Nogoyá.— El pasado 14 del corriente se cumplieron seis años de la misteriosa desaparición
de José Rubén Gil (56), su esposa Norma Margarita Gallegos (26) y sus hijos María Ofelia (12),
Osvaldo José (9), Sofía Margarita (6) y Carlos Daniel (4), quienes fueron vistos por última vez ese
día de 2002 en un velatorio de la localidad entrerriana de Viale.
Los efectos personales de la familia quedaron intactos en su morada en la estancia La
Candelaria, en zona rural de Nogoyá en Crucecita Séptima, propiedad de Alfonso Goette, y donde Gil
trabajaba como peón.
Se sabe que hasta el 13 de enero entraron y salieron llamadas desde el celular de Margarita y
que nunca retiró su sueldo en una escuela donde colaboraba en el sector de cocina.
En un primer momento se hicieron rastrillajes intensos en el campo, especialmente sobre las
márgenes del arroyo Las Tunas. Hasta el propio patrón —a quien se investigó por algún
problema laboral con el peón aunque nunca se llegó a nada en concreto— los buscó por la
provincia de Santa Fe, donde tenían familiares. Más tarde se hablaba de que estaban en Corrientes,
en Formosa y otra versión los localizaba en Paraguay.
Lo cierto es que nada se sabe de la familia, cuyos miembros —de hallarse con vida—
en estos seis años jamás se habrían enfermado, votado o siquiera comprado algún bien que permitiera
registrarlos.
Investigación. El jefe de la policía de Entre Ríos, Héctor Massuh, comunicó que una nueva
División de la Dirección de Inteligencia Criminal compuesta por profesionales está abocada desde
hace meses a trabajar exclusivamente en esta causa, que continúa caratulada como averiguación de
paradero.
“Seguimos trabajando según las órdenes judiciales para esclarecer el hecho”, remarcó
el funcionario, quien explicó que el equipo de investigación asignado se dedica a “analizar
las diligencias que se han realizado en este tiempo, ver aquellas que a lo mejor se repitieron y
otras que tal vez se pasaron por alto. En virtud de esto es que se van elaborando nuevas
estrategias”.
Para Massuh, el caso Gil “es uno de los más importantes y de esos que duran años, hasta
que de pronto surge una pista que nos lleva a fijar el hecho”.
El abogado querellante en la causa, Guillermo Vartorelli, dijo que “la causa no avanzó
mucho, si bien se efectuó una búsqueda intensiva en varias provincias que resultaron
negativas”.
Sin esperanzas. “Hasta hoy no se determinó si algún familiar está con vida, por lo que
se desvanecen las esperanzas”, reflexionó amargado el abogado.
En consecuencia “posiblemente se pidan medidas al juez interviniente, Sebastián Gallino,
para la búsqueda de los cuerpos, ya que se presume que no estarían vivas”, agregó.
Misterio. Una serie de sucesos, hipótesis y trascendidos envuelven al caso Gil en una rara y
oscura nube. Uno de los elementos más llamativos es la conducta del dueño de La Candelaria, quien
al mes siguiente de la desaparición de la familia fue a la casa de un hermano de José Gil en Paraná
para anunciarle que éste, su cuñada y sobrinos se habían esfumado, si bien no hizo denuncia
policial.
Además, Goette estimó en su declaración ante los Tribunales que la familia se habría ido de
visita a Elvecia (Santa Fe) donde vivía Aurelio, otro hermano de Gil, pero cuando la policía
santafesina lo indagó, dijo que hacía varios años que no los veía.
Las últimas llamadas hechas desde el celular de Gil datan del 13 de enero de 2002 y se
efectuaron a un número de una mujer de Rosario, a quien la policía intentó localizar sin éxito dado
que ya no vivía en el lugar, según el testimonio de vecinos.
Otro dato llamativo lo aportó Jacinto Haller, gomero de una estación de servicio del paraje La
Picada, al norte de Entre Ríos, quien relató haber visto en febrero de 2002 a una familia que iba
en un Chevrolet azul.
El gomero les preguntó hacia dónde se dirigían y el jefe de la familia respondió que iban al
santuario del Gauchito Gil en Corrientes. El empleado bromeó y el hombre le habría contestado:
“Cuidado, que yo también soy de apellido Gil”.