Resulta novedoso un libro sobre el fracaso, sobre las experiencias truncas, sobre cómo aprovechar las situaciones que no salieron como se esperaba pero que pueden ser el impulso para una nueva oportunidad. Se habla poco de eso. Más bien en las redes sociales invaden historias de éxito y momentos felices. Pero el fracaso está ahí, a la vuelta de cada uno de esos relatos victoriosos.
En la liturgia rosarina, quien más ha reflexionado sobre el tema es Marcelo Bielsa, cuyos videos hablando sobre la excepcionalidad del éxito se han vuelto virales e incluso utilizados en muchas escuelas. Ahora es Hernán Schuster quien en su libro Cómo fracasar con absoluto, rotundo y total éxito (Penguin Random House) apuesta a desmitificar y resignificar el fracaso con un lenguaje sencillo y una mirada humana, con la firme intención de no presentar al fracaso como lo opuesto al éxito sino como parte del proceso.
Su propia historia fue inspiración para hablar de este tema que en general es poco abordado. Hernán es licenciado en Administración (UBA) y se autodenomina un “bicho de multi” ya que anduvo por empresas multinacionales, viviendo en distintos países de Latinoamérica, hasta que regresó a la Argentina y comenzó a emprender, aunque no con los resultados que esperaba. En ese andar, que lo llevó a transitar serios problemas económicos, descubrió que nadie narraba vivencias malogradas.
“Cuando iba a eventos de emprendedores se contaban historias de éxito y a mí me estaba costando un montón que arrancara mi emprendimiento, de hecho a los 35 años tuve que pedirle guita a mis viejos porque me había quedado sin un mango. Fue ahí que me pregunté por qué nadie contaba historias de cosas que no van bien. Yo me consideraba una persona relativamente inteligente, había hecho una buena carrera en el mundo corporativo, pero no así en el mundo emprendedor”, cuenta a La Capital.
Comenzó a leer sobre el tema y se encontró con una estadística que decía que 9 de cada 10 empresas que se crean no llegan a pasar los cinco años de vida. O sea, que el 90 por ciento fracasa en el intento, aunque todas las historias que se contaban eran de éxito. Fue entonces que empezó con un ciclo de charlas enfocadas en el fracaso. Invitaba a emprendedores a los que llamaba “emperdedores” y contaba historias de proyectos que no salieron bien. En el éxito también hay un revés.
La frustración en la escuela
El libro tiene un capítulo especialmente dedicado a la educación y un prólogo de Mario Pergolini, quien admite en esas páginas que fue la primera vez que recibió una convocatoria para hablar de algún fracaso. En su caso, eligió contar su traspié en la dirigencia deportiva y así dar el puntapié inicial de esta publicación, que no es un manual para fracasar sino una propuesta para “aprender a fracasar mejor, porque el fracaso no es el final, es el principio”.
En los capítulos del libro se despliegan historias de personajes conocidos a los que no siempre les fue bien. “Son personas que se pegaron unos buenos palos y eso te acerca, porque entonces este tipo al que conozco que la rompe acá, tenía esta otra historia también de fracaso”, dice. Además una veintena de expertos en diferentes campos que van desde la psicología a la innovación personal brindan herramientas, consejos, experiencias para el crecimiento y la mejora continua.
“Tenemos una población que es especialmente exitista, somos un país de adolescentes en la forma de acercarnos a los conceptos de éxito y fracaso, entonces si a una persona le va bien es un genio y si no es un tarado. Para los chicos es todo blanco o negro, no hay grises, y somos un poco así”, describe el autor sobre el ADN argentino.
Para referir a eso que viene “desde la cuna”, Schuster dedica un capítulo a la educación y afirma que si bien no hay mala intención, el problema es tanto la educación en casa como la que viene de la escuela, que muchas veces premia resultados y no procesos: “En las escuelas somos una nota. Soy un 7, un 8 o un 4. ¿Y eso cómo que te predispone para el futuro? El que se saca 10 es el que mejor recuerda los contenidos que le impartió el docente y no necesariamente es el que más sabe, podés ser muy bueno memorizando los ríos y océanos, y al mes te lo olvidaste, pero ya te quedó el 10 de inteligente. Entonces creemos que el éxito escolar es un buen predictor del éxito futuro”.
Hernán Schuster en Cronista Eventos - RRHH: Cómo fracasar con absoluto, rotundo y total éxito.
La clave en la evaluación
Al referirse a cómo podría ser la escuela, que entiende es la misma desde hace un siglo o más, Schuster afirma que los cambios son complejos pero necesarios, y que sobre todo deberían enfocarse en la evaluación. “Partimos de la base de que a los docentes no se les paga lo que debería y eso es complicado. Mi hijo se quejaba porque la profesora de inglés todavía no corrigió una prueba de septiembre, entonces les dijo ‘chicos, entiendan que tengo 22 cursos’. Y sí, con 22 cursos no podés dedicarte a otra cosa que a tomar algo más o menos estandarizado para poder corregir rápido antes de que cierre el cuatrimestre. Entonces se sigue cómo se puede. Es difícil de cambiar, pero hay que empezar por el pago, para que el docente tenga más dedicación y pueda aplicar otras metodologías para evaluar, que en algunos colegios se hacen, aunque no de manera masiva”, reflexiona el autor.
Para Schuster, otra clave del cambio educativo es trabajar en las habilidades. Recuerda que cuando vivió en Colombia, sus hijos iban a una escuela en la que durante un trimestre trabajaban con el chocolate, y a través de eso aprendían de historia (el vínculo de aztecas y mayas con este alimento), química (cómo se fabrica) o arte. “El chocolate atravesaba todas las asignaturas y no como compartimentos estancos que no hablan entre sí”, explica sobre la temática que en el libro aborda junto a la bióloga y doctora en educación Melina Furman.
Otro de los puntos que aborda el autor acerca de la educación es el exceso de los elogios en los hogares. Y explica: “Cuando vos le decís al chico ‘sos muy inteligente’ o ‘jugás muy bien al fútbol, vas a ser el próximo Messi’, el chico lo que hace es tender a buscar actividades que no presenten un desafío grande, porque quiere ser consistente con la etiqueta que le pusieron los padres, que es de inteligente o talentoso. Entonces ese elogio, que tenía la finalidad de que el chico no desperdicie sus talentos, al final termina siendo la razón por la cual lo tira a menos”.
¿Cómo debería ser entonces un elogio? “Podría ser algo así como ‘qué bien que te esforzaste, vas muy bien’, siempre en el marco de desafíos que puedan resolver y no sean absolutamente imposibles, porque sino nunca van a llegar a lograr esos avances”, responde. Entiende que la idea es aprender que el fracaso nos pasa a todos y que es mucho más común de lo que pensamos, incluso mucho más que el éxito. “Pensamos que solo fracasamos nosotros y el resto no. Pero el fracaso es como la gravedad, está siempre ahí pero no la ves. Bueno, pensarlo así nos ayuda porque podés aprender a caer y la idea es ser conscientes de que nos podemos lastimar. Y hacer una buena gestión de los riesgos es vital”, dice.