incremento sostenido en el nivel de precios.
El Programa económico acordado con el FMI, se encarga solo del repago de la deuda contraída en 2018 pero en esencia es un plan inflacionario. Apartarse de él no es solo deseable en el escenario macroeconómico actual sino también necesario.