Domingo Faustino Sarmiento, que visitó al Libertador en 1846, dejó este testimonio: "No lejos de la margen del Sena, vive olvidado don José de San Martín, el primero y el más noble de los emigrados […]. Me recibió el buen viejo sin aquella reserva que pone de ordinario para con los americanos, en sus palabras, cuando se trata de América. Hay en el corazón de este hombre una llaga profunda que oculta a las miradas extrañas […]. Ha esperado sin murmurar cerca de treinta años la justicia de aquella posteridad a quien apelaba en sus últimos momentos de vida política […]. He pasado con él momentos sublimes que quedarán grabados en el espíritu. Solos, un día entero, tocándole con maña ciertas cuerdas, reminiscencias suscitadas a la ventura, un retrato de Bolívar que veía por acaso; entonces, animándose la conversación, lo he visto transfigurarse".
La salud del Libertador, que nunca había sido buena, comenzaba a deteriorarse. En 1845 comenzó a sufrir una de las enfermedades más terribles para un amante de los libros: las cataratas, que en los años siguientes prácticamente lo dejaron ciego, al punto de no poder leer ni caminar sin ayuda.
Era Mercedes quien desde entonces le leía las noticias. Así pudo enterarse de que las autoridades francesas le habían ordenado a un tal Karl Marx abandonar perentoriamente París por pertenecer a la redacción de un periódico dedicado a la colectividad alemana en el que se había incluido una nota que saludaba calurosamente el fallido atentado contra la vida del rey Federico Guillermo IV de Prusia; y conocer las dramáticas noticias de la gran hambruna padecida por los sectores populares de Irlanda.
En noviembre de 1845, huyendo de los fríos franceses, hizo un viaje por el clima más benévolo de Italia. Se alojó en Roma en el hotel Minerva frente al Panteón. Dicho hotel hoy luce orgulloso en su fachada una placa que recuerda la estadía del ilustre viajero argentino. Desde la Ciudad de los Césares cruzó por mar hasta Liorna y, desde allí, se dirigió a Génova y Florencia. De allí pasó a Nápoles, como lo registra el Giornale del Regno delle Due Sicilie, del sábado 27 de diciembre de 1845, anunciando la llegada de "Giuseppe de San Martín, americano, domiciliato a Parigi, propietario", procedente del puerto de Liorna, en Toscana.
Pero el general no se olvidaba de su país, entonces agredido por la "intervención" anglofrancesa, y le escribía a Juan Manuel de Rosas:
"En principio de noviembre pasado me dirigí a Italia con el objeto de experimentar si con su benigno clima recuperaba mi arruinada salud; bien poca es hasta el presente la mejoría que he sentido, lo que me es tanto más sensible cuanto en las circunstancias en que se halla nuestra patria me hubiera sido muy lisonjero poder nuevamente ofrecerle mis servicios como lo hice a usted en el primer bloqueo por la Francia, servicios que aunque conozco serían inútiles, sin embargo demostrarían que [ante] la injustísima agresión y abuso de la fuerza de la Inglaterra y Francia contra nuestro país, este tenía aún un viejo defensor de su honra e independencia. Ya que el estado de mi salud me priva de esta satisfacción, por lo menos me complazco en manifestar a usted estos sentimientos, así como mi confianza no dudosa del triunfo de la justicia que nos asiste".
Le contaba en una carta a su amigo Manuel Antonio Tocornal: "El viaje a Italia en el pasado invierno me ha hecho muy bien. Por excepción, en Nápoles, tuve un ataque nervioso un poco serio. El resto de la mala estación lo he pasado tan bien como puede esperarse a mi edad avanzada. Aún ignoro qué partido tomaré el próximo invierno, pues para mí es un inmenso sacrificio separarme de mi familia y de sus cuidadosos esmeros".
Pero a pesar de los achaques, le brindó un último y decisivo aporte a su país que vivía la asfixia del bloqueo impuesto por las dos potencias más poderosas de la época. Desde Nápoles, le escribió al cónsul argentino en Londres, George Frederick Dickson. Este, dada la trascendencia del documento, lo hizo publicar en el periódico londinense The Morning Chronicle, que publicó el artículo con esta introducción: "Creemos que es apenas necesario informar a nuestros lectores acerca de que el general San Martín es el libertador de la Argentina, Chile y Perú".
La nota de San Martín fue leída en el Parlamento británico. La carta del Gran Jefe fue determinante para disuadir a los bloqueadores ingleses de persistir en su agresión militar y entablar negociaciones con el de nuestro país: "Bien sabida es la firmeza de carácter del jefe que preside a la República Argentina; nadie ignora el ascendiente que posee en la vasta campaña de Buenos Aires y el resto de las demás provincias, y aunque no dudo que en la capital tenga un número de enemigos personales, estoy convencido, que bien sea por orgullo nacional, temor, o bien por la prevención heredada de los españoles contra el extranjero; ello es que la totalidad se le unirán […]. Por otra parte, es menester conocer (como la experiencia lo tiene ya mostrado) que el bloqueo que se ha declarado no tiene en las nuevas repúblicas de América la misma influencia que lo sería en Europa; este solo afectará a un corto número de propietarios, pero a la masa del pueblo que no conoce las necesidades de estos países le será bien diferente su continuación. Si las dos potencias en cuestión quieren llevar más adelante sus hostilidades, es decir, declarar la guerra, yo no dudo que con más o menos pérdidas de hombres y gastos se apoderen de Buenos Aires […] pero aun en ese caso estoy convencido, que no podrán sostenerse por largo tiempo en la capital; el primer alimento o por mejor decir el único del pueblo es la carne, y es sabido con qué facilidad pueden retirarse todos los ganados en muy pocos días a muchas leguas de distancia, igualmente que las caballadas y todo medio de transporte, en una palabra, formar un desierto dilatado, imposible de ser atravesado por una fuerza europea; estoy persuadido será muy corto el número de argentinos que quiera enrolarse con el extranjero, en conclusión, con siete u ocho mil hombres de caballería del país y 25 o 30 piezas de artillería volante, fuerza que con una gran facilidad puede mantener el general Rosas, son suficientes para tener en un cerrado bloqueo terrestre a Buenos Aires".
(*) Extraído de su libro "La voz del gran jefe. Vida y pensamiento de José de San Martín", Planeta.